Leer esta novela es adentrarse en un mundo donde la luz y la sombra de la infancia se entrelazan con delicadeza y crudeza a la vez. Tristane nace en un hogar donde el amor de los padres es intenso, cerrado sobre sí mismo, casi absoluto, y se siente el hueco silencioso que deja ese exceso de pasión ajena. Hay una tensión invisible, la niña está allí, respirando, creciendo, y al mismo tiempo está al margen, observando cómo los adultos que deberían protegerla se pierden en su propio enamoramiento.
Y sin embargo, no todo es vacío. Cuando nace Laetitia, la hermana pequeña, todo cambia, una chispa de luz atraviesa la historia. Se siente el resplandor de ese amor inesperado, radical, capaz de rescatar a Tristane de la soledad y de recordarnos que existen vínculos más fuertes que cualquier abandono, los que se tejen entre hermanos. Laetitia no solo es alegría, sino un faro que ilumina la mirada triste de su hermana, un hilo de esperanza que permite respirar incluso en los lugares más oscuros de la infancia.
Nothomb construye estas páginas con una economía de palabras que asombra. Sus frases son precisas, casi quirúrgicas, y aun así no pierden fuerza ni emoción. Cada escena tiene el ritmo de un latido, cada diálogo, la densidad de un susurro. Hay situaciones que parecen irreales, pero las acepté, porque la verdad de la infancia no siempre es lógica; a veces es absurda, dolorosa, indescifrable.
La lectura se convierte en un acto íntimo. Siento la fascinación de Tristane por el lenguaje, su descubrimiento de que hablar es un acto mágico, y la embriaguez de leer a su propio ritmo. Esos momentos son joyas que brillan con una intensidad especial, la certeza de que incluso en la fragilidad hay poder, y que la sensibilidad no es debilidad sino fuerza.
El humor y la extrañeza, aunque más contenidos que en sus primeras obras, siguen presentes. Nothomb juega con lo inverosímil, con lo pequeño y lo enorme, con lo cotidiano y lo surrealista, y logra que uno se sumerja sin resistencia en su mundo.
La prosa, precisa y sobria, no necesita adornos, cada palabra es un golpe, cada silencio, un espacio donde completas la historia con tu propio latido.
Al terminar la novela, me quedé con una doble sensación: la tristeza de lo que Tristane nunca recibió de sus padres, y la luz de lo que encontró en su hermana. Esa mezcla de dolor y consuelo es lo que hace que la obra permanezca mucho tiempo después de descubrirla.
Es una obra que nos habla directamente al corazón, que nos invita a mirar con atención, a emocionarnos con la mirada triste de una niña, a respirar con su alegría y a descubrir, página a página, que el verdadero hogar a veces no está en quienes nos engendraron, sino en quienes eligen sostenernos con ternura y lealtad.
El libro de las hermanas es un canto a la infancia, a la complicidad, a la resiliencia, y a la esperanza que siempre, de alguna manera, encuentra un camino para brillar.