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136 pages, Paperback
First published October 28, 2020
Recuerdo las siestas del pasado. Mi padre se amodorraba después de comer. Mi madre quitaba la mesa, fregaba los platos y no se echaba hasta dejar la casa limpia. A mí me llamaba la atención ese intervalo, ese desfase, aunque no entendía bien por qué. Mucho más tarde comprendí que el tiempo de mi madre, como el del resto de las mujeres de la huerta —y es una afirmación que se puede hacer extensible a toda una época o, más bien, a una condición—, no era exactamente igual que el tiempo de mi padre. Ni los ritmos, ni los intervalos.
Tampoco la imagen. Quien se acostaba a dormir sin limpiar corría el riesgo de ser vista como una despreocupada, una dejada, una mala mujer. Guardo en la memoria las críticas a mi vecina María, que se echaba la siesta y dejaba los platos sucios en el fregador. Esa proyección, la de la casa oscura y los platos sin fregar, condicionó la imagen que en mi cabeza me formé de ella y de todas las que se entregaban al sueño al mismo tiempo que sus maridos, como si el tiempo de la siesta no les perteneciese del todo. La mujer siempre tenía que llegar después.
Pienso muchas veces en ese tiempo robado, en ese «tiempo para sí» hipotecado tantas veces por el «tiempo para los otros». Tal vez en eso consista la verdadera emancipación, en ganar el tiempo, en tratar de encontrar tácticas efectivas para resistirse a las temporalidades hegemónicas, en conquistar el tiempo propio y escapar del tiempo de los demás.