¡Un novelón del carajo!
Una pieza explosiva y desenfadada de pura literatura, de auténtica literatura, de gran literatura, de fuego y rock por doquier, de éxtasis y nostalgia, de carcajadas y lamentos, de vida, de pura vida y pura fiesta; la celebración más histriónica y socarrona del talento de los héroes admirados, la más ponzoñosa y divertida muestra de nuestras miserias, la expresión más delirante, subversiva, de homenaje y parricidio; el recordatorio cachaciento, libertino, malicioso, de que la ficción lo devora todo, que todo es posible en la ficción, que todo entra en ella, que ella admite todo, y la demostración más sarcástica y más impúdica, de que en ella se puede estirar la libertad imaginativa, pendenciera, satírica, la libertad a secas, hasta sus más últimas consecuencias, hasta prender el fuego, literalmente, de la creación.
Es la demolición bribona, resuelta y afilada, de la última frontera que yacía incólume, de la última barrera que impedía la rapiña literaria desenfrenada y sublime, del último muro infranqueable -el respeto, el prestigio, el canon, el mito- que detenía la voracidad de la novela, y del novelista, para ficcionarlo todo, para digerirlo todo, para procesarlo todo, deglutirlo, transformarlo, tergiversarlo, confudirlo, avinagrarlo, ennoblecerlo, acomplejarlo, envanecerlo, cagarlo, reordenarlo, rumiarlo, pretenderlo, comprenderlo, sublimarlo, salvarlo, entreverarlo, divertirlo, arrecharlo, emputecerlo, vargasllosiarlo y atacarlo, quemarlo, incendiarlo todo.
Es la cumbre dinamitada, la autopsia quemasangre de un affaire improbable, la atenta y vibrante pesquisa de todas las pequeñas bromas que antecedieron a la broma infinita, a ese loop que nadie sabe cómo empieza ni cómo termina, el bucle de nuestra intimidad inédita, el montón de pequeños actos que solemos hacer cuando nadie nos mira, y que siempre parecen inverosímiles, irreales, incomprensibles a los ojos del resto. Es la persecución incesante de los últimos días de una época, expresada y configurada en la biografia no autorizada, apócrifa y atrevida, de una amistad inolvidable entre dos escritores latinoamericanos de fama mundial.
Es fuego, es rock, es risa. Es la subversión y la fiesta. El ímpetu, la pasión novelesca, la orgía perpetua. El fuego de la literatura. La hazaña. El genio.
Bayly construye (o reconstruye) el retrato completo de un vínculo extraordinario entre dos hombres épicos, un vínculo de amistad y rivalidad permanente, que comenzó una noche en el hotel más exclusivo de Caracas y terminó, casi diez años después, con un puñetazo seco en un cine de Ciudad de México.
Pero lo que parece una apuesta documental y solemne, de novela histórica y elogio razonado, cronológica y centrada en develar las razones y las consecuencias de la amistad y la ruptura, se convierte, con el paso de las hojas, en una crónica acompasada de la trayectoria literaria, intelectual y social de ambos escritores y de su protectora, su confidente y mánager, la dueña de una agencia literaria barcelonesa con pretensiones empresariales de escala mundial, y luego, casi terminando de enumerar los prodigios mercantiles de la señora y las maravillas fabuladas de los escritores, deviene, sin pausa y sin tregua, incesante, intrépito, conmovedor y sorpresivo, en un largo y hermoso homenaje a muchas de las figuras y personalidades que durante esa época poblaron y habitaron el mundo del espectáculo, el de la política y el de las letras con un estilo y una presencia ineludible y, a veces, arrolladora: ahí están Carlos Barral, Bryce Echenique, Jorge Edwards, Joaquín Sabina, Fidel Castro, Salvador Allende, Juan Velasco Alvarado, Haydeé Santamaría, Julio Ramón Ribeyro, Cristina Peri Rossi, Pablo Neruda, Julio Cortázar, y las actrices Katy Jurado y Camucha Negrete, Sebastian Salazar Bondy, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Fuentes, Faulkner, Alvaro Mutis, Elena Poniatowska e inclusive, brevemente, Picasso. Uno a uno van apareciendo, conforme conocen a Vargas Llosa o a García Márquez, y del mismo modo, sin más, como si eso fuera suficiente, van saliendo de escena, retirándose, dejando que el espectáculo continúe, que el homenaje se torne drama, melodrama, lío machista de faldas, trama clásica de telenovela, infidelidad y despecho, arrechura varonil, mujeriega, y dolor y amargura femenina. Pero también, y enseguida, el despertar feminista, el viaje a donde están los amigos, la fiesta juntos, la sanación, mientras el infiel se complica, se enreda en dilemas amorosos, y por último, amante modelo, galán incuestionable, se enferma de almorranas, se abufona. Y más adelante, el vértigo, la velocidad, la montaña rusa: de road movie con playlist y borrachera incluidos, a discusión tóxica de pareja, a celos y humillaciones, a hipocresía moral, a machismo develado, y de ahí al golpe fatídico, a las mentiras que cambian el mundo, a los rumores falsos que envenenan el espíritu, en fin, a las ficciones que entreveran sentimientos y confunden, que intervienen de modo decisivo, irreversible, la realidad, y que siendo creídas, siendo estas ficciones, estos rumores, estas mentiras verosímiles, breves y efectivas, siendo simplificaciones perniciosas y turbias, terminan aupadas por la moral que se asume correcta y justa, y, finalmente, victoriosamente, suplantando la verdad.
