La medicina, más que una ciencia pura, es una práctica que se mueve entre lo técnico y lo humano. Su fin no es solo describir la vida, como hace la biología, sino ayudar a que el cuerpo recupere su equilibrio y su capacidad de adaptarse al mundo. Cuando alguien enferma, la medicina no busca únicamente entender qué está mal, sino devolverle al ser vivo la posibilidad de crear nuevas formas de estar bien.
Canguilhem recordaba que el enfermo no es un objeto que se analiza, sino un sujeto que siente, que juzga su propio estado y le da valor. Desde esa mirada, la enfermedad deja de ser una simple desviación de lo “normal” y se convierte en una experiencia vital, una manera de descubrir los límites y también la fuerza de la vida misma.
Las enfermedades del hombre no son sólo limitaciones en su poder físico, son dramas de su historia. La vida humana es una existencia, un ser-ahí para un devenir no preordenado, obsesionado por su fin. Así pues, el hombre está abierto a la enfermedad no por una condena o por un destino, sino por su simple presencia en el mundo.