Yo había leído previamente Macbeth y el Rey Lear (esta última dos veces), pero no había logrado penetrar en el discurso shakesperiano. Un velo de tiempo, quizá de situación; otra actitud frente a la vida, no importa, algo me separaba del corazón de los textos del autor, y siempre me resultaba curioso cuando mi padre me decía que para él el mayor conocedor del alma humana y mejor escritor de todos los tiempos era William Shakespeare. ¡Qué va a saber el viejo!, pensaba yo. Qué iba a saber yo.
Con mi ignorancia a cuestas, a la que considero no tan grande como para no reconocerla, decidí tomar el curso de la obra del bardo inglés que ofreció este semestre (2019-II) la profesora Carolina Sanín para la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional (de la cual formo parte).
Tito Andrónico (1591-1593): La carne es el tema que atraviesa toda esta obra. Carne propia, de Tito desmembrado, quien va despojándose a sí mismo de sus propios hijos, extensiones de su cuerpo. Carne pura y luego ultrajada, en una de las representaciones más brutales y sangrientas que he leído, con la violación y mutilación de la inocente Lavinia. Carne que demanda el emperador a cambio de carne, en el intercambio de la mano de Tito por las cabezas de sus dos hijos. Carne ciega que se devora a sí misma, como en el voraz afán vengador de Tamora. Entre hombres no hay sacrificios, sino crímenes.
Romeo y Julieta (1595-1596): Reinterpretada hasta el hastío, el Romeo y Julieta que me llegó a mí (y a tantos otros que jamás se han aproximado a la versión original) fue ese destilado circo de cursilería que terminaría nutriendo de lugares comunes las páginas de más de un novelista. Quien se encuentra por primera vez con los discursos de Julieta y la crítica casi cervantina del amor cortés a través de la contraposición con Romeo (contraposición que bien puede leerse como el choque entre dos ideas de amor divergentes, irreconciliables. Dos cosmogonías que separan a los amantes más allá de su abrazo), halla la grata sorpresa de un texto fuerte, visceral, feminista y subversivo en tanto que convierte a la mujer como sujeto deseador y la separa del ideal romántico por la ruta de la acción y la lujuria. Hay en Romeo y Julieta una transgresión auténtica, un desafío frontal (no negación, sino complejización) al problema del amor.
Hamlet (1600-1601): Mi primera lectura de Hamlet fue principalmente política. Hay en la figura de Hamlet, en su tío, y en el núcleo mismo de la tragedia (ese espacio atravesado por la melancolía, la psicosis de Hamlet, sus pulsiones edípicas y su relación con el viejo y el nuevo mundo), una representación a modo de espejo de la tragedia nacional, como lo podemos ver en algunas de las intervenciones casi proféticas de Horacio al comienzo de la obra (en donde cabe resaltar sus referencias a pasado, presente y futuro, pues les confiere cierto nivel de unidad) (Págs. 288-290) y más adelante en la contraposición entre Hamlet mismo, el fantasma de su padre y la figura de su tío (que es su padre). No es una nobleza en decadencia la que estamos viendo acá, sino que se trata de la rueda misma, el proceso natural por el cual los jóvenes reemplazan a los viejos y las naciones se invaden las unas a las otras. Claro, la decadencia es un factor agravante, pero en el caso de esta obra (y de la vida misma) la caída es inevitable.
De ahí se desprende una lectura más cercana al psicoanálisis, que es la de la maestra Sanín. No tengo bases en psicoanálisis, pero puedo hilar el discurso de la siguiente manera: la crisis del príncipe Hamlet obedece a la imposibilidad de entrar a formar parte de esa rueda, de ese proceso natural (indiscutible para un espectador de la época) a través del cual el joven y fuerte se impone al débil y viejo, como ya lo mencioné antes. Están, además de las leyes naturales, las leyes pertenecientes al reino del juicio humano, bajo las cuales Hamlet pierde su derecho a ocupar el trono que, a sus ojos, le corresponde, convirtiéndose de esta manera en el príncipe eterno, un niño incapaz de llegar a la mayoría de edad (y no deja de ser diciente en este aspecto la indeterminación de esa edad de Hamlet), para quien lo “único” que queda (tampoco hay que olvidar que se trata de un príncipe mimado) es la melancolía y una venganza que ni siquiera le pertenece, sino que le es impuesta por un fantasma.
El fin de Dinamarca es la tragedia, pero la única liberación posible para Hamlet es enfrentar la guerra y la oscuridad como destino, pues él ahora ve su patria como una cárcel (toda la estructura patriarcal es la cárcel que Hamlet sufre, llegando incluso a feminizarse en varios puntos de la obra, por ejemplo durante la confrontación con su madre previa a la muerte de Polonio, llegando al extremo de copiar el discurso de la mujer) (Pág. 370), y se ve imposibilitado para ocupar cualquier posición digna y dominante debido a su melancolía y sus malos sueños, como lo dice en el famoso verso de la nuez (Págs. 333-334).
