En los días laborables de invierno, en cuanto cae la noche, San Sebastián se envuelve en un silencio amarillento, triste, al que la lluvia impregna de una melancolía que te encoge el alma. Los comercios cierran arrojando más sombra a las aceras, las calles se vacían, y los bareros, sin fe, sin esperanza ninguna, se limitan a esperar la hora del cierre. A veces dos calles más allá, cruza ululando una ambulancia, y, súbito, un gato negro surge de entre los contenedores de basura, atraviesa la calle, se esconde bajo un coche y se queda allí, mirándote.
Dentro del reto de Libropata 2020 debía elegir un libro de poesía con un lugar en el título. El género de poesía no es precisamente mi favorito, así que me puse a investigar, había grandes clásicos donde elegir pero supe de uno dedicado a una ciudad que conozco bastante bien, pero obviamente no tanto como el autor, mientras que yo acudo a ella normalmente como visitante, estudiante o trabajadora ocasional, sin la posibilidad de percibir la esencia de San Sebastián en su totalidad. Es una recopilación de poemas suyos, dedicados a la Bella Easo. Unos poemas me han gustado más que otros, sobre todo los que hacían referencia a lugares concretos de la ciudad, pero el resto no desmerecen. Mientras lo leía estos días en la soledad de mi habitación, deseaba tomar el libro, coger el autobús y encontrar un rincón agradable allí para hacer lo mismo, pero envuelta en la atmósfera donostiarra. Es lo que tiene leer un libro de poesía a las puertas del melancólico otoño, supongo...