Hay proyectos de lectura que se gestan accidentalmente. Así como los hay intencionales, con agenda, tiempos y con miras perfectamente definidas, están los otros, los que crecen como el musgo en las paredes, los que sin saberse empiezan a cavar cimientos, ordenar el librero, desestabilizar fuertemente la vida de uno, y como un cáncer o un poderoso y letal pero lentísimo veneno, los efectos de la mordida llegan mucho después.
La poesía de Vladimir Mayakovsky, sobra decirlo, entró en esta categoría. Cómo es que se gestó y cómo es que llegué a este poeta es azaroso camino que me daré el tiempo de describirlo porque vale la pena. En primera, este año, después de vivir seis meses en Santiago de Chile decidí leer a los cuatro grandes de la poesía chilena: Mistral, Neruda, Huidobro y De Rokha. A Neruda lo leí el año pasado y ya lo conocía de forma más cercana. Huidobro también llegó a mi vida el año pasado con su Altazor y es desde esa fecha uno de mis poemarios sino es que mi poemario favorito de la vida. Me sé pasajes de memoria, lo re-leo constantemente y habitan mi vida de forma perpetua sus versos, sus palabras y sus imágenes. Así que este año me atreví con la Mistral y empecé con su fascinante Tala, un poemario indispensable para cualquiera que desee conocer las raíces de la poesía moderna en español. Lo que me quedaba era leer a De Rokha, el poeta más silencioso de estas cuatro figuras. Si las tres anteriores habitan el olimpo de la poesía, al modo en que Nicanor Parra se hacía burla, De Rokha lo moraba con un pie en la puerta o lo veía de lejos, o había un no sé qué -una neblina tal vez-, que hacía de él una figura relegada dentro del canon; no quiero que se me confunda, De Rokha es un poeta indiscutible del canon chileno, quien tenga dudas que vaya a la estación de metro en stgo de U de Chile y verá en el gran mural su nombre pintado. Sin embargo, aún en la gloria eterna hay jerarquías, y De Rokha indudablemente tenía reservado para él, el lugar más bajo. Conseguí en Stgo una antología -la única antología disponible- que recopilaba gran parte de su obra poética y que fue realizada por el narrador chileno Carlos Droguett. Al empezar con la lectura de su poesía, un libro de aproximadamente 450 páginas, en su introducción y buscando un poco más de su biografía me di cuenta porqué la entrada de De Rokha a los anales de la poesía chilena era tan, cómo decirlo, vergonzoza, a regaña dientes, casi como si apestara y no se le quisiera ahí: Pablo de Rokha era comunista. Ya he detallado antes, en mi reseña del libro de De Rokha, mis impresiones y opiniones de su poesía; también relaté un poco cómo es que el libro era tan pero tan intenso que me costó 4 meses terminarla.
Después, en el semestre de primavera, a inicios de año, tomé una clase de teatro. En esta clase, mi profesor -tan brillante y genial por cierto- nos introdujo a las vanguardias del teatro. Ahí me introdujo y conocí a Bertolt Brecht, de quien yo tenía noticias lejanas y vagas y de quien yo había visto Galaxia Gutenberg había editado su poesía completa en un libro enorme. En clase, por supuesto, nos concentramos en su teatro. Leí La Ópera de los Dos Centavos y me encantó. Pero sobre todo me había fascinado su teoría estética, tan valiente, porque como todas las estéticas comunistas, le pedían al arte la salvación más auténtica, y le apostaban a él sus más despiadadas apuestas: que, como escribe Ranciere, renovara por último y definitivamente la vida misma. Luego, unos dos meses después, el día de las elecciones, Profética hizo una promoción en la que ponía al 50 por ciento todo su catálogo y yo obviamente asistí. Ahí me compré un hermoso libro de Zurita, la poesía completa de Vallejo, el primer tomo de El Capital de Marx y la poesía completa de Bertolt Brecht. Todavía no termino por completo su poesía y para ser sincero es todo un proyecto de lectura hacerlo, de meses pues. Pero he leído ya una buena parte, y me ha quedado claro que era uno de los más grandes escritores comunistas.
Para este momento, que debió haber sido mediados de año, me percaté que ya conocía bien a tres escritores comunistas: Brecht, De Rokha y obviamente mi queridísimo Revueltas. Estaba en busca del cuarto, pues no hay canon sino hasta que hay cuatro de lo mismo. Cuatro variaciones de una misma pulsión. En el semestre de otoño, en un seminario de Literatura y Filosofía, que pretendía girar en torno al capítulo x de La República (la expulsión de los poetas) repasamos varias figuras que representan al poeta exiliado o expulsado. Repasamos pues a Revueltas. Cuando lo leímos, nos adentramos a un texto intitulado "Por que no vuelva a suicidarse Mayakovsky". Este, además de ser un texto de estética y de política impresionante y maravilloso, me introdujo a mi cuarto escritor: Vladimir Mayakovsky. En la FIL Guadalajara, casi como si fuera el destino, en el estand de Akal me encontré con la única edición que hay actualmente de su poesía traducida al español. El precio módico, la edición sencilla y su atinada aparición me hizo comprarlo sin dudar un segundo.
