Las reseñas que escribo son para recordarme a mí mismo de lo que he leído, por lo que están llenas de spoilers.
Onitsha es un lugar en el inconsciente de cada uno de nosotros. Un lugar donde la fantasía y la realidad convergen, sueños y hechos se mezclan.
Los personajes tienen diferentes esperanzas de qué encontrar en África. Provenientes de Europa, de una cultura occidental, persiguen fantasías que al llegar a Onitsha se desintegran, pero para conformar una realidad que aunque lejos de lo que habían soñado, es una realidad amplia y que los hace crecer. Quizá el único sin muchas expectativas es Fintan. Fintan es un niño y su mente está abierta completamente a la experiencia.
La vida en Onitsha marca cada uno de los personajes. A Fintan le abre la humanidad que lleva adentro, a través de recorrer el río Omerun y sus alrededores, junto con su amigo Bony. Y Oya, que causa una cierta afinidad y reverencia en él, que culmina cuando le acompaña durante el parto de Okeke, hijo de Okawho, el misterioso criado de Sabine Rodes.
Maou, la madre de Fintan, cambia de una concepción romántica de lo que era África y la relación con su marido, a una relación experiencial, donde sus sentidos se funden con lo que está alrededor y encuentra una verdad más básica, una conexión vital con las personas, más allá de lo que digan los libros, las revistas o las creencias de cómo es la vida en un continente exótico. Se funde en ella y transforma su vida, aunque en ella ya existe una semilla de sencillez y de visión amplia.
Geoffroy también crece. Se fue al África en busca de un mito, que se vuelve el hilo conductor de la historia, encuentra una realidad que lo envuelve y lo domina, lo transforma en un burócrata, un servidor de los intereses de una empresa que al final le da la espalda, como reflejo de un rechazo del establishment de la comunidad inglesa en Onitsha. Y va volviendo a sus sueños anteriores, a Maou y a Fintan. Finalmente los ve como si un velo que antes le estorbaba la vista se hubiese levantado.
Así, la relación entre Geoffroy y su familia se transforma. La relación con Maou madura y nace un fruto, Marima. Hay un paralelismo interesante en la narrativa, ya que "allí la gente cree que un niño nace el día que es creado, y que pertenece a la tierra en la que es concebido". El fruto de la relación de Maou y de Geoffroy es fruto también de Onitsha. Del lugar, de las circunstancias, no sólo es fruto de un momento, sino de muchas causas y condiciones, como diríamos los budistas.
La relación que no cambia fundamentalmente es la de Maou y Fintan. Se va transformando, pero no pierde intensidad, sino quizá cuando se separan al marcharse Maou, Geoffroy y Marima a Francia, quedándose Fintan en Inglaterra. Sin embargo, sigue a través de los diarios que Maou deja a Fintan. A través de estas memorias, Fintan mantiene un vínculo fuerte con su madre.
También nace un gran vínculo con Marima, en la que Fintan trata de explicarle su visión de la vida. Es quizá también un recurso del autor para darle un epílogo a la historia.
Y el épilogo es una espiral, que comienza con la reina de Merou, la decadencia de su pueblo. La colonia y su impacto en la vida de la gente de Níger. El encuentro de culturas y la dominación colonial y post-colonial, donde los intereses de pocos se impusieron a los intereses de muchos, borrando la magia y la fantasía, la cultura y la religión de un pueblo. Cuando Okawho, Oya y Okeke parten, lo hacen hacia un destino incierto, en una canoa, donde los acompañan los elementos, la lluvia y el río, la historia marcada en sus frentes, como los herederos de Aro Chuku.