Y este maldito santo oficio de la memoria que tu partida nos obliga a practicar y que parece el sino de esta familia, el desatino de este país.
Esta frase, pronunciada por Franca de pasada, da cuenta de lo que es este viaje narrativo por Mempo Giardinelli. Y es que, a partir del retorno de uno de los suyos, y como hilos que se hilvanan en distintas direcciones para formar una misma figura sin pretenderlo, aquí se teje una saga familiar que abarca desde fines del siglo XIX hasta más mediados de la década de los 8o. Cada miembro de familia, a su manera, recordará lo que ha sido su vida y los distintos cambios que ha sufrido la Argentina en ese lapso de tiempo.
La memoria, la historia, el olvido y el caos nacional
La verdad, nunca había leído una novela sobre Argentina que me enseñara tanto sobre el país y sus tensiones, sobre sus afectos y temores. Porque lo que hace aquí Mempo es mostrar, a través del contrapunteo de voces, los distintos puntos de vista sobre lo que ha sido la construcción de la nación argentina; todo ello mediado por, asimismo, la llegada de la familia Domeniconelle al país desde Italia. Entre el desarrollo de esta familia y los cambios políticos y técnicos del país se construye sentido. Cada monólogo, cada juego de la memoria dispuesto sobre el papel, da cuenta de una manera de sentir y ser, ya sea en el Chaco o en Buenos Aires. Sobre esto, Giardinelli también es generoso: el afecto por su tierra y geografía da cuenta de otra sensibilidad distinta a la del porteño, quien también aparece en la obra sin subsumir al resto de voces del interior del país.
Aquí aparecen chaqueños, porteños, peronistas, gorilas, fascistas, comunistas y un sinfín de sensibilidades más que, en diálogo con sus contrarias, han erigido lo que es el país que todos admiramos. Me fascina esta manera de dar cuenta de una historia: porque recordar no es más que otra cara del olvido, y a veces olvidamos para no acordarnos de ciertas cosas y permitirnos seguir adelante.
El sentido, como bien dijera Gadamer, es una forma particular de orientar la mirada. Esto lo tiene claro Mempo, quien muestra que un país es un caos en el mejor de los sentidos: una fuerza de la naturaleza movida por una geografía y distintas cosmovisiones, un entramado de sueños y deseos, de formas de comprensión que, encaramadas las unas sobre las otras, muchas veces sin dialogar, apuntan en distintas direcciones sin llegar a acuerdos. Ser ciudadano, en sentido estricto, es buscar acuerdos en medio del caos. Algo así como lo que ocurre en las familias, pero con un nivel de complejidad mucho más elevado.
Un monólogo infinito
En fin, mucho más podría decir de este libro. En cierto modo, esto se siente como una novela total: la historia abarca mucho más que lo que dice en un inicio que es. Si bien cada monólogo de consciencia, cada esquirla de recuerdo, se interrumpe una vez el barco en el que Pedro va está por detenerse, uno siente que aquí no se contó todo. Que, si se quiere, la memoria y el recuerdo obedecen a variables temporales que no se acomodan a las manecillas del reloj. Una vida puede suceder en un segundo de memoria, o en mil, o en menos, qué más da.
La memoria es caprichosa y por algo será que su oficio es santo. Recordamos para entregarnos a fuerzas que nos exceden. Nunca navegamos con brújula definida, pues la imaginación y el recuerdo son capacidades hermanas. En esto, la nona sobresale: su exceso de imaginación hace del recuerdo una forma de tejer nuevos relatos con infinitos sentidos. Ella recuerda al Dante —o "Ducante", como le llama—, pero no es el canónico, ni el de los académicos: es el suyo, el que le sirve, el que la anima a vivir y reafirma su existencia. Cada lectura suya es caprichosa porque, en efecto, obedece a su impulso vital y los afanes de su vida.
Leer con pasión implica adueñarse de lo que alguien más ya dijo hasta hacerlo parte del mundo personal de cada uno. Ahora, ¿qué puede quedar de muchas voces que se solapan la una a la otra, que se pronuncian sobre lo mismo sin ponerse de acuerdo? Alguien diría que el sinsentido, como si fuese algo malo. Capaz Giardinelli tiene claro algo más: que no todo relato de disenso de voces constituye un relato lleno de ruido y furia, que nada significa. Más bien, como el "Tonto de la Buena Memoria", cada uno encuentra sosiego en medio del caos, del barullo de voces. Cada uno alumbra una vida, una forma de ser en este mundo en diálogo con otros.