¿Cuántas veces hemos dicho que hay libros que nacieron para quedarse o que hay lecturas que han llegado a tocar nuestras almas?, a estas alturas, miles, todo aquel que utiliza un espacio en esta amplia red para expresar su amor por los libros lo ha hecho así y no es algo para avergonzarse, sino una verdad que debería seguir transmitiéndose. En esta época tan extraña, tan cambiante y tecnológica, es necesario que ese mensaje se siga transmitiendo, porque nunca se sabe qué historias se encontrarán en la primera página. Una vida en Oxford es, según en palabras de la propia Gabriela Margall, el libro que habría querido leer en la pandemia y después de leerlo, le doy toda la razón.
Celeste es la niñera de Boy, pero también es una profesora de arte, una escritora de libros infantiles y una mujer que se está ahogando emocionalmente en un pozo que no sabe o teme saber en dónde radica su origen. Argentina de nacimiento y erradicada en Inglaterra, ha vivido una buena parte de su vida al cuidado de este pequeño desde que perdió a su madre y en cierto modo, ha cuidado de la familia entera, sobre todo del padre, Jack Stanford, un famoso autor por el que ha desarrollado sentimientos y un pasado que más que nunca la está consumiendo.
Dejar el pasado atrás no es fácil, menos si se ha tenido una vida tan difícil como lo fue la de Celeste, con una abuela terrible que, sin necesidad de recurrir a la violencia física, ha recurrido a una igual de horrible y más silenciosa, la violencia psicológica. Ya decía Freud que las cicatrices emocionales suelen manifestarse físicamente cuando hay asuntos sin resolver y que un detonante es capaz de generar reacciones inesperadas en las personas afectadas. Este libro muestra muy bien cómo el pasado de Celeste se manifiesta en su vida actual a través de llantos inesperados o ataques de pánico. No mentiré al decir que no supe cómo reaccionar cuando de pronto le pasaba a nuestra protagonista.
Sin duda que la fortaleza más grande este libro son sus personajes, están muy bien escritos y desarrollados, incluso los personajes secundarios no están solo por estar, sino que cumplen un rol y aportan a que la historia continúe. Jack no es para nada alguien perfecto a pesar de que nos intentan mostrar que sí, de hecho, al igual que Celeste, me gustó más John Stanford, pero más que ser alguien detestable, es alguien con sus propios demonios internos que un día se encontró siendo un padre viudo y que solo quiere lo mejor para su hijo y para Celeste, el cómo comienza a involucrarse en su mundo más allá de las paredes de la casa me pareció muy bonito y tierno en algunos momentos. Su relación se construye muy bien, de manera atípica a como suele suceder en una novela romántica, pero hay que recordar que la situación es en sí atípica. Boy se lleva el lado más tierno de la novela, a pesar de estar viviendo la "edad del pavo", quiere mucho a Celeste y teme perderla al ir creciendo. Celeste también es un personaje muy bonito y bien construido, no niega que tiene asuntos que resolver y no se escuda en ellos para no avanzar, sino que tiene miedo, al igual que muchas personas, pero aún así es lo suficientemente valiente para ir a terapia y buscar sanarse. La salud mental también es algo que está muy presente y muy bien abordada, si la autora si documento acerca de ello, lo ha logrado con creces.
Un libro precioso, muy bien escrito y que recomiendo totalmente si buscan una lectura amena con un buen contenido. Definitivamente se está convirtiendo en mi libro favorito de este 2024.