(3.5/5) Vinciane Despret sabe aportar a la filosofía contemporánea de la animalidad: su texto se lee con agrado, problematiza, y logra que el lector se interrogue, incluso cuando no comparta sus propósitos o hilo conductor. A diferencia de otros ensayos que abordan lo animal desde la condescendencia o la retórica emocional —pienso en La zarigüeya de Schrödinger de Susana Monsó, obra de una filosofía débil y casi ad hoc para sostener que los animales “piensan la muerte” de un modo quasi humano—, Despret es más cauta. Se reconocen sus sesgos (su compromiso animalista, su feminismo inspirado en Donna Haraway, su gusto por la etnografía participativa) y recurre a una ironía que, en el mejor de los casos, sacude conciencias sin perder del todo el rigor.
Esa ambigüedad —entre el rigor y la simpatía, entre la ciencia y el mito— es quizá lo más característico de su obra. Su aproximación (heredera de Donna Haraway y Bruno Latour) no busca descubrir una verdad última sobre los animales, sino mostrar cómo nuestras preguntas se estrellan con las que ellos podrían hacer. De ahí el título: no se trata tanto de oír lo que “dicen” los animales como de aprender a preguntarles de otro modo, desactivando nuestro supuesto dispositivo superior. Es, en este sentido, una filosofía de la relación más que de la esencia.
Ciertamente, este opúsculo me ha recordado la tónica argumental de Felice Cimatti (Filosofía de la animalidad), aunque debo reconocer que aquel me pareció más penetrante, más firme conceptualmente y menos dispuesto a diluirse en los juegos del relativismo posmoderno. Los devaneos de Despret —entre la anécdota etnográfica y la intuición poética— están en Cimatti más anudados, más alimentados de núcleos conceptuales sólidos. Despret, en cambio, fluctúa entre el Deleuze ligero y la Derrida interpretada a través de Haraway, en una suerte de humanismo crítico que, a veces, roza el sentimentalismo...
Hay que reconocerle méritos: su escritura es vivaz, su mirada empática y su capacidad de hibridar filosofía, etología y narrativa le otorgan voz propia. Al igual que Etienne Souriau en El sentido artístico de los animales, Despret se atreve a explorar regiones frontera (entre lo razonable y lo irracional) sin renunciar del todo a la verosimilitud científica. .
Entre sus sesgos más notables —y más comentados por la crítica— está su tendencia a antropomorfizar desde la empatía, a privilegiar el relato sobre la comprobación empírica, y a adoptar una perspectiva fuertemente constructivista (los animales no serían tanto sujetos “dados” como producidos por los modos humanos de preguntarles). Esto hace de su obra una lectura estimulante, pero también problemática.
En conclusión, para quienes gusten de la filosofía sobre la animalidad, Despret debe leerse, aunque mejor como complemento que como punto de partida. Conviene abordarla después de autores más fundacionales (De Waal, Derrida, Cimatti), porque sólo entonces se percibe qué aporta y qué diluye.
El problema es que, después de tanto, quizá no aporte tanto como podría esperarse.