No sé como empezar esta reseña, la verdad. La enfoque de un modo y otro seré incapaz de transmitir todas las emociones que me ha hecho sentir una historia tan fascinante como es la que se esconde en La madre del río. Es imposible encontrar ese enlace hacia lo que sea que se ha activado en mi cabeza, que ha convertido esta lectura en el mayor deleite lector que he podido realizar este año. No se puede, a decir verdad. Quizás porque cualquier otro lector no será capaz de superar los tres primeros capítulos de este libro, en los que Miguel Salas Díaz pone todas las carta sobre la mesa y te invita a que entres en su juego. Yo soy uno de esos que crucé la densa niebla que te propone y ahora, como lector, me siento en deuda con esta historia.
Un libro es una puerta de entrada a otros mundos. Es algo que descubrí desde muy pequeño al visitar Fantasía como si yo fuese el propio Bastian. Hay una frase maravillosa, no escrita por Ende, sino relacionada con su libro que dice algo así como: “si no eres capaz de creer en los comepiedras entonces nunca te gustará La historia interminable”. Y este libro de Miguel Salas apuesta por realizar un pacto similar con el lector en el que, de entrada, le invita a a conocer a demonios del folclore español, criaturas viscosas del infierno, pactos fáusticos y conversaciones con el más allá en un entorno rural en donde As meigas, habelas, hainas. Te podría asegurar que, si aceptas las normas, estarás más cerca de conocer el por qué este libro se ha convertido en un regalo para mi como lector. Si, por el contrario, buscas encontrarle un sentido realista a la ficción, entonces esta no es tu historia.
Pero antes, permíteme dar algún que otro detalle más aséptico. Este libro no es más que una novela negra, con muchas pinceladas de drama, en un entorno de fantasía oscura. Conocerás historia de Xan, el Borrasca, sus obsesiones, sus poderes, su pasado y sus remordimientos, y su búsqueda de poder exorcizar todos sus demonios por una simple cuestión de justicia. Una novela extensa en la que sus misterios se irán resolviendo a lo largo de su desarrollo hasta alcanzar las últimas consecuencias.
Créanme que la asepsia se queda ahí y posiblemente sea suficiente como para hacerte pasar un buen rato leyendo un buen thriller. Pero es que me niego a ser aséptico con un libro que me ha emocionado tanto como este.
No hablaré de los personajes. Mejor será que los conozcas. Tan solo diré que cada uno de ellos, y son muchos, muchísimos, tienen la suficiente profundidad como para que te emocionen por su manera de hablar, de presignarse o, yo que sé, de caminar. Son personajes cotidianos, impulsivos, torpes, empáticos hasta el dolor, personajes a los que no quieres que le ocurra nada malo en una novela en donde, desde el inicio, sabes que están malditos. Podría empezar a enumerar sus virtudes, sus motivaciones, sus silencios y sus carallos, los sentimientos que esconden, sus compromisos y lealtades, sus miedos…pero es que soy consciente que ninguna de mis palabras tendría la suficiente entidad como para hacerles la justicia que merecen cada uno de ellos.
O podría hablar de las tramas que les acompañan y que, en más de una ocasión, se convertirán en situaciones devastadoras que con la osadía de arrancarte más de una lágrima. Y tampoco será necesario ahondar demasiado en ellas, a pesar ser consciente de que sus destinos permanecerán en mi cabeza durante mucho, mucho, tiempo.
Todo eso da igual si no eres capaz de adentrarte en esta historia con la mente abierta y no le das la oportunidad a suspender por un momento tu incredulidad para dejarte llevar por la propuesta. Yo me niego a perderme esas sensaciones, de ahí que cada página de La madre del frío me haya llenado de un abrigo al que creía que no podría volver a regresar. Libros como este no me convierten en mejor lector, pero son las historias que me hacen mucho más feliz.