En 1905 se celebró el tricentenario de la edición de la primera parte de El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Por entonces, el semanario gráfico Blanco y Negro, con el que años más tarde colaboró fructíferamente Azorín, mandó un fotógrafo a La Mancha en busca de don Quijote y el resto de sus Sancho, Dulcinea, Teresa Panza, el ama, el cura y el barbero. La búsqueda no fue intensa, ni dilatada, ni baldía. El fotógrafo pronto encuentra, y en muchos rincones, esos personajes creados por Cervantes. Azorín fue seducido por Cervantes, por El Quijote y por La Mancha, ese territorio que es ancho y existe y que gustaba de visitar. Un gran conocedor de sus habitantes y de sus paisajes y que él rechazaba delimitar como el tipismo.El presente volumen, editado en cartoné, ha sido realizado por el Centro de Estudios de Castilla-La Mancha y editado por Artelibro-Rafael Amorós. Contiene, aparte del magnífico texto de Azorín, un estudio introductorio de los profesores de la UCLM Esther Almarcha Núñez-Herrador e Isidro Sánchez Sánchez, un epílogo de José Payá Bernabé, director de la Casa Museo Azorín de Monóvar, y una notable relación cronológica compuesta por documentos sobre la ruta del quijote de muy diverso tipo. Asimismo, la obra está realzada con unas 150 ilustraciones, la mayoría de la fototeca del Centro de Estudios, elegidas teniendo en cuenta su relación con el texto de Azorín.Se trata de uno de los más bellos motivos para celebrar el IV Centenario de la primera edición del Quijote cervantino.
El autor de este libro, José Martínez Ruiz (1873-1957), fue un escritor español muy popular en su tiempo que firmaba todas sus obras con el pseudónimo de Azorín. Fue muy prolífico, pero se le reconocía, sobre todo, por lo que se consideraba era su notable manejo de la lengua castellana. Tenía, ciertamente, un estilo muy definido. Este estilo finalmente lo ha terminado perjudicando ante los lectores de épocas posteriores, pues en la actualidad resulta un tanto artificial y molesto. El humorista Álvaro de Laiglesia (1922-1981) escribió en una ocasión una excelente parodia del estilo de Azorín, que, por otra parte, es bastante fácil de satirizar. Sin embargo, una vez que uno logra acostumbrarse a su forma de escribir, se debe reconocer que éste es un texto que sigue siendo de muy agradable lectura. Este libro surgió como un encargo periodístico por parte del director del periódico "El Imparcial". Y lo que hizo Azorín, que siempre estuvo fascinado por la novela de Cervantes y que, a lo largo de su vida, escribió muchos otros textos sobre el Quijote, fue recorrer el mismo camino que en la novela se nos dice que recorrió el personaje. En su época las cosas no habían cambiado mucho, y Azorín se encontró todavía con caminos que debían recorrerse en cabalgaduras y con muchas dificultades. Y todavía le tocó ver molinos de viento que no eran atracción turística sino que funcionaban efectivamente para moler el trigo. Por otro lado, Azorín describe la forma como el Quijote funcionaba, en los inicios del siglo XX, como una vivencia para los habitantes de La Mancha, y no como una forma de atraer turistas (como es en la actualidad). Así le hicieron ver, con total sinceridad, las casas de don Quijote y Dulcinea, y le mostraron, en Argamasilla, el retrato de don Rodrigo de Pacheco, que supuestamente sería el verdadero don Quijote de la Mancha. El escritor cuenta todo esto con humor pero sin burlas, con un cierto sentido de empatía con la gente que, todavía en la época, podía vivir en su vida cotidiana la realidad de un texto de ficción.
Azorín visita la tierra de Don Quijote, emprende el viaje que El inmortal Hidalgo realizó. Azorín visita los pueblos y convive con sus habitantes. Lo dejan asombrado. Los pueblos, sus paisajes y su gente poseen todas las características para que haya surgido de allí hace ya más de cuatro siglos un idealista de una imaginación desbordante como lo fue Don Quijote de la Mancha...
A José Martínez Ruiz, ‘Azorín’, que trabajaba en el diario 'El imparcial', le encargaron elaborar artículos para conmemorar el tricentenario del Quijote; después sus artículos darían forma al libro «La Ruta de Don Quijote».
Cómo buen español, Azorín conocía y admiraba el Quijote; para cumplir con el encargo viajó hasta La Mancha para visitar los pueblos, es decir, como explica Azorín en el capítulo I 'La partida', «los pueblos son las ciudades y las pequeñas villas de La Mancha y de las estepas que yo amo;»
Y es que Azorín también era, al igual que Don Quijote, un aficionado a la lectura, sino miren cómo reacciona Doña Isabel en el siguiente pasaje:
«Yo creo -dice Isabel-, Azorín, que esos libros y esos papeles que usted escribe le están matando. Muchas veces -añade sonriendo- he tenido la tentación de quemarlos todo durante alguno de sus viajes.»
