Si el «escribo como hablo» es una doctrina que cuenta con infinidad de adeptos, en esta novela el siempre impredecible Enrique Rubio lo transforma en un «escribo como pienso» radical que nos va a meter de lleno en la cabeza de un personaje donde en ocasiones ni él mismo quisiera estar. El protagonista sin nombre abre su narración saliendo a la calle por primera vez el día que cumple 18 años, después de que sus padres lo hayan tenido encerrado en casa desde su nacimiento para que toda su vida transcurriera sin influencias nocivas del exterior, aprendiendo solamente de los libros porque en ellos está todo. La idea de los padres era que a partir de sus 18 años pudiera moverse en sociedad como un individuo pleno, cultivado y feliz. Como era de esperar, sale mal.
¿Quién soy? ¿Soy solo un conjunto de genes respondiendo a la educación de Padres? ¿Soy algo más? No sé qué ideas son mías y cuáles no. Desconfío de mis rasgos de conducta, de mis movimientos, de mis tics nerviosos. ¿Hay algo realmente original en mí o todo el contenido de mi cabeza son pensamientos y citas de otros? Quizá esta pregunta no sea mía. Quizá ellos me la hayan implantado. (pg. 22)
Las novelas de crítica social enfocadas en la huida de los patrones establecidos suelen basarse en dos posibles situaciones: el ser social que huye a la naturaleza para encontrar refugio en la pureza intacta de lo primitivo, o el ser primitivo que contempla la sociedad con sus ojos puros libres de condicionamientos sociales. Pero Enrique Rubio aquí nos presenta una tercera vía: el ser cultivado en aislamiento que ha leído todos los libros y ha sido educado en los pensamientos más elevados producidos por el hombre a lo largo de los siglos, que cuando por fin se enfrenta a la realidad sufre un verdadero shock al comprobar la distancia insalvable que hay entre esa cultura que sus padres le han inculcado como la única verdad posible y el mundo cotidiano, en el que todos los valores supuestamente sagrados son ignorados alegremente hasta por quienes se proclaman sus mayores defensores.
Nuestro protagonista es un ser que posee la cultura enciclopédica de sus muchas lecturas y la mentalidad literal de un ser altamente inteligente con espectro autista. Esta combinación va a ir dictando todas las decisiones que tome desde el momento en el que por primera vez pone los pies en la calle. Y esto, con un determinismo de una lógica implacable pero loquísimo a los ojos de cualquier persona común, le va a llevar de manera inexorable por el camino que se nos relata en la novela con enormes dosis de ironía y sarcasmo pero sin intentar hacer humor o parodia en ningún momento, porque el tono narrativo de la novela es tan único y especial como su protagonista y está en perfecta consonancia con su idiosincrasia tan particular.
Padres me aplicaron una dictadura para ser libre y yo libremente elegí la dictadura. El encierro es mi única salida . (pg. 215)
Leer a Enrique Rubio es un gusto adquirido. Sus novelas no se lo ponen fácil al lector a pesar de lo entretenidísimas y fáciles de leer que son: quien se enfrente a sus libros tiene que dejarse llevar por su propuesta sin preguntarse en ningún momento si le están tomando el pelo, si el autor es un genio o un cretino, o si realmente no debería estar escandalizándose por tanto despropósito reunido en unas páginas. Una vez superado el shock inicial, la propuesta narrativa de este autor se revela como una de las más auténticas, originales, subversivas y profundas que me he encontrado en mi larga carrera como lectora. Cada nueva publicación de una obra suya es para mí una fiesta, porque me puedo imaginar perfectamente que la mayoría de los editores reaccionarán ante sus manuscritos como el crítico cuya carta se transcribe en la página 207 de la novela y que tiene toda la pinta de estar inspirada en hechos reales:
Su relato es un fraude posmoderno de un esnobismo recalcitrante que se reduce a un compendio de detalles y datos totalmente prescindibles que no aportan nada a la trama. No tiene usted el más mínimo sentido del buen gusto literario. Es egocéntrico, es pretencioso, es un completo inmaduro, es emocionalmente plano y es espiritualmente paupérrimo.