(English review below)
Reseña en Español:
En El Minotauro Global , Varoufakis ofrece un análisis agudo del capitalismo global desde antes de la crisis del 1929 hasta después de la crisis del 2008, pasando por el colapso de la convertibilidad de dólares a oro en 1971, mostrando cómo la hegemonía estadounidense se ha basado en estrategias financieras para mantener su poder a expensas de la mayoría.
Tras la Segunda Guerra Mundial, se instauró el sistema de Bretton Woods (1944–1971) , en el que el dólar se vinculó al oro a un precio fijo. Lejos de ser un acuerdo desinteresado, este sistema legitimó al dólar como moneda de reserva global, permitiendo a EE. UU. financiar su expansión y sostener su posición dominante. En esta época entra en juego lo que Varoufakis denomina el “Plan Global”. El Plan Marshall y el denominado “Plan Global” fueron estrategias geopolíticas para reestructurar el mundo a imagen y semejanza de los intereses estadounidenses. El Plan Marshall fue la respuesta de Estados Unidos para reconstruir Europa devastada por la guerra, cuyo objetivo fue la creación de mercados y de una infraestructura económica capaz de absorber los excedentes estadounidenses, en un momento en el que su economía era excedentaria. EEUU lograba enviar sus excedentes en Europa mientras que la condición de reserva mundial del dólar lo transformó en un mecanismo para reinvertir capital y, a su vez, afianzando aún más su influencia política. El concepto acuñado de Varoufakis de Plan Global corresponde al siguiente plan deliberado: mientras Estados Unidos era una economía excedentaria, necesitaba destinos para su capital acumulado y, al mismo tiempo, forjar nuevos polos de producción de bienes de alta tecnología e industria avanzada para sostener su demanda interna. Para ello, además del Plan Marshall, siguiendo este “Plan Global”, financió e influenció notablemente la economía y política de Japón y Alemania, que se convirtieron en sus mayores aliados.
Tras la guerra, Japón fue instrumentalizado para transformarse en la fábrica de alta tecnología de Estados Unidos. Su industria se modernizó rápidamente, permitiéndole producir componentes y tecnología punta que no solo abastecían al mercado interno estadounidense, sino que también le permitieron convertirse en un exportador clave hacia el sudeste asiático. En el caso germano, la industrialización se orientó hacia la manufactura de precisión y la producción en masa, posicionando a Alemania como la potencia industrial de Europa. Los acuerdos comerciales previos a la integración europea estaban, en muchos sentidos, diseñados para generar una demanda agregada que absorbiera los productos alemanes.
Esta “época dorada del capitalismo” (dorada sólo en occidente y en Japón) y el Plan Global llegaron a su fin en 1971. A lo largo de los años EEUU, debido a las tremendas ventajas que otorgaba sobre su economía el sistema de Bretton Woods y el petrodólar, invirtió menos en su industria y los propios capitalistas estadounidenses se dedicaron a la especulación financiera en vez de a la producción. Esto produjo que EEUU pasase de ser excedentario a deficitario, y que EEUU no pudiese asegurar la convertibilidad de dólar a oro por falta de suficientes reservas. El colapso del patrón oro en 1971 –mediante el “Nixon shock”– evidenció el fracaso del sistema Bretton Woods, al obligar a Estados Unidos a abandonar el respaldo oro. Fue entonces cuando EEUU pasó a financiar su hegemonía a través de la emisión incesante de deuda, en un giro de 180º, a pesar de ser una nación crónicamente deficitaria. Lo que permitió esto fue, de nuevo, la condición del dólar como reserva mundial. Este cambio marcó la transición del modelo del “Plan Global” hacia el modelo del Minotauro Global , en el que el reciclaje de excedentes mediante la compra de deuda y activos estadounidense se convirtió en el motor del capitalismo global, beneficiando a la élite financiera y dejando al descubierto las contradicciones internas del sistema. La transición hacia un sistema monetario fiduciario implicó una mayor vulnerabilidad a crisis financieras y desequilibrios globales.
Paralelamente, la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se erigió como parte de este proyecto hegemónico. Estas instituciones, en lugar de promover un desarrollo equitativo, impusieron políticas neoliberales que empobrecieron a medio mundo, obligando a países en desarrollo a someterse a un modelo de deuda y dependencia que perpetúa la desigualdad. Además de la creación del FMI y el BM, en 1985, los Acuerdos de Plaza fueron implementados como una respuesta a los desequilibrios comerciales y monetarios acumulados. El objetivo principal era devaluar el dólar y, con ello, corregir los excesos del déficit estadounidense, así como apreciar el marco alemán y el yen, ya que Alemania y Japón pasaron a rivalizar con EEUU en sectores clave y EEUU quería reducir su capacidad exportadora. Para Alemania, aceptar un marco apreciado era, en esencia, una apuesta por la estabilidad y la consolidación de su sector exportador en el contexto europeo, aunque implicase una reducción de su exportación global. Una moneda más fuerte reforzaba la confianza en la economía alemana y facilitaba ajustes estructurales internos. En contraste, para Japón, la apreciación del yen resultó fatal: encareció sus exportaciones y puso en riesgo la competitividad de una economía que dependía en gran medida de su capacidad exportadora hacia EEUU, ya que Japón carecía de industria para el consumo nacional y sus habitantes, al tener unos salarios muy pobres no podían generar demanda para sus productos tecnológicos. Por su dependencia económica y militar, Japón se vio obligado a adoptar medidas que hundieron su economía, y que conllevaron una huida de inversores de Japón hacia EEUU, que era el objetivo final, junto con reducir la competencia tecnológica de las empresas japonesas.
