Sepan Vuestras Mercedes que hablamos de la aportación novelesca de Francisco de Quevedo y Villegas al género picaresco, escrita en su periodo de juventud y de la que él renegaría después, quizás para evitarse más problemas de los que ya tenía, porque solía tenerlos. Conceptista, grotesca e hiperbólica novela que cuenta en primera persona parte de la vida de un pícaro de clase desfavorecida, de los que tanto abundaban en esos mundos de Dios de la España de los Austrias. Por sus páginas pasean locos de atar, pillos redomados, expertos en mil triquiñuelas para ''meter un dos de bastos y sacar un as de oros'' del bolsillo ajeno. De estilo más que brillante, solo puedo achacarle un final algo apresurado que hace que la obra pierda cuadratura o redondez; se narran una serie de episodios enlazados unos a otros, pero sin conseguir - quizás el autor no pretendía hacerlo - la unidad que encontramos en el Lazarillo de Tormes.
Creo que fue Cela el que dijo una vez, hablando del Premio Cervantes, que deberíamos honrar más a Quevedo que al manco en el parnaso de las letras castellanas, y que el premio debería llamarse 'Quevedo'. Fuese quien fuese quien esto dijo, tenía sus razones, pues Quevedo es más que un maestro, un orfebre de nuestra lengua, sabedor de un léxico impresionante y un estilo inconfundible que no ha dejado de inspirarnos. Pero no estoy de acuerdo con Cela o quien fuese, pues Cervantes ha sido mejor embajador de nuestras letras en el extranjero y, como se diría antes, era un espíritu más elevado que el perro de Quevedo, y menos sujeto a los prejuicios más rancios de su época. Muy lejos estaba Don Francisco de esa imagen simpática que nos pinta Pérez-Reverte en 'El capitán Alatriste'. Sea como fuese, nadie puede negarle al señor Quevedo esa pluma magistral que hace que uno quiera, no leerle, sino incluso memorizarle si es posible.
Retomando El Buscón he podido resucitar la lectura tal y como se entendía también en su época: en alto y en compañía. No todo él leído de esta guisa, claro, que no estamos en patios de corral, pero sí algunos capítulos, como el del Licenciado Cabra. Una vez más, yo leía y mi padre se tronchaba de la risa. Y es que, ante todo, El Buscón es un libro hecho para reírse, y esto no hay que olvidarlo. Que haga reír todavía en el siglo XXI es un mérito que hay que otorgarle. Te ríes de sus descripciones exageradas, a pesar de que el texto narre episodios realmente duros y escabrosos, pues la propia época era dura y escabrosa. Pablicos es hijo de una puta y de un barbero ladrón al que veremos descuartizado, y sus miembros colgados a la vuelta del protagonista a Segovia; los estudiantes de Alcalá son crueles con los novatos, como lo han sido siempre, hasta el punto de apalizar a los estudiantes pobres que no tienen enchufe que les pueda defender, o llenarles de flemas y escupitajos; en las cárceles, reflejos oscuros de toda la sociedad, el dinero le salva a uno de morir de enfermedad o a cuenta de otros prisioneros o carceleros, y ríe Quevedo de un hombre metido en ese infierno terrenal por ser 'puto', esto es, homosexual. Y así con todo. Una España corrupta y de futuro incierto, donde vale más tener un apellido y la bolsa llena de dineros que cualquier otra intención o esperanza. Nuestro autor se muestra, en todo caso, inflexible con los que, naciendo de la indignidad social, pretenden escalar por sus propios medios, y los condena moralmente. Viene a decir que así hayas nacido, así vivas.
El Lazarillo de Tormes fue una crítica a una sociedad hipócrita y exponía un determinismo en el personaje de Lázaro, y Quevedo reafirma ese condicionamiento, pero no critica a esa sociedad. Incompasible hijo de su tiempo.
'Haz como vieres', dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí de ello; pero yo aseguro a vuesa merced que hice todas las diligencias posibles.'