No hay por dónde coger el libro, sinceramente.
A ver, para empezar, debo decir que es un libro sobre el que puse muchas expectativas, culpa mía, pero pensaba que no me iba a defraudar tanto. Realmente, no tengo nada en contra de David Uclés. De hecho, tenía muchísimas ganas de empezar a leerme el libro, hasta que llegó el momento en que comencé a querer acabarlo ya porque no me creía nada. En fin.
Primero: lo que no puedes pretender es escribir un "Cien años de soledad" de la Guerra Civil (que es prácticamente como se está vendiendo, insistiendo en el realismo mágico y en la historia de una familia –blanco y en botella–), porque como esa obra no se va a escribir otra en la historia de la Literatura. Seas el escritor que seas, no vas a poder escribir una obra que se llegue siquiera a parecer a la de García Márquez. Es imposible y el que lo intente va a escribir un quiero y no puedo (como es el caso).
También parece en ocasiones una copia de "Niebla", de nuevo bastante flojita, en ese afán de meter al narrador todo el rato como si fuese Dios, interaccionando con personajes, etc. Es una aberración literaria. No me lo creo. Para mí, no puedes intentar hacer un narrador que va de lo intradiegético a lo extradiegético. Aclárate. O está en un lado, o en otro. Es así de sencillo. Si quieres meter un narrador intradiegético y heterodiegético (que es lo que parece dentro de la cosa tan rara que utiliza), usa un personaje, no un narrador “dios” (que se supone que, encima, es él mismo) que interactúa con los actantes porque, sinceramente, a mí me ha parecido un chiste que le quitaba cualquier tipo de verosimilitud a la obra, por mucho que esta se busque metiendo hechos que pasaron realmente. Si buscas verosimilitud, hazlo bien, porque contar que a una fotógrafa alemana la atropelló un tanque (que pasó de verdad) no equilibra que hagas lo que te dé la gana con la narración. Porque, sí, se pueden hacer obras en clave de realismo mágico verosímiles ("Cien años de soledad", "Pedro Páramo", etc.), pero de la manera correcta.
Bueno, y no hablemos de lo de meter autores y personajes históricos a cascoporro, aunque no tengan que ver ni con la trama ni con absolutamente nada. Cuando sale Orwell hablando con Odisto y dice algo así como “yo, espacio-temporalmente, no debería estar aquí, pero el narrador me ha colocado porque le parecía bien”; y, especialemente, con el capítulo 87 me hierve la sangre. Primero, qué pinta el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura ahí metido de manera aislada. Segundo, eso de inventarse diálogos e intentar darle algún tipo de carácter a un personaje que realmente ha existido… pues yo qué sé. Tercero, QUÉ COJONES TIENE QUE VER AHÍ ANA MARÍA MATUTE, y suelta el tío que es que “soy de una época posterior, ahora tengo 12 años, pero aquí estoy”. En fin. Eso no es realismo mágico, es hacer lo que me venga en gana y listo.
Al menos, pensaba que tendría un buen final por el que mereciera la pena terminarlo, pero no. Lo que pone como epílogo, no es un epílogo, es el último capítulo. En fin, una narración nefasta (salvada en algún caso por descripciones muy buenas y detalladas); personajes que no tienen valor ninguno, otros que aparecen desde el principio y son indiferentes, otros a los que se intenta redimir de muy mala manera y muy por la cara; hechos inconexos y sin sentido alguno (resulta que nadie fuera de la familia sabe que Pedro está escondido en un zulo, pero, cuando a mí me parece bien, meto un personaje totalmente nuevo, que mágicamente –eso no es el realismo mágico– resulta que sí lo sabe y que no aporta absolutamente nada más) y un largo etcétera de cosas que hacen que esto no sea una novela bien escrita. Muy deficiente.
No sé… Para mí que quiere abarcar mucho y el que mucho abarca poco aprieta. La propaganda que se hace de la novela es buena e invita a leerla, pero vale tener un poquito de criterio para saber que un libro en el que el narrador hace lo que le da la gana y como le da la gana, no es un buen libro.
Como dijo Vila-Matas en "El mal de Montano", “sucede, por el contrario, que todo el mundo, exactamente todo el mundo, se siente capaz de escribir una novela sin haber aprendido nunca ni siquiera los instrumentos más rudimentarios del oficio, y sucede también que el vertiginoso aumento de estos escribientes ha terminado por perjudicar gravemente a los lectores, sumidos hoy en día en una notable confusión”.