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208 pages, Hardcover
Published February 1, 2000
Ya el ala de la locura
ha cubierto la mitad de mi alma,
me da a beber su vino de fuego,
y me llama a su valle tan negro.
Comprendí entonces que ella
había conseguido la victoria,
que debía escucharla como quien
presta oídos a un delirio ajeno.
Y que no me dejaría
llevarme nada conmigo
por más que le pidiera,
o la cansara con mis ruegos:
ni el espanto en los ojos de mi hijo:
su sufrimiento vuelto piedra;
ni el día en que estalló la tormenta,
ni nuestra corta entrevista en la prisión.
Ni el amable frescor de sus manos,
ni la sombra temblorosa de los tilos,
ni aquel distante y levísimo rumor
de las palabras, el último consuelo.
Réquiem, 9
Veintiuno. Noche. Es lunes.
La capital, sus contornos, en la bruma.
¿Qué necio imaginó que existe
el amor sobre la tierra?
Entregados a la pereza y al tedio
todos le han creído y así viven:
acuden a sus citas, temen las despedidas
y entonan canciones de amor.
Pero algunos llegan a descubrir el secreto
y cae sobre ellos el silencio.
El mío fue un descubrimiento fortuito
y desde entonces vivo como enferma.
[...] Y aquí, entre el denso humo de este incendio
arruinamos nuestra menguante juventud.
Pero ni un solo golpe procuramos
desviar de los que iban dirigidos a nuestra frente.
Cuando hayan pasado los años, tardíamente,
hallarán su justificación todas estas horas…
No hay en este mundo gentes menos dadas al llanto,
más altivas y a la vez más simples que nosotros.