El autor de esta obra es un gran conocedor de la teología y la espiritualidad oriental, y ello se refleja en este libro breve pero rico en contenido. Tras un primer capítulo introductorio, el libro se centra en la necesidad de purificar nuestro corazón a través del control de nuestros pensamientos y la oración. Se describen en primer lugar las etapas sucesivas desde que se nos sugiere el mal pensamiento, la fantasía perversa, que es algo a lo que todos estamos expuestos y que no constituye por tanto pecado, pasando por el diálogo con dicho pensamiento (el hombre que no rechaza la sugestión comienza a dialogar con ella; a pensar en si debería o no hacerle caso y a darle vueltas sin tomar u a decisión; tampoco hay pecado aquí al no haber resolución, aunque sí una pérdida de tiempo) y llegando finalmente, cuando pierde la batalla en ese diálogo con la tentación, a la penúltima etapa: el consentimiento. Es entonces cuando se habla de "pecado de pensamiento": la persona decide llevar a cabo lo que el mal pensamiento le presenta, y mientras aparece la oportunidad para concretarlo, pero ya lleva el pecado dentro. En la última etapa, la voluntad del hombre y su carácter se debilitan al caer esclavo de una pasión derivada del consentimiento otorgado a estas ideas.
A continuación se presentan las armas para que el cristiano no pierda esta batalla: la Escritura, como Jesús en el desierto, donde no pierde el tiempo en dialogar con la tentación sino que la rechaza de plano usando los textos de la Biblia; la propia fuerza del nombre de Jesús (rechazar la tentación invocando la "oración de Jesús" que en Oriente es "¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mi que soy un pecador!"), la vigilancia y el permanecer alerta, la capacidad de discernir entre las pasiones y la caridad. Para discernir entre pensamientos buenos y malos, es también útil tener un director espiritual con experiencia, y considerar la llamada "regla fundamental": "Lo que turba viene del diablo, mientras que Dios da paz al corazón", entendiendo que esta paz no es la que da el mundo, y también que toda criatura, en algún momento, es probada por la desolación y la sequedad espiritual. Es importante también conocerse a sí mismo y saber diferenciar los pensamientos malos. La lista tradicional que clasifica los mismos coincide con la de los pecados capitales, y se dedica un capítulo completo a estudiarlos. Los pensamientos que no son coherentes con la propia vida se ha de considerar nocivos, lo que implica conocer la propia identidad y vocación, algo que no es fácil pero que nos es indicado por la voz del corazón. Los últimos capítulos nos hablan de la importancia de la postura corporal y "el método físico" en la oración, que tiene una larga tradición en la Iglesia Oriental, pero que no debe ser un fin en sí mismo, ni llevarnos a confundir experiencias sensoriales con sucesos místicos. Finalmente, el libro concluye explicando la "oración del corazón", cómo el corazón es fuente de revelación y cómo un corazón puro (un corazón que ama) es fuente de la contemplación divina.