La prosa de Juan José Saer se parece a la maleza que Wenceslao aparta con cuidado al bajar de la barca, esa tupida concentración al borde del río, vegetación salvaje donde la naturaleza se ha manifestado de manera categórica. Así, la escritura se va tejiendo a base de descripciones minuciosas, en las que el telar no deja de correr y los hilares se van desenrollando y jamás se agotan. El resultado es un enorme paño, cuyas hendiduras, vaivenes y remates no hacen más que reforzar el portentoso tejido. Las palabras son el hilo, la materia que prevalece y predomina, el encadenamiento que manos maestras trenzan una con la otra hasta lograr la calidad deseada. Al final, las largas oraciones son cada una un todo inextinguible y autónomo que se va consolidando al unirse a la siguiente y formar las páginas de esta novela ejemplar cuya hechura es de una exquisitez desbordante.
Bien podría definirla como una novela del claroscuro. La idea (y su magistral desarrollo) prevalece a lo largo de los capítulos, desde el primero hasta el último: extraordinaria dicotomía que lo abarca todo. Cuando del lado de allá las sombras parecen tener vida propia, las siluetas, mirando del lado de acá se acomodan para no tropezar entre ellas: dos mundos opuestos que sin embargo, se mantienen unidos. El velo que al final del día lentamente cae sobre las aguas del río y va transformando y cubriendo todo lo que a su paso encuentra. Las figuras imperceptibles, al caer la tarde, son puntos diminutos a la distancia, que al acercarse, van tomando forma en la retina cansada y se convierten en sueño profundo, párpados vencidos frente al crepúsculo. El sueño es sin duda el descenso al submundo, territorio donde reina impávido el subconsciente. "Amanece y ya está con los ojos abiertos". El encuentro de opuestos, dualidad no sólo fascinante, también contundente, es absoluto: presencia y ausencia, ruido y silencio, quietud y movimiento, agua y tierra, vida y muerte, sueño y vigila, día y noche, consciente y subconsciente, memoria y olvido. A lo largo de la novela, los sentidos perciben todo por etapas, de ahí que una primera impresión siempre se transforma. Al centro, el limonero real, cuya presencia en cada fruto, cada hoja, cada rama, bien podría ser el alma de la novela. Anclado a un río poblado de islotes (cuyos sueños esparcidos en sus densas aguas se convierten en alucinaciones fantásticas), o mejor dicho, enraizado a la tierra, que penetra con inconmensurable fuerza y sobre la que el árbol clama su indiscutible dominio: posesión absoluta a través de su sola y majestuosa presencia.
Como toda gran novela, el arco temporal es bastante más amplio al que a simple vista parece adherirse. Todo sucede el último día del año y también todos los días y años desde el inicio del tiempo, porque justamente la temporalidad va regida por los intrincados pasajes de la memoria, que como sabemos (o intuimos, ya que muchas veces el conocimiento es pura intuición) no tiene límites. La trama y el paso del tiempo se estancan como la barca en la tupida vegetación del río, los remos se atoran en el fango de minuciosos detalles: cigarillos ladeados en labios mudos, mariposas volando al rededor de un farol y los calzones que cuelgan de una rama, perdidos en la espesura del camino y que él acerca para olerlos. Todo nos lleva al banquete final, festín para el que un cordero es sacrificado como ofrenda a los dioses, el cuchillo que atraviesa el cuello, la sangre que brota insistente y luego el cuerpo destazado ardiendo al calor de una brasa tórrida, llamarada que proclama su dominio sobre el imperio de la noche. Las deidades satisfechas dan paso a excesos terrenales, ya que, a fin de cuentas, sólo llegando al límite de la percepción alcanzamos la anhelada catarsis: purificación del ser en armonía con su entorno. La ceremonia ha concluido.
Admirable novela, fruto maduro que cuelga pacientemente de una rama del limonero, presencia luminosa dentro de la sombra que la envuelve, figura innombrable que anuncia su enorme deseo de ser devorada...
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