Bayly grafica, con una destreza inédita, el modo por el cual el compromiso moral intensifica el poder perverso de la ficción para alterar y tergiversar la realidad, la manera en que una mentira, un cuento fabulado con malicia, se filtra en las relaciones interpersonales y dinamita cualquier vínculo posible, y la candorosa facilidad de todos nosotros para caer en su simulacro, y la sorpresiva rapidez para creer en ella, para ser orientado o impulsado por ella, como si esa mentira, esa ficción, fuese un dato real. Bayly trasparenta el mecanismo emocional, de profunda raigambre moral (y por ende, manipulable) por el cual una mentira cruel, una ficción peligrosa, impulsa al sujeto a la acción real, el modo secreto, pasional, posiblemente sexual, por el cual una ficción empaña la razón de quien sea y lo enceguece en un fervor orientado única y exclusivamente a actuar en la realidad con fiereza y violencia desmedida, primitiva, animal.
¿Cómo una simple y breve mentira, un cuentito vano, una fábula ligera, puede anular cualquier fuero racional y equilibrado y liberar nuestras fuerzas más irracionales, obnubilarnos hasta volvernos perros agresivos? ¿Cómo un sencillo rumor no corroborado, inventado por la mujer amada para celar y pedir cariño, puede disolver el andamiaje racional de su marido infiel hasta transformarlo en un animal que golpea para defender su territorio y la machista legitimidad de su dominio? ¿Hasta qué punto esta tensión entre ficción y realidad enmascara una tensión sexual de dominio, y hasta qué punto la tensión entre libertad sexual y patriarcado esconde una tensión entre una ficción que empieza a ser asumida como real, y otra ficción que va perdiendo poder en la realidad?
Bayly instala el contraste entre dos modos de vivir la masculinidad machista (el fiel que es el mejor amigo de su esposa, y aún así termina noqueado por una escena de celos, y el infiel que es amante, carcelero y vigía metódico de su esposa, pero que también es un degenerado sexual y violento) y en el centro coloca a una joven que no sólo quiere ser esposa, sino que también quiere dejar de ser objeto, quiere ser sujeto, también quiere hacer, una joven que quiere ser libre siendo alguien, pero que no puede, ya no puede huir, y que a pesar de su energía, le cuesta evadir el poder seductor, cómodo, engañoso que la empuja, otra vez, irremediablemente, a lavar, cocinar, planchar y limpiar.
Como en otras ficciones de Bayly, aquí todos pierden por un malentendido, por ese algo que no fue bien procesado o pensado, diríase, por una desviación ficticia: pierde el golpeado un amigo por un malentendido de celos, pierde el agresor la compostura por un malentendido en su honor, pierde la joven su destino por un malentendido en su rol conyugal. Pierde el golpeado por confiado, pierde el agresor por violento, pierde la joven por sumisa.
Pero más allá de estas pequeñas pérdidas, que no son más que extrapolaciones reiterativas de las escenas finales de la novela, la maestría de Bayly, uno de sus tantos méritos, reside en la estrategia que despliega para contar su historia.
Para empezar, su narrador no trata igual a los dos personajes principales.
Es más, en muchas ocasiones se muestra compasivo e indulgente con su personaje Gabriel García Márquez: le perdona sus preferencias políticas (que el narrador, muy enfático, detesta), le acompaña en sus aventuras más románticas, lo sigue con candor cuando está en escena, le hace contar chistes y los celebra, le hace cantar vallenatos y lo celebra, le hace hablar con su esposa y no se entromete, lo mira con piedad, fraterno, benévolo con sus creencias, siempre con ganas de tener anécdotas con él, de contar sus pequeñas tragedias juveniles, su vida pobre en París, su levedad y su alegría. El narrador es generoso con él, nunca lo desnuda ni lo expone en una situación bochornosa, lo mima, lo sigue, en cierto modo lo quiere.
Por el contrario, a su otro personaje, Mario Vargas Llosa, el narrador nunca deja de joderlo. No lo detesta, pero no lo quiere. Lo busca, le hace bromas, lo persigue hasta en sus encuentros íntimos, no lo deja en paz. Se burla de su seriedad, se mea de risa cuando lo ve. Y cuando descubre que es mujeriego, el narrador afilata la puntería y ya nunca más lo suelta. Le hace mil y una criolladas, se mofa en su cara, se desternilla de risa cuando cae en la trampa, y siempre encuentra una manera de ponerlo en aprietos. Pero el personaje lucha y no se deja, resiste, y a veces, tiene el temple y la firmeza del héroe. El narrador se maravilla de esa tenacidad, pero no da tregua. Castra a su hijo con un perrito en una tarde de borracheras, y a él lo zarandea con almorranas en una mañana de arrechura. Y en el rato menos pensado, le pone otra mujer delante, y si no es una amante, es una prima, y si no es una prima, una tía, una actriz, una mjer de la calle, una francesa, una limeña, o por último, exagerado, perverso, como si fuera pasado oculto o promesa utópica, «para Mario, todas las putas del mundo».
