Binary is the ultimate guide for understanding and dismantling the sex spectrum , the new cultural belief that sex exists on a continuum and that male and female are social constructs.
By analyzing its ten most popular arguments, Zachary Elliott reveals how the tenets of the sex spectrum deny evolution, development, and genetics. Using the primary biology literature, the book provides the reader with a comprehensive scientific understanding of how the two sexes are universal phenomena and how complex genetic networks consistently result in a simple yet profound male or female.
Zachary Elliott is the founder of the Paradox Institute, a research group that specializes in teaching the biology of sex and sex differences to the public. Zach has been researching, reading, and writing about sex differences since 2017 and has written two other books on the subject— Sex A Land of Confusion and The Gender Discrimination and Disparities in the Postmodern Era . He is also a writer and producer of more than twenty animated videos on the biology of sex, using his expertise in motion graphics and design to effectively communicate biological concepts.
Zachary Elliott aborda la creciente tendencia a considerar el sexo como un espectro, una noción que si bien es popular en ciertos círculos académicos y mediáticos, dista mucho de ser científicamente rigurosa. Los defensores de esta teoría se basan en tres principios, según Elliott. Estos son:
• Principio biológico del espectro sexual. Biológicamente, el sexo no es simplemente «macho» o «hembra», sino que existe en un continuo.
• Principio social del espectro sexual. Las distinciones entre hombre y mujer, o entre macho y hembra, se consideran más como construcciones sociales que como categorías fijas y claras.
• Principio político del espectro sexual. Políticamente, lo que cada persona siente sobre su propio sexo o género (identidad de género) es lo que define su sexo, más allá de las características biológicas o sociales.
Publicaciones de renombre como Nature, quizá la revista científica más prestigiosa de todos los tiempos, y la otrora respetada Scientific American han publicado artículos que apoyan el punto de vista del espectro sexual, proponiendo una redefinición del sexo más allá de las tradicionales categorías binarias XX y XY. Sin embargo, aunque pienso que el principal problema es semántico, esta perspectiva ha distorsionado radicalmente lo que es el sexo y cae en el terreno de la pseudociencia por una razón fundamental: la metodología.
La ciencia, en su esencia, se basa y parte de la observación imparcial de datos y evidencias, seguida de la formulación de teorías que se ajusten a estas observaciones. Este proceso está siempre abierto a la revisión y la refutación a la luz de nuevas evidencias. Por el contrario, al igual que las ideologías, la pseudociencia comienza con una conclusión predeterminada, seleccionando y priorizando los datos que la apoyan mientras descarta los que la contradicen. Este enfoque es inherentemente sesgado y contrario a los principios de la investigación científica.
Elliott sugiere que la promoción del sexo como un espectro no parte de una curiosidad científica genuina y argumenta que no tiene su origen en un análisis objetivo de la biología humana, sino en agendas políticas y sociales que pretenden remodelar la comprensión pública del sexo. Este enfoque ignora la gran mayoría de evidencias científicas que definen el sexo en términos biológicos claros y bien establecidos. Tal alejamiento de la metodología científica convierte a esta teoría en pseudociencia, además de ser bastante errónea.
En su análisis, Elliott se enfrenta a la reiterada confusión que rodea al debate sobre el espectro sexual, una confusión que radica en la incorrecta distinción entre los mecanismos que determinan el sexo y el propio sexo. Este malentendido es un tema recurrente en la argumentación de quienes promueven la idea de un espectro, donde se tiende a exagerar la importancia de las anomalías cromosómicas y genéticas, usando estas variaciones como base para defender la existencia de un espectro más amplio de identidades sexuales, de sexos. Por ejemplo, los defensores de esta teoría suelen basarse en condiciones médicas específicas, como los síndromes de Klinefelter (XXY), Turner (XO), Jakob (XYY) y triple X (XXX), entre otros, para apoyar la noción de que el sexo es un espectro. Sin embargo, Elliott argumenta que este enfoque es fundamentalmente erróneo. Los cromosomas y los genes son, en efecto, cruciales en la determinación del sexo, pero no deben confundirse con el sexo per se. Son, más bien, los mecanismos a través de los cuales se establece el sexo.