En muchos países del mundo, debido a políticas del FMI, el BM y la política de la guerra, muchos capitalistas internacionales dejaron de invertir en sus respectivos países y pasaron a invertir en dólares, comprando activos en empresas estadounidenses o deuda estadounidense, ya que era una apuesta más segura y estable. En esta espiral de compra de deuda estadounidense debido a la condición del dólar como reserva mundial (haciéndolo atractivo para invertir debido a su estabilidad y continua apreciación), el sector financiero se desarrolló enormemente. Wall Street y los bancos globales, tanto públicos como privados, fueron los artífices de un sistema financiero basado en la especulación desenfrenada y la toma de riesgos irresponsable, que finalmente colapsó en 2008. Con la invención y masificación de productos financieros opacos—como los CDO y CDS—se reempaquetaron hipotecas subprime en una red interconectada de deuda, ignorando las señales de alarma sobre la acumulación de riesgos sistémicos. Mientras las instituciones privadas se entregaban a la cultura del "demasiado grande para caer", las entidades públicas y los organismos reguladores se quedaron de brazos cruzados, permitiendo que este juego de apuestas de alto riesgo se extendiera sin control. Los CDO (Collateralized Debt Obligations, compra de paquetes de deuda mixtos de alto y bajo riesgo) y los CDS (Credit Default Swaps, básicamente a puestas hacia la caída en bolsa de activos) permitieron mantener el flujo y reciclaje de la deuda estadounidense a la vez que generaban una burbuja que no creían que fuera a explotar, hasta el colapso total en 2008 de todo ese capital ficticio.
El colapso financiero de 2008 se presenta en El Minotauro Global como la culminación de décadas de desequilibrios estructurales. Según Varoufakis la crisis no puede resolverse fácilmente porque emana de contradicciones intrínsecas al sistema capitalista global: mientras unos países acumulan excedentes, otros deben financiar déficits crónicos, y el mecanismo para reciclar estos excedentes resulta, en última instancia, incompatible con la estabilidad a largo plazo. La excesiva interdependencia y la falta de un ajuste equitativo hacen que la solución sea, en el fondo, estructural y difícil de implementar sin una reforma radical del orden financiero internacional.
Este libro ha sido muy desafiante de leer a pesar de la forma tan amena en la que está escrito, ya que no tengo formación económica suficiente. Sin embargo, ha sido muy esclarecedor al explicar a grandes rasgos los flujos de capital globales entre gran parte del S.XX y principios del S.XXI. Aunque el libro es bastante breve (poco más de 300 páginas), incluye infinidad de temas muy relevantes para la geopolítica y economía internacional que no he mencionado en esta ya demasiado larga reseña, como es el rol de la URSS o China (aunque no es desarrollado largamente), la deuda griega y la crisis permanente europea post 2008, la creación del predecesor de la Unión Europea (MEEF), la flexibilización cuantitativa y un largo etc. Lo que sí que puedo afirmar con rotundidad es que el contenido del libro vale absolutamente la pena.
English review:
In The Global Minotaur, Varoufakis offers a sharp analysis of global capitalism from before the 1929 crisis until after the 2008 crisis, passing through the collapse of dollar-to-gold convertibility in 1971, showing how American hegemony has been based on financial strategies designed to maintain its power at the expense of the majority.
After World War II, the Bretton Woods system (1944–1971) was established, in which the dollar was linked to gold at a fixed price. Far from being a disinterested agreement, this system legitimized the dollar as the global reserve currency, allowing the US to finance its expansion and sustain its dominant position. During this period, what Varoufakis calls the “Global Plan” comes into play. The Marshall Plan and the so-called “Global Plan” were geopolitical strategies aimed at restructuring the world in the image of American interests. The Marshall Plan was the US response to rebuild a war-devastated Europe, with the objective of creating markets and an economic infrastructure capable of absorbing American surpluses at a time when its economy was surplus-generating. The US managed to send its surpluses to Europe while the dollar’s status as the global reserve transformed it into a mechanism for reinvesting capital and, in turn, further consolidating its political influence. The concept coined by Varoufakis of Global Plan corresponds to the following deliberate strategy: while the United States was a surplus economy, it needed destinations for its accumulated capital and, at the same time, to forge new centers of production for high-tech goods and advanced industry to sustain its domestic demand. To achieve this, in addition to the Marshall Plan and following this “Global Plan,” it significantly financed and influenced the economies and politics of Japan and Germany, which became its greatest allies.
