Este libro es una compilación de lugares comunes, expresados en un clásico registro posmoderno, que mezclan obviedades deleuzianas con estereotipos de la cultura DJ de los 2000. El argumento es básicamente que la elevación del sample a la forma creativa fundamental del siglo XXI quiebra todo registro de autoría y creación intencional, e implica por sí mismo un quiebre cultural en el que el programa de las vanguardias del siglo pasado se ha convertido en la norma cultura por excelencia.
El problema es que Miller simplemente no tiene una ciencia del ritmo: no tiene una teoría sobre la música, ni un manifiesto sobre lo que esta podría o debería ser, ni siquiera un compilado de reflexiones sobre experimentación estética, ni mucho menos una prosa poética capaz de hacer valer la pena la lectura. Todo lo que dice ya fue dicho por Fisher, Reynolds y sus discípulos (recientemente, Kit Mackintosh), con más claridad conceptual y mayor originalidad.
Podría decirse que esta es precisamente la idea: el libro está vacío porque busca ser una escritura de la inercia, contra cualquier presión contenidista o teoricista, una elevación del remix y el sample que obstruye cualquier parámetro de coherencia interna cerrada sobre sí misma. Sin embargo, los momentos autobiográficos del libro impiden que esto sea así: es evidente que Miller está interesado en contar sus experiencias y explicar sus resultados.
Miller quiere una ciencia del ritmo que no sea ciencia, sino puro goce masturbatorio. Su rechazo de lo académico, que no es de por sí negativo, lo ciega completamente a cualquier visión crítica sobre la cultura: ausente está toda respuesta a las reflexiones fisherianas sobre el neoliberalismo tardío y su inhibición de las posibilidades cognitivas de la creación. Al mismo tiempo, quiere una ciencia del ritmo que no sea rítmica: su rechazo paralelo de cualquier aproximación sobre el objeto música/sonido en sí, nuevamente por miedo a teorizar, implica que este es un libro de música que no habla sobre música.
Solo le pongo dos estrellas en vez de una porque aprecio mucho la edición de Dora Robota, que es muy cuidada y, la verdad, preciosa.