Me declaro infractor: no tenía idea de la existencia del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Y, si no fuera por un libro suyo que apareció en los saldos de una librería, seguiría ignoto para quien esto escribe. La cual, puedo ahora afirmar, hubiera sido una verdadera lástima.
“La orilla africana”, novela corta catalogada por Alberto Manguel como “una pequeña obra maestra”, entrelaza un par de historias ubicadas en la ciudad costera de Tánger, en el Marruecos norteño: por un lado tenemos a Ángel Tejedor, un colombiano que, seducido por el encanto marroquí, decide hacer todo lo posible por permanecer en esta ciudad; por el otro, aparece Hamsa, un adolescente pastoril, que vive junto al mar en un ambiente primitivo. Las anécdotas se cruzarán gracias a una lechuza, comprada por Ángel y curada, tras sufrir un pequeño accidente (del cual el veterinario dijo que nunca sanaría, y que nunca volvería a volar), por Hamsa.
Rey Rosa escribió este libro por una “suerte de nostalgia anticipada”: él vivió en Tánger y, cuando imaginaba que iba a partir de la ciudad, veinte años después de su primera visita, decidió comenzar el relato; “el tiempo que tardé en escribirlo (…) me conté como el guatemalteco más afortunado a todo lo largo de la costa norteafricana”, dijo.
No sé si obra maestra, pero “La orilla africana” sí es una interesante y atractiva narración que invita a fascinarse por lo exótico, a dejarse seducir por lo otro, lo ajeno. Como dice Luis Antonio de Villena: “Una bella novela corta, que quiere trasladar la magia de lo distinto, narrándolo sin explicarlo, como la poesía”.