Tierra vendita (mezcla de bendecida y vendida a decir de un cartel que vio el autor en Tucumán) y en la que cabe todo: la única iglesia con baños, la chica golpeada por su marido, el abogado que violó a una niña de 8 años, ovnis, culebras, camisetas de Boca, imágenes del Che Guevara, niños que lloran, piqueteros, jefes y jefas, campos de soya, vacas, carpinchos, el monumento a Caperucita Roja, muchachos de cincuenta, flacos de ciento veinte kilos, gente que afirma con rotundidad para despejar cualquier duda sobre su estupidez y el clásico recurso a la enumeración larga, la cual, luego de dos o máximo tres líneas, ningún lector seguirá con atención.
El recorrido parte de Buenos Aires y recorre innumerables pueblos y ciudades del norte y centro del país, es decir, la grandeza queda chica porque ni siquiera alcanza a todo el territorio (no se describe nada del sur, por ejemplo), solo acompañado por su auto (Erre) y sus comentarios, reflexiones, observaciones; muchas graciosas, inteligentes, algunas demasiado insistentes en su ateísmo y su obsesión con consignar la cantidad de gente rubia/ no rubia que hay en cada región.
Su estilo es desmesurado y algo repetitivo, pero quizás hay que repetir varias veces las cosas para ver si aprendemos o entendemos algo, a ver si así lo recordamos.
Caparrós ya ha visitado antes estas zonas y coloca algunos de los textos que publicó antes, además de diversos poemas o intentos de. Yo también al leerlo, no puedo dejar de pensar en mi viaje desde Jujuy a Buenos Aires y leer esto es parte de ir recordando el recorrido o recorriendo los recuerdos.
Al final, la idea de la patria está ahí, pero es difícil de aprehender y no en vano en los lugares limítrofes parece que se desvanece o al menos se condiciona. Por eso hay tanta comparación o similitud entre Misiones y Brasil, Formosa y Paraguay, Jujuy y Bolivia o Mendoza y Chile. Tal vez, recorrer el interior de un país sirva también para conocer otros y ver que todas esas diferencias no tienen mucho sentido.