After the war, Japan was instrumentalized to become the high-tech factory of the United States. Its industry modernized rapidly, enabling it to produce components and cutting-edge technology that not only supplied the US domestic market but also allowed it to become a key exporter to Southeast Asia. In Germany’s case, industrialization was directed toward precision manufacturing and mass production, positioning Germany as the industrial powerhouse of Europe. The trade agreements prior to European integration were, in many ways, designed to generate an aggregate demand that would absorb German products.
This “golden age of capitalism” (golden only for the West and Japan) and the Global Plan came to an end in 1971. Over the years, the US—thanks to the tremendous advantages provided by the Bretton Woods system and the petrodollar—invested less in its industry, and American capitalists increasingly turned to financial speculation rather than production. This shift caused the US to move from running a surplus to running a deficit, eventually making it impossible to maintain dollar-to-gold convertibility due to insufficient reserves. The collapse of the gold standard in 1971—through the “Nixon shock”—exposed the failure of the Bretton Woods system by forcing the United States to abandon the gold backing. It was then that the US began financing its hegemony through the relentless issuance of debt—a complete 180º turn—even though it was a chronically deficit nation. What made this possible was, once again, the dollar’s status as the global reserve. This change marked the transition from the “Global Plan” model to the Global Minotaur model, in which the recycling of surpluses through the purchase of US debt and assets became the engine of global capitalism, benefiting the financial elite and exposing the system’s internal contradictions. The shift to a fiat monetary system also made the global economy more vulnerable to financial crises and imbalances.
In parallel, the creation of the International Monetary Fund and the World Bank was established as part of this hegemonic project. Rather than promoting equitable development, these institutions imposed neoliberal policies that impoverished half the world, forcing developing countries to submit to a model of debt and dependency that perpetuates inequality. In addition to the creation of the IMF and the World Bank, in 1985, the Plaza Accords were implemented as a response to accumulated trade and monetary imbalances. The main objective was to devalue the dollar and, in doing so, correct the excesses of the US deficit, as well as to allow the German mark and the yen to appreciate—since Germany and Japan began to rival the US in key sectors and the US sought to reduce its export capacity. For Germany, accepting an appreciated mark was essentially a bet on stability and the consolidation of its export sector within the European context, even if it meant a reduction in overall exports. A stronger currency bolstered confidence in the German economy and facilitated internal structural adjustments. In contrast, for Japan, the appreciation of the yen proved disastrous: it made its exports more expensive and jeopardized the competitiveness of an economy that heavily depended on its export capacity to the US, since Japan lacked an industry for domestic consumption and its citizens, due to very low wages, could not generate sufficient demand for its technological products. Owing to its economic and military dependence, Japan was forced to adopt measures that devastated its economy, leading to a flight of investors from Japan to the US—which was the ultimate goal—while also reducing the technological competition posed by Japanese companies.
In many countries around the world, due to policies enacted by the IMF, the World Bank, and war-driven strategies, numerous international capitalists stopped investing in their own countries and began investing in dollars—buying assets in American companies or US debt—as it was seen as a safer and more stable bet. This spiral of buying US debt, driven by the dollar’s status as the global reserve (making it attractive due to its stability and continuous appreciation), led to enormous growth in the financial sector. Wall Street and global banks, both public and private, were the architects of a financial system based on rampant speculation and irresponsible risk-taking, which ultimately collapsed in 2008. With the invention and widespread adoption of opaque financial products—such as CDOs and CDSs—subprime mortgages were repackaged into an interconnected web of debt, ignoring the warning signs of systemic risk accumulation. While private institutions indulged in a “too big to fail” culture, public entities and regulatory bodies stood by idly, allowing this high-stakes gambling to run rampant. CDOs (Collateralized Debt Obligations, involving the purchase of mixed packages of high- and low-risk debt) and CDSs (Credit Default Swaps, essentially bets on the decline of asset values) maintained the flow and recycling of US debt while generating a bubble that was not expected to burst—until the total collapse of that fictitious capital in 2008.
The financial collapse of 2008 is presented in The Global Minotaur as the culmination of decades of structural imbalances. According to Varoufakis, the crisis cannot be easily resolved because it stems from inherent contradictions within the global capitalist system: while some countries accumulate surpluses, others must finance chronic deficits, and the mechanism for recycling these surpluses ultimately proves incompatible with long-term stability. The excessive interdependence and the lack of equitable adjustment make the solution fundamentally structural and difficult to implement without a radical reform of the international financial order.
This book has been very challenging to read despite its engaging writing style, especially given my limited economic background. However, it has been extremely enlightening in broadly explaining the global capital flows spanning much of the 20th century and the early 21st century. Although the book is quite brief (a little over 300 pages), it covers an abundance of topics highly relevant to international geopolitics and economics that I have not mentioned in this already overly long review—such as the role of the USSR or China (albeit not extensively developed), Greek debt and the perpetual European crisis post-2008, the creation of the precursor to the European Union (MEEF), quantitative easing, and much more. What I can say is that the content of this book is absolutely worth it.