Una buena novela, con unas imágenes increíblemente bien construidas, había a ratos que olvidaba que estaba leyendo y me veía dentro de una sala de cine viendo una película. En eso, es brutal la Selva. Brutal.
Un reverendo y su hija quedan varados con el coche descompuesto en medio de la nada en el Chaco, eso es la razón de ser de que conozcan al Gringo y su hijo, Tapioca, o Josemilio, o un chango. Con esta anécdota en apariencia tan simple, Selva se las arma para contar una historia con una pausa bien llevada, quizá un poco demasiado lenta al inicio, pero, que termina por caer con paso firme en el último tercio del libro.
Debo aceptar que toda la verborrea del reverendo me dio náusea, todo su rollo mareador de Dios y su poder, bueno, terminan por joderme, pero, me convencía que “ese” era el personaje; y en ese aspecto, lo siento bien desarrollado, congruente.
Más identificado me sentí con el Gringo, aunque en el extremo opuesto al reverendo; pero, quienes se llevan las palmas son el Tapioca y la Leni, la hija del reverendo.
Novela que habla del abandono, de la media orfandad, de la sequía, de la lluvia que arrasa, del viento que no pide permiso, como la vida, solo llega y tumba o refresca, o da de golpe sin avisar, avisan las nubes, la naturaleza, pero, así como en la vida, no siempre hay refugio que nos proteja.
Insisto, las imágenes son increíbles, el ritmo de la novela tiene su paso, su respiración, y es que en el fondo no es exigente con el lector, te lleva de la mano por donde tienes que ir, se detiene y hace pausa donde así lo dicta la historia, en ese aspecto, Selva es sumamente diestra, su prosa se siente bien pulida, una superficie que no presenta problemas y que te lleva a dar término del libro casi de una sentada, y no, no quiero decir que sea una obra “fácil”, no, tampoco es condescendiente, no, para nada, simplemente hay una narración bien hecha, unos acentos justos en cada parte de la tensión que nos narra, una tensión que estalla poco antes del final y que nos aligera la carga.
Siempre respetaré mucho el uso de los silencios, del silencio, porque siento que es ahí donde muchos escritores pueden fallar, sí, hay que llenar la página, contar, pero, saber hacer callar a los personaje, hacer del narrador una fuerza que te haga detenerte, pensarle un poco, darle vueltas a la historia antes de seguir, eso, se logra con el silencio, donde no hay narración: la historia continua.
Hay una discusión en la novela, medio velada, medio atrasito de lo que trata, entre ser creyente y no serlo, una discusión en la que el Gringo quien es no creyente, hasta dice “dios” en minúscula, y en la cual el reverendo nos deja más que claro por qué siente que los caminos de su Señor son inescrutables, discusión que nos hacen más llevadera los niños y su visión del mundo, un mundo que puede ser encantado fácilmente, donde los monstruos también existen, pero, que con igual facilidad pueden dejar de tener importancia: no hay cielo ni infierno que se compare con ser abrazado por una madre, o el abandono de ella, el alejamiento.