La analogía propuesta por Elliott es esclarecedora. Comparar los mecanismos de determinación del sexo en los humanos (como los cromosomas) con el sexo en sí es tan erróneo como afirmar que en algunos cocodrilos la temperatura del agua, que determina su sexo, es el sexo, lo que, bajo esa lógica, implicaría una multiplicidad indefinida de sexos en estos reptiles. A pesar de la diversidad de combinaciones cromosómicas posibles, como XXY o XO, la realidad biológica de estos individuos sigue siendo binaria: macho o hembra. Las variaciones genéticas o cromosómicas —o ambientales en el caso de los cocodrilos— no crean nuevos sexos, sino que son variaciones dentro de la estructura binaria existente del sexo biológico. Este es un punto central repetidamente defendido por Elliott que subraya la necesidad de atenerse a una comprensión científica exacta del sexo y alejada de interpretaciones ideológicas que pretenden expandir su definición más allá de los fundamentos biológicos.
La discusión sobre el espectro sexual, tal y como se presenta en ciertos círculos, también tiende a centrarse excesivamente en la diversidad y complejidad de las características sexuales, usando esta diversidad como argumento para cuestionar la validez de las categorías binarias de macho y hembra. Pero este enfoque omite un aspecto crucial de la biología: la función reproductora inherente a estas características. Del mismo modo que carecería de sentido hablar de los glóbulos oculares sin reconocer su finalidad en el proceso de la visión, o hablar de los riñones únicamente en términos de su estructura sin considerar su papel vital en la filtración de la sangre, resulta insuficiente y engañoso describir las características sexuales sin atender a su función reproductora primaria. Las variaciones en las características sexuales, aunque son interesantes y dignas de estudio, no invalidan la distinción fundamental entre macho y hembra. Los órganos y las características sexuales no deben considerarse aisladamente como entidades independientes, sino como partes integrantes de un fenotipo cuya finalidad es la reproducción. Ignorar este hecho central en la discusión del espectro sexual lleva a conclusiones erróneas y reduce la complejidad biológica a meras anomalías o curiosidades, desviándose de una comprensión científica sólida.
Así pues, es importante saber qué es el sexo. Desde una perspectiva evolutiva, la definición y la comprensión del sexo deben basarse en los papeles reproductivos que han emergido y se han «perfeccionado» a lo largo de la historia evolutiva de las especies. Es decir, los fenómenos biológicos, incluidas las variaciones y complejidades sexuales, solo pueden comprenderse plenamente a través del prisma de la evolución y el desarrollo de los sexos. Este marco evolutivo es esencial para poder contextualizar el sexo en una amplia gama de organismos, desde las hienas y los peces payaso hasta los caballitos de mar, las babosas, las plantas con flores, los seres humanos e incluso los hongos. Según este enfoque, la distinción entre los sexos reside en el fenotipo para la producción de gametos: el sexo masculino se define por el fenotipo para la producción de gametos pequeños (espermatozoides) y el sexo femenino por el fenotipo para la producción de gametos grandes (óvulos). Esta diferenciación se mantiene a pesar de las variaciones genéticas, ambientales o individuales que puedan existir, incluida la infertilidad o la incapacidad de algunos individuos para reproducirse.
Hasta ahora no hemos encontrado un tercer fenotipo reproductivo. El debate sobre el «espectro sexual» descuida con frecuencia esta perspectiva evolutiva, sugiriendo que cualquier desviación de la norma pone en tela de juicio la validez de las categorías biológicas de macho y hembra, ya sea afirmando un tercer sexo o eliminando la línea divisoria entre ambos sexos. Pero como Elliott señala convincentemente a lo largo de su obra, esta interpretación es errónea. La biología del sexo, incluso con su diversidad inherente, descansa firmemente en estos dos fenotipos reproductivos fundamentales.
La insistencia del autor en reiterar sus argumentos refuerza este punto de vista, y garantiza que el lector salga con una comprensión clara y precisa del concepto biológico del sexo. Este enfoque no solo refuta la noción de un espectro sexual indefinido y que no puede sostenerse, sino que también subraya la importancia de los principios evolutivos en la comprensión de la biología sexual. Esta es una lectura para quienes busquen una explicación científica de los sexos.