Leopoldo María Panero es un poeta desarraigado, un hombre desclasado que trabaja con sus versos contra la sociedad y contra él mismo, un ser que sufre del complejo de autodestrucción y que transforma ese complejo, esa autodestrucción, en obra de arte. Un maldito, en definitiva. Leopoldo María Panero, aquejado de malditismo, se suicida a cámara lenta y, de esta manera, es capaz de hacer su obra con prisas, iluminada con destellos e impulsada, paradójicamente, por ese descenso hacia el fondo del abismo que, en realidad, busca truncar con violencia, dejar inacabada, esa misma obra. Panero, que busca la poesía en la abominación, reivindica como clave poética la máxima de Mallarmé: «La destruction fut ma Beatrice».
No es el mejor Panero, para mi gusto. La reiteración sobre los mismos conceptos hasta que dejan de tener sentido (la flor, la nada, la baba, el poema...) no sé si es algo buscado o un producto de su enfermedad mental. Lo mismo digo con el uso de elementos escatológicos en contextos extraños. Me quedo con sus primeros años. Recomiendo a quien quiera conocer a este poeta (algunos de mis poemas favoritos son suyos, que no se piense que la nota de este libro es mi opinión sobre Panero) que coja el recopilatorio de Visor (1970-2000).