Otelo (1604): Una de las figuras más enigmáticas y fascinantes del Partenón de villanos de Shakespeare, ocupando un lugar privilegiado junto a Edmund y Lady Macbeth, es Yago. La figura del consejero conspirador alcanzaría su máxima expresión en Otelo, mientras vemos cómo este personaje desagradable y de maneras homoeróticas lleva a cabo un plan milimétrico, para explotar los temores de Otelo (el moro negro, históricamente oprimido que a fuerza de espada se ha hecho con una posición de poder), esas sombras que envuelven al moro y que no solo vemos en sus celos y su temor a la vejez, sino que habitan en todos y cada uno de los personajes que lo rodean, siempre recordándole su naturaleza exótica, “salvaje”, perteneciente a otro mundo en donde el exceso y la brujería son ley.
Vale la pena también recordar una de las figuras más fascinantes que he encontrado en Shakespeare y es el personaje de Emilia, una mujer fuerte y de carácter rebelde que entabla un juego de contrapesos con su esposo Yago (y a la vez una oposición paralela frente a la pareja de Otelo y Desdémona), alcanzando unos enfrentamientos discursivos de magistral tragicomedia que invitan a una reaproximación al texto enfocando la lectura en los personajes femeninos.
No deja de ser importante la relación que existe entre la opresión del negro, la opresión de la mujer, su unión y el miedo que esta produce en el hombre blanco, por su carácter de amenaza hacia la estructura política patriarcal dominante en la época (hasta nuestros días). Shakespeare no deja títere con cabeza.
El Rey Lear (1605): Para mí El Rey Lear es, sin duda, la más alta cumbre de la obra de Shakespeare y una de las más grandes obras de la historia universal. En este momento me encuentro revisando y corrigiendo el borrador de un ensayo en el que analizo el concepto de la paternidad en la obra como conjunción de las tres aristas principales que atraviesan todo el drama: lo filial, lo político y lo filosófico-naturalista, para la cual usé tres traducciones (esta, de Molina Foix, la de Andreu Jaume y la gloriosa traducción de Nicanor Parra), además del texto original en inglés. Por eso mismo, y por el amor que le profeso a esta obra en particular, no quisiera exponer aquí ideas sueltas, sino que en cuanto termine el ensayo espero publicarlo aquí mismo a modo de reseña.
Macbeth (1606): De Macbeth no diré mucho. Hasta el momento ha sido la obra más densa que he leído de Shakespeare, incluso cuando esta última lectura para el curso ha sido mi segunda aproximación al texto. Sin embargo hay un par de puntos que vale la pena señalar.
La cuestión de la obra es el problema del género. Lo vemos en la impotencia de Macbeth y en los deseos de Lady Macbeth de ser hombre, o al menos de dejar de ser mujer. Hay una exploración profunda de la psicología de la pareja, la relación entre poder y hombría, y así mismo el poder por medio del ejercicio de las armas (la penetración por la espada) y quien se llena de sangre se llena de honores, se vuelve un hombre, un Rey. Me parece fantástica la imagen que discutimos en la clase del hombre que se llena de sangre como un falo erecto, pues coincide con la impotencia concreta, sexual, de Macbeth, la cual puede verse claramente en sutilezas del texto, y hasta en elementos argumentales mayores, como la falta de hijos de la pareja y el temor de Macbeth a ser sucedido por los hijos de Banquo.
También vale la pena señalar el origen de la crisis de Lady Macbeth y su representación en sus invocaciones a su propia asexualización o a su cambio de sexo, y en sus intentos fallidos de, por medio de hechizos, entrar a formar parte de estas verdaderamente subversivas figuras de las brujas, ellas sí asexuales, ellas sí poderosas.
Antonio y Cleopatra (1606): En esta obra se tratan varios problemas, pero me llamó la atención el acercamiento al problema de la vejez, la alienación de sí mismo y la locura, también presentes en El Rey Lear, pero revisados aquí. Antonio se va despojando de sus propios atributos y abandona el uso de la razón por amor, mientras que Cleopatra, a partir de su condición de amante, entra a formar parte de la política, casi ocupando el vacío de poder que el hombre ha dejado. Ante la traición, Antonio perderá la razón, pero en ningún momento se presentará como un loco, sino como un hombre honorable, víctima de su propia ceguera. El amor vuelve a presentarse como una materia intangible, que siempre perjudica al hombre al ingresar al reino del lenguaje.
Shakespeare aprovecha su formato y la riqueza de sus personajes para no dejar cuestión solucionada ni enigma resuelto; lo que busca es complejizar y cuestionar los valores (diría de su época, pero ante la superación de su propio tiempo, diré) humanos, y en esta obra llega hasta los límites de su propia capacidad, en tanto que la obra es irrepresentable teatralmente, y en el sentido de que no hay un tema principal, ni una introspección clara en los personajes, sino que orbitan en torno a la mutabilidad de Cleopatra, figura imperante y misteriosa, y en palabras de la profesora Sanín, "Julieta adulta y hecha reina".