Cincuenta años se dice fácil, pero a lo largo de cinco décadas, Gabriel Vargas ha reflejado el acontecer cotidiano de nuestra ciudad en la revista La Familia Burrón, en donde presenta el devenir histórico de la clase media de la capital, con sus carencias, ilusiones, esperanzas...
El autor ha trabajado sin descanso por presentar cada semana esta historieta que constituye una parte importante de la vida de nuestro pueblo, en donde se refleja el verdadero México, la sociología del mexicano, sin tapujos pero de una manera festiva, con el ingenio y la gracia de don Gabriel, que es reconocida no solamente en su patria, sino en el extranjero, donde se estudia su obra y se le señala como uno de los más grandes sociólogos de América.
En esta serie que hoy inicia la Editorial Porrúa, recoge en 12 episodios (de colección) la historieta La Familia Burrón, no como un homenaje a Gabriel Vargas, sino a nuestro pueblo, el que podrá coleccionar el trabajo del autor considerado como un clásico en varios tomos.
Aunque La Famila Burrón es uno de los grandes clásicos de la historieta popular mexicana, ésta es mi primera aproximación a la vastísima producción de Gabriel Vargas y ha sido un descubrimiento bastante afortunado. El retrato de la pobreza y la picardía de una familia que vive en una colonia popular de la capital mexicana no ha perdido actualidad y las aventuras y desventuras de Borola y su familia, sus intentos infructuosos de salir de la pobreza, continúan siendo, para bien y para mal, un retrato bastante fiel de la sociedad mexicana. A pesar de los ocasionales elementos inverosimiles (en este tomo, la construcción de un helicóptero casero), no hay elementos de deus ex machina que salven a los Burrón y sus vecinos de su precaria situación económica. No hay finales felices de telenovela garantizados, simplemente la lucha incansable del espíritu pícaro frente a situaciones precarias irremediables, por medio de un sentido del humor implacable y juegos de palabras y metáforas que aún ahora mantienen cierta frescura. Por supuesto, las ilustraciones de Gabriel Vargas son parte esencial de las historietas de los Burrón y, aunque se encuentran muy lejos de las novelas gráficas y del comic mexicano de principios del siglo XXI, tiene un encanto y una maestría innegables. La simpleza y precisión de sus trazos van de la mano con una relación dinámica entre los personajes y su entorno. Por lo demás, Vargas aprovechaba al máximo el formato de cuatro viñetas por página, un formato que se mantuvo constante a lo largo de los años. Aunque en los comics contemporáneos la superposición o "comunicación" entre viñetas es moneda corriente, el formato de viñetas "aisladas" obliga a maximizar recursos visuales y de trama y Gabriel Vargas lo hacía con gran precisión.
Muy entretenido y fácil de leer, excepto porque los diálogos no tienen acentos. Otra cosa que no me gustó de esta edición es que las ilustraciones están a blanco y negro. De ahí en fuera las historias son muy divertidas y la crítica social de la vida del chilango promedio es muy atinada.
Este fue mi primer encuentro con los personajes y me tomó algo de tiempo habituarme al humor de la historieta. El arte es muy bonito, pero los textos, además de estar escritos en mayúsculas (como cuando se recurría a aquel triste atavismo para no acentuar las palabras), presentan repetidas faltas de ortografía. Ante los ojos críticos de un lector del siglo XXI, considero que los valores han cambiado (afortunadamente) a lo largo de las décadas, y que muchos de los actos, comentarios y decisiones de los personajes no serían bien vistos ni recibidos hoy en día, transformando la obra en un valioso registro de un México popular que se esfumó, y que llego a sentir ajeno y distante.
10 historias. Como crónica, un 10, como rescate y uso de los "dialectos" urbanos, otro 10. Como ritmo, es un poco pesado, a veces rebuscado aunque el estilo ya es muy conocido. 8. Recomendable siempre. El que sigue...