Estaba pasando por un período de vulnerabilidad extraña (...). Todo parecía tener un significado especial para él, una influencia misteriosa en su destino, hasta los objetos más vulgares. Si veía, por ejemplo, un gorrión sobre un alero, se quedaba contemplándolo minutos enteros, absorto. Estaba perdiendo esa facultad elemental de clasificar instintivamente las diversas impresiones sensoriales de acuerdo con sus valores relativos.
McCullers, como el capitán Penderton en Reflejos en un ojo dorado, parece haber hecho vida sin esa facultad elemental. McCullers escribe obsesivamente sobre unos temas concretos: la soledad, el abandono y el anhelo; y para escribir sobre ellos se sirve de un decorado recurrente y conocido: la música, el diverso pero rutinario reparto de horrores del macabro sur estadounidense, y los hogares (construidos, que se construyen, o por construir, pero siempre al borde de ser dejados atrás). Rodrigo Fresán en su introducción propone que la obra de McCullers trata del Amor (en mayúsculas), yo lo considero apropiado, aunque no debemos conformarnos con estampar en su puerta la pegatina de Amante sin los subtítulos "...de la humanidad, de las artes de los hombres y de la propia desafección".
McCullers es una autora que se refleja en sus textos como anímicamente inquieta, un hecho reconocible en muchos de sus personajes femeninos (primero en su faceta de niña que abandona súbita y prematuramente la inocencia, luego como una adulta alcoholizada, codependiente y deprimida) y distintas narrativas que fácilmente podemos rastrear si echamos un ojo a su biografía o no ignoramos las sucintas introducciones a los textos de esta edición. Era una mujer que se veía afectada profundamente por sus relaciones y su entorno hasta el punto de la enfermedad, y lo cierto es que ni ella ni sus personajes parecen lograr desenvolverse de forma pacífica en ninguna de esas dos facetas, ni siquiera al estar acompañados por distintos seres queridos en la inmovilidad de los veranos pesados en pueblos cuasivacíos o recluidos en un diminuto piso en Nueva York. Cuando hablo de que los personajes de McCullers no tienen una relación pacífica con el mundo no me refiero a que esta sea exclusivamente violenta. Esta literatura se nutre de la riquísima vida interior de sus personajes, de sus más volátiles inquietudes y anhelos, de sus preocupaciones y frustraciones y de la relación que puedan llegar a tener consigo mismos. Este tormento interior de sus personajes —narrado tan característicamente con aquella bien trabajada sencillez norteamericana, como a golpes—, puede derivar desde una condición física hasta del rechazo o abandono por terceros, de la incomprensión, complejas crisis sexuales, del duelo o las adicciones, del tedio, de la obsesión y el enamoramiento. Las formas de aliviar los distintos tormentos no distan mucho de sus propios agravantes, la relación entre el adicto y sus adicciones siempre es un tanto así, pero a veces sí que se encuentran recodos de paz que bien resultan ser fútiles o son extraídos rápidamente. Siendo honesta, me es imposible no hablar de McCullers al hablar de su obra y es que, al final, "todo lo que sucede en mis relatos, me ha sucedido o me sucederá".
También, he de destacar títulos. Entre los relatos encontramos muchísimos ensayos y preliminares de lo que será El corazón es un cazador solitario, pero también ideas e imágenes muy originales que enmarcan lo que a veces parecen inquietudes puntuales de la autora tras una crisis médica, afectiva o literaria. Sin duda recomiendo encarecidamente la trilogía El instante de la hora siguiente, Dilema doméstico y ¿Quién ha visto el viento?, como el compendio de narrativas de tres matrimonios asolados por el alcoholismo, el primero de ellos premonitorio de lo que sería su relación con Reeves McCullers y los otros dos prácticamente biográficos. Del resto de relatos llevo al frente El aliento del cielo, Los extranjeros, Un árbol. Una roca. Una nube y Muchacho obsesionado. Respecto a las tres nouvelles recogidas en la edición, mi favorita con diferencia ha sido Reflejos en un ojo dorado, seguida por Balada del café triste. Reflejos en un ojo dorado es, fácilmente, el mejor texto de la autora que he leído solamente adelantado por El corazón es un cazador solitario, y creo que es el texto en el que quizá puede verse la mayor influencia de Tennessee Williams sobre la autora no solo como queridísimo amigo pero también como compañero de oficio. Sin embargo, no he logrado disfrutar de Frankie y la boda como me imaginé que lo haría, y me pregunto si quizá la he leído menos cuidadosamente que el resto por resultarme tan semejante y familiar al resto de estampas que nos ha ido ofreciendo la autora a lo largo del volumen. Igual necesito releerla de forma más independiente y habiendo pasado un tiempo.
En definitiva, una lectura muy agradecida y completa, ha sido un placer tenerla de compañía en exámenes y de regreso a mi propia provincia de sol y polvo.