Esta es la historia de un tour de force por las calles de Madrid y su periferia, una novela sobre aquello que no se ve en las postales turísticas, el relato de una vida contaminada por el odio y la desesperanza. Pero también hay lugar para otros sentimientos. Y para la música. Sergio Galarza rescata del anonimato las tragedias y los placeres de una ciudad que tiene mucho que contar, desde Malasaña hasta Coslada, desde Alcorcón hasta La Moraleja.
El narrador, un joven inmigrante, viaja en metro y en autobús de un lado a otro para llegar a tiempo a su trabajo: pasea perros. Así sobrevive. Parece un oficio sencillo, pero el desamor y la sensación de esclavitud del que trabaja de lunes a domingo, lo hacen tan vulnerable y frágil como lo son, por otros motivos, algunos de los personajes con los que se cruza: un anciano con un mapache enjaulado, una mujer adicta a la autoayuda y aterrada por su rostro, un matrimonio que espera su final y, sobre todo, perros, de todas las razas y tamaños.
Sergio Galarza reflexiona sobre los cambios que se han producido en las grandes ciudades tras la llegada masiva de nuevos vecinos de otras latitudes. La suya no es una visión “políticamente correcta”, pero se acerca a la verdad que se respira en las calles. Paseador de perros es la primera novela de lo que Galarza ha llamado su “Trilogía Madrileña”.
Hay gente que se mueve para llegar a una meta, y otra que lo hace para alejarse de aquello que le disgusta. El personaje de esta novela deja Perú por la segunda razón, sólo para llegar a España y descubrir que tampoco puede disfrutar de su nuevo lugar. “No entendía cómo podía arrepentirme de haber dejado Lima”, dice. Y es una queja dolorosa. A pesar de saberse limitado por su condición de inmigrante indocumentado, de sentirse sin futuro paseando perros; a pesar de su desaliento y de su odio (con el que parece estar en buenos términos), el personaje cuenta su historia con humor ácido y algo parecido a la valentía que él mismo admira en sus ídolos.
Súper maluco. Esperaba leer algo chistoso, divertido, nostálgico, quizás incluso cómico. No tiene nada de eso. Aburrido, cumple con todos los estereotipos mediocres de los libros en español; mencionar músicos en inglés y cómo cada estilo de música acompaña al personaje principal en un exilio voluntario. Perezoso el libro, poco interesante el plot. Lo único que tiene de paseador de perro es que el narrador nos recuerda cada página que limpia mierda. Encima de eso tiene un tono racista y clasista. No me hizo soñar en nuevos mundos ni tampoco crear nuevas preguntas acerca de ciudades o experiencias. Menos mal es corto o si no qué perdida de tiempo. No lo vale leerlo.
Un joven inmigrante peruano se instala en Madrid con el sueño de prosperar, pero su futuro se trunca y se gana la vida con el singular empleo de pasear perros. Esta es la superficie de "Paseador de perros", de Sergio Galarza. El trasfondo es otro. La novela nos muestra la cara menos difundida de Madrid, la menos conocida por los turistas, la que no aparece en las postales, esos barrios (Malasaña, Chueca, Alcorcón, Pozuelo, Coslada) en los que la vida no es fácil para sus habitantes. El trabajar a diario acudiendo a las viviendas de numerosas personas para recoger a sus mascotas, permite al protagonista convertirse en receptor de penurias ajenas, de las desgracias del día a día del ciudadano de a pie, situaciones que asimila junto a su propia decepción.
Bien trabajado el drama del personaje. El ritmo está muy bien logrado. No obstante, se pierden algunas escenas en el tiempo narrativo. Faltaría cerrar con algunos detalles la historia.
Un sufrimiento total. El protagonista es un imigrante en Madrid que trabaja como un paseador de perros. No ha encontrado nada mejor y la mayoría del tiempo está quejandose sobre porque su vida es como es. Todo el mundo es culpable en su situación excepto el y en vez de cambiar algo en su vida, dedica su tiempo a quejarse. La obsesion con su ex, Laura Songa fastidia y cansa. El libro es como un diario de un adolescente y aunque me lo recomendaron, no lo recomendaría a nadie.