Un año después de la introducción de la NEP, el estímulo que ésta había dado a la disponibilidad y circulación de mercancías de todo tipo podía ser visto con cierto grado de complacencia. Lenin era consciente de los peligros de la “libertad de comercio” que, como él mismo dijo en el V Congreso, “conduce inevitablemente a la victoria del capital, a su completa restauración”. En un primer momento parece haberse planteado el intercambio de bienes entre la ciudad y el campo como un grandioso sistema de trueque organizado. Pero, como admitiría más tarde, “el intercambio de bienes se desencadenó”, y “se convirtió en compraventa”; y escandalizó a algunos incondicionales del partido al decir a sus oyentes que “aprendieran a comerciar”. En 1922 se estableció en Moscú una Bolsa Komercial. La intención, sin duda, era ejercer algún tipo de control público sobre los procesos comerciales. EL resultado fue facilitar ñas pèraciones de una nueva clase de comerciantes a los que rápidamente se llamaría “hombres de la NEP”. El pequeño comercio privado no se había extinguido nunca por completo, ni siquiera bajo el comunismo de guerra; el famosos mercado de Sujareva en Moscú era un abuso conocido y tolerado.
La libertad limitada concedida hasta entonces a la prensa y en las revistas a las expresiones de opinión independientes sobre cuestiones marginales (a veces acompañadas por reservas editoriales) desapareció ahora casi por completo, y se consiguió silenciosamente el control no por medio de la censura directa, sino mediante cambios en las direcciones y en los consejos de redacción./ Los años que habían seguido a la revolución se habían caracterizado por la proliferación de diferentes escuelas literarias: unas de vanguardia, otras formalistas, algunas declaradamente proletarias. En 1925, una declaración del Comité Central, al parece redactada o inspirada por Bujarin, mostraría una disposición a tolerar esta multiplicidad de enfoques en literatura, ninguno de los cuales estaba dirigido contra el régimen, y cierta renuencia a escoger entre ellos. Entre las organizaciones literarias había una autotitulada Asociación Panrusa de Escritores Proletarios (VAPP), dominada por un ambicioso político de la literatura llamado Averbaj, que tenía buenas relaciones dentro del partido, y que desde 1926 realizó una campaña, en nombre de una “revolución cultural”, para dar a la VAPP el control de toda la producción literaria y eliminar las publicaciones de las demás escuelas. Sólo en diciembre de 1928, y tras prolongada resistencia, el Comité Central del partido promulgó un decreto que ponía todas las publicaciones bajo el control del partido y del Estado, control que en la práctica se ejercería a través de la VAPP. Parece claro que este final no había sido planeado, y quizá ni siquiera deseado, por el Comité Central, y menos que nadie por Stalin. Pero la corrupción se extendía desde la cumbre. Pequeños dictadores a niveles inferiores eliminaban a sus rivales halagando y adulando a la autoridad superior e imitando sus métodos.
Durante casi dos años después de la ruptura con Inglaterra en mayo de 1927 y el colapso del movimiento revolucionario chino y de la intervención soviética en China, las relaciones exteriores soviéticas estuvieron estancadas. El gobierno británico rechazaría ignominiosamente las sucesivas aproximaciones de Moscú. Las negociaciones con Francia sobre deudas y créditos se interrumpieron, y el gobierno francés, aunque no cortó las relaciones diplomáticas, encontró un pretexto para exigir la retirada del embajador soviético Rakovski. Las relaciones con Alemania se vieron temporalmente perturbadas por la firma del tratado de Locarno y la entrada en la Sociedad de Naciones; su curso desigual se vería marcado de vez en cuando por airados interludios. Pero, sobre la fime base de los acuerdos militares secretos, del deseo alemán por evitar una orientación exclusiva hacia Occidente y de la común hostilidad hacia Polonia, seguirán siendo más estrechas y más fructíferas que las relaciones soviéticas con cualquier otro país.