“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla.” — Gabriel García Márquez.
Antonia, de Nieves Concostrina, tiene la voz áspera de una abuela que, mientras pela papas en una cocina con azulejos viejos, te cuenta cómo fue vivir sin tener casi nada. Cómo dolía el frío de la guerra, el hambre de la paz, el silencio impuesto por una dictadura que se filtraba hasta en la sopa rancia. Y entre todo eso… cómo aún se podía reír.
Desde el principio supe que esta no era una novela al uso. No hay héroes con espadas ni giros de guion. Aquí, la épica se construye con bolsas reutilizadas, con calderos medio vacíos, con mujeres que vendían lo que no tenían para alimentar lo que amaban. Antonia, la mujer que da nombre al libro, es un retrato colectivo, una figura en la que caben nuestras madres, abuelas y bisabuelas. Las que criaron con las manos rotas y la esperanza intacta.
Leer Antonia es caminar despacio por las corralas de Madrid, entre el Rastro, Chueca y Antón Martín. Es oler el café aguado de los años 40, escuchar el runrún de la radio encendida en la vecindad, y aprender que el humor puede ser un abrigo cuando la vida muerde. Porque aunque la novela narra tiempos oscuros, la autora, elige envolver la crudeza en ironía, en anécdota, en esa guasa que alivia sin borrar.
Ahora bien, no es un relato fácil para todos. Sentí que el ritmo a veces lento, casi documental, me mantenía a una cierta distancia emocional. Los capítulos, largos y densos, exigen pausa y paciencia. No es un libro para devorar, sino para masticar despacio, como se hacía con el pan duro de entonces. Hay páginas que se sienten más como archivo que como novela, y algunos personajes apenas logran dejar huella, quizá porque están pensados como tipos universales, más que como seres únicos. Pero eso no le resta valor: hay verdad en esas sombras.
Esta historia no es para quien busque evasión, ni para quien quiera héroes de ficción, es para quien desee entender cómo se levantó un país a base de mujeres rotas que no se quebraban. Es para los que saben que la historia también se escribe con escoba en mano y lágrimas secas.
Terminé la lectura con una sonrisa, porque Antonia no te deja solo con el dolor: también te regala la ternura, la dignidad y esa risa que brota, incluso cuando no hay ningún motivo para reír. Y ahí, justo ahí, reside la grandeza de esta novela. En mostrar que, incluso en los tiempos más oscuros, hubo mujeres que supieron hacer luz.