Tal tentación fue cumplida siglos atrás con la biblioteca de Don Quijote cuando la ama, la sobrina, el cura y el barbero se confabularon para quemar los libros de la biblioteca del hidalgo manchego, por considerarlos causa de su locura.
Pero vuelvo al libro de turno, este consta de una dedicatoria, quince capìtulos y una nota titulada "pequeña guía para los extranjeros que nos visiten con motivo del centenario".
Lo que hizo Azorín fue una hazaña que todo aficionado del Quijote agradece. Dejar un registro imperecedero de sus experiencias en aquellos lugares legendarios con gente maravillosa.
Azorín visitó Argamasilla, el río Guadiana, Puerto Lápiche, Ruidera, la cueva de Montesinos, El Toboso, entre otros pueblos.
He de conceder que Azorín escribe (y, sobre todo, describe) bien. Me entretienen sus historias, sus relatos sobre gentes y lugares, sobre los pueblos que visita. Las conversaciones de Azorín con esas gentes me traen a la memoria personajes sobre los que mi madre me ha hablado alguna vez. Se parecen a las gentes de cualquier pueblo. Ese es el valor de esta obra.
Sin embargo, a mí no me llena su lectura lo suficiente. Capítulo tras capítulo de este libro breve me he quedado de alguna manera tan vacío como los campos, los pueblos y calles que el autor intenta describir. De la crónica, el viaje y la ruta esperaba más. Esperaba encontrarme a Alonso Quijano, pero solo en tres o cuatro pinceladas que el autor da (lugar donde pudo nacer, familia, orígenes, ruinas que fueron casas donde quizás vivió, lugares donde pernoctó) le reconocemos, lejano y desfigurado cuando no desdibujado.
Quizás el confundido soy yo, que la obra es una referencia a La ruta de don Quijote y no al Quijote mismo (o no necesariamente). Eso sí, descubrimos a través de sus páginas la base sobre la que se construye el Quijotismo: esos vacíos campos, esos llanos infinitos, las supersticciones y la imaginación de sus gentes, su sencillez y simpatía. Alonso Quijano no podría venir de otro sitio que de ahí. Al menos, aunque solo sea por eso, merece la pena leerlo.
Reconocible aún hoy, como prueba de observador certero, ese silencio enjalbegado y expuesto a delirios de buen grado. Estaba por llegar la definición de majezas para esas gentes, sobre todo, ellas, virtuosas de la discreción (algo ahí se avanzó), se dice siempre, salvo cuando la belleza hace perder pie al periodista lírico (ahí, en el mismo punto).
Otra cosa es el intento de construir una identidad nacional desde ese lugar, de un esencialismo tan adorable como limitado, preindustrial. Valga como hecho diferencial, bien protegido, para qué más, y dejemos el tirabuzón a abasacales de hoy. Más de un siglo después, en esas mismas andamos.
Azorín escribe muy bien, siempre en ese presente perpetuo en el que las cosas son siempre igual, no envejecen ni rejuvenecen. Con ese estilo tan marcado, lleno de ritmo, esa escritura "de puntillas" como la definía Vargas Llosa, nos explica La Mancha por los lugares donde Don Quijote vivió sus aventuras: su pueblo natal (Argamasilla), la venta donde fue honrado como caballero, la cueva de Montesinos, los molinos de viento, el Toboso.
Son piezas cortas, una especie de diario personal, Azorín describe un mundo árido, quieto, aplastado, estático, despoblado y duro. Un sitio para perder la cabeza.
"Venera Azorín en estas páginas esta silueta que ha trascendido los siglos, que llama la atención por su sencillez y sobriedad a tantos eruditos que, perplejos, parecen decir: “¿Dónde va ese loco? ¿Buscando qué?" Más en https://capitulocuarto.com/2019/10/23...
Una bosta. Insulsos cuadros literarios, irrelevantes y sin conexión alguna ni con Quijote como personaje, ni Quijote como filosofía, ni de Cervantes como escritor, ni como persona o pensador. La nada nisman. La única anécdota que vale la pena dura un párrafo y está en el último capítulo.
Magnífico recorrido literario del peculiar Azorín por tierras manchegas en 1905, tercer centenario de la publicación de la primera parte de El Quijote.
Muy interesante volver a pisar los pasos cumplidos por el Caballero de la Triste Figura, Azorín un maestro en hacerlo, pero personalmente no amo “empaparme” en tantos miles de detalles. Entiendo, de todas formas, que sin detalles de paisajes, ambientes y lugares, la obra no hubiera tenido razón de existir.