La edición de Akal me parece muy acertada porque además de la excelente compilación, empieza con la breve autobiografía que escribió Mayakovsky. Es increíble la forma en la que el poeta ruso comenta, relata y describe el proceso de formación estético-político que lo llevó a ser no sólo el poeta del futurismo, sino el gran poeta de la revolución rusa. En alguna parte del texto comenta "Verso y Revolución. En mi cabeza, están siempre juntos". Mayakovsky terminó por suicidarse a los 36 años después de haber montado una obra de teatro en donde criticaba despiadadamente el estalinismo. Las críticas que le valieron la puesta en escena lo llevaron a este momento de desesperación. De Rokha y Mayakovsky suicidados y Brecht y Revueltas murieron enfermos, jóvenes, por la persecusión, la infamia, el desprestigio, las múltiples ofensas.
Quisiera, pues, hablar un poco de su poesía. No cabe duda que su estética es propia de una vanguardia. Es decir, del producto de una reflexión y una acción estética intensas que tenían por objetivo encontrar nuevas formas dentro de la enunciación poética. Estas nuevas formas tenían por propósito encontrar y desplegar nuevos sentidos en función de una sociedad naciente. El caso de Mayakovsky es insigne porque a la par de las nuevas palabras, de las nuevas articulaciónes estético-políticas, Rusia estaba siendo transformada por la que sería la revolución más importante del s. xx. Pero Mayakovsky tuvo las capacidades de no ser solamente el poeta de la revolución, como si dentro de las filas, los cosacos, las baterías y los caballos, estuviera como apéndice el poeta cantando ebrio, o componiendo enhiestos cantos al general, al emperador o en todo caso a Lenin. Mas bien, Mayakovsky era un poeta a secas. Que parece decir menos, pero en realidad dice más. Era un gran poeta. El "poeta más puro de la poesía impura" escribiría Revueltas. Y es cierto, los objetos, las formas, las palabras, el contenido en su parcial concordancia y conformidad con la forma, son los elementos impuros de su poesía. El poeta ruso no habla de rosas, no le canta a la fidelidad del agua, y hasta en cierto sentido anti-romántico, desprecia la naturaleza en favor de la ciudad: "Después de la electricidad, la naturaleza no tiene interés para mí", escribe en su autobiografía. Así, las ciudades, sus impurezas, su suciedad perenne, aparecen por primera vez en el paisaje de la poesía como los elementos más vibrantes, más místicos, más revolucionarios de cualquier poética. Maples Arce, en México, lleva acabo también esta inversión de López Velarde al arrancarlo de la provincia y forzarlo a ver las cosas mismas de la ciudad.
Y así el amor. La poesía de Mayakovsky está repleta de besos inconclusos, de infidelidades, de pasión desecha en el marco de la puerta, de la incapacidad de amar, como si éste no hubiera terminado de re-inventarse, como si amar también fuera un acto de la revolución y tuviera que realizarse por tanto en la honestidad más despiadada; o que esté por tanto encadenado a los sentidos de una sociedad que debe aprender a amar de nuevo, sin Dios: "¿Por qué no inventaste que se pueda besar sin tormentos, besar, y besar eternamente". Finalmente, la revolución hace su increíble aparición. Aparece no como la gloria, sino como el intento de subvertir el cielo, de hacerlo descender; no de esperar a la eternidad religiosa a la justicia de Dios, sino la de historizar el cielo, la de elaborar con las palabras y la sensibilidad la crítica del cielo que se vuelve entonces y para siempre la crítica de la tierra. Porque Mayakovsky sabe de la imposible tarea que se autoencomienda a realizar: "Nosotros tenemeos no sólo que construir imaginando lo nuevo sino además dinamitar lo viejo".
La poesía de Mayakovsky es una poesia terrenal. Pienso en las diversas alusiones y puntos de encuentros que podrían hacerse entre este tremendo poeta ruso y José Revueltas: ciertamente Mayakovsky tiene algo de Dios en la tierra, de dormir en tierra, de los días terrenales; tiene ese enfoque retrospectivo, ya tan temprano, de visitar los errores y de estar apandado; de seguir los lineamientos del partido sin estar dentro, sin tener, como él escribe, su "carnet". Quiero terminar mi reseña con dos citas, una de Revueltas sobre Mayakovsky, y con los últimos versos de éste antes de suicidarse. Revueltas escribe que "Mayakovsky se mezclaba con las cosas diarias, con confundía con la contingencia, con la política, con los dindicatos, con los mítines, con el amor, con la cólera, con las resoluciones delcomité ejecutivo de los soviets, con los discursos de Lenin, pero no para subordinarse a ello ni amontonar en torno palabras vacías, sino para extraer de ahí las verdades poéticas, la verdad del poeta, a favor, en contra, no importaba, puesto que él era esa torre, de marfil, de acero, de humo de las fábricas, de imprecaciones, de besos, de puños, de fusiles, de lágrimas, de sangre, de esperanzas y desfallecimientos: "torre de Dios", torre de la revolución, uno de los poetas más puros de la poesía impura, la única poesía, la que grita su nombre en la calle lo mismo que lo solloza en la soledad del espíritu, porque nada de lo poético le es ajeno".
Nada de lo poético le es ajeno, porque Mayakovsky no es sólo el poeta de la revolución. Sus versos parecen dirigidos hacia el centro de la vida misma. Pues como él mismo escribió en los últimos versos que escribió:
"En horas como ésta
en que uno se levanta, y en que uno habla
a los siglos,
a la historia,
al universo..."
21/21.-