Ahí está, creo yo, el mérito, la broma, el chiste. El truco de esta ficción.
Bayly usa todos los temas centrales de la obra narrativa del escritor Mario Vargas Llosa y los refleja, invertidamente, sádicamente, con intención plena de tergiversar su potencia evocadora, en la historia singular y graciosa de su personaje Vargas Llosa.
Al igual que el escritor Mario Vargas Llosa cuando utiliza la figura del dictador Trujillo para mostrar el lado esperpéntico y ridículo del poder, y la devoción irracional de la población hacia su figura, obviando el absurdo y lo circense, Bayly utiliza la figura de Vargas Llosa para mostrar lo mismo sin dejar de exagerar y sin dejar de reír. Al igual que Vargas Llosa cuando se divierte con las arrechuras sexuales de Pantaleón y las ocurrencias de las visitadoras, Bayly se jaranea con las arrechuras de Vargas Llosa y las muestra hasta el detalle. Al igual que Vargas Llosa cuando se burla del compromiso literario de Pedro Camacho para terminar escribiendo cojudeces, Bayly se burla de la rutina metódica y aburrida de Vargas Llosa, de su falta de baile y pavor a las discotecas. Al igual que Vargas Llosa cuando disecciona la violencia engendrada en espacios cerrados, y la forma agresiva en que la amistad y la rivalidad es administrada por los códigos militares, la conversión de jóvenes en perros, Bayly disecciona, a través de su personaje Vargas Llosa, la atmósfera jerárquica y varonil del Boom, la competencia y la complicidad fálica, y la conversión de escritor en perro celoso, en perro guardián. Por último, al igual que Vargas Llosa cuando grafica la descomposición moral de una sociedad entera y el final de una época en el Perú a través del intercambio cantinero de dos hombres, Bayly grafica la lenta agonía de ese mundo nuevo y utópico que proclamó la izquierda en los años sesenta (con Fidel, Allende, Velasco Alvarado, el Mayo del 68, los hippies) y el final de una época en España con la muerte de Franco a través del intercambio literario y fraternal de dos hombres.
Pero Bayly es Bayly. No reelabora estas referencias desde la gravedad o la solemmidad, sino desde la sátira, desde la parodia, desde la alegría y la sorna más generosa, desde esa malicia suya, elegante y efectiva, que finge leve cortesía antes de disparar la criollada, la frase perfecta, simple, inesperada, que te mata de risa.
Creo que por ahora lo dejo aquí. Hay mucho más que comentar, como la engañosa sensación de que es un texto superfluo (al igual que El guardian en el centeno de Salinger) o el buen ritmo que toma una vez que ambos personajes se conocen en persona en el Hotel Humboldt. También las innumerables escenas hilarantes, irreverentes, que son de colección y ameritan su propio comentario (especialmente cuando Vargas Llosa está en República Dominicana, filmando un documental o dirigiendo una película), o el perfecto soundtrack que nos regala Bayly en la inolvidable secuencia que va desde la cena de despedida entre Edwards, Balcells, Gabo y Patricia Llosa hasta la mañana siguiente, y queda esa inolvidable escena de Patricia bailando «Help» de The Beatles y «Good Vibrations» de The Beach Boys con García Márquez (una escena, y una secuencia en general, que me recordó mucho a Poeta Chileno, de Alejandro Zambra, por el soundtrack, por el aura de bailar con escritores, por la onda snob hipster, etc.).
Por último, pienso que este es el mejor homenaje que se le puede hacer a los maestros del Boom desde la ficción y desde la convicción de que siempre se puede explorar otras posibilidades narrativas.
Qué mejor homenaje a los genios del Boom, a Vargas Llosa y a García Márquez, que usar sus propias biografías, sus propias victorias y derrotas, sus pequeñas tribulaciones tragicómicas, para llevar la ficción hasta sus últimas consecuencias.
«Los genios» es el homenaje, el balance y la liquidación, que hubiera querido leer Bolaño, porque el Bayly que Bolaño elogió hace veinte años, está aquí. Lástima que la novela no tenga un buen título. Yo le hubiera puesto «La orgía perpetua»
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A modo de matiz, dejo dos elementos para conjugar:
*Una vez el escritor y poeta peruano Rodolfo Hinostroza dijo que toda amistad siempre terminaba, o se rompía, con una buena mandada a la mierda.
*Una vez, en un debate sobre sociología y literatura en Lima, Vargas Llosa dijo que la novela es como los buitres que están alrededor de la carroña.
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Léanla con un chilcano de menta (pisco y ginger ale) 🍹 y escuchando una y otra vez, aparte del soundtrack propone Bayly, el disco completo «Help!» de The Beatles 🎶
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