Me he enamorado de este teatro, para variar con la obra de Buero. Aquí se nos presenta una historia basada en la Francia del siglo XVIII en un Hospicio de ciegos los cuales viven en un completo desamparo por la sociedad, que los margina y trata como series inferiores. Una ventana de esperanza parece abrirse ante ellos cuando un benevolente empresario ofrece a cinco de estos ciegos, que saben tocar de aquellas maneras el violín, participar en una orquestina de músicos ciegos para la Feria de San Ovidio. El resto de la obra trata la ya conocida temática universal a toda su obra, la opresión y la conquista económica frente a la liberación y búsqueda de la felicidad, del sentido de la vida. Es ciertamente tremendo el cómo estamos en un momento previo a la Revolución Francesa donde se nos enmarca muy bien los dos escenarios antagónicos de la época, el Antiguo Régimen con el feudalismo y la hambruna que sacude a esa Francia y la esperanzadora Burguesía que ansía mayor libertad para poder desarrollar sus actividades económicas, en un intento de verse como la lucha entre los privilegiados y los desposeídos cuando el final y último objetivo de esta nueva clase social es pasar al privilegio para seguir con la explotación del desposeído, el primer paso del capital; y en medio de esta vorágine de enfrentamientos sociales se encuentran nuestros ciegos, sobre todo David que no se deja conquistar por el oro reluciente del empresario y que sigue fiel a sus características humanas, que deberá ir redescubriendo a lo largo de la obra. Y lo mejor de todo es, como en Las meninas, el trasfondo histórico de la obra puede trasladarse al mismo 1962, fecha en que la obra fue estrenada, saltándose de una manera magistral la censura y siendo una verdadera crítica al momento de su presente.
Se podría analizar más el contenido de la obra, pero es mejor que uno mismo lo experimente; además la Introducción de esta edición de Austral (que obviamente se lee al final del visionado de la obra, a modo de coloquio o apéndice) está genial, anatomiza la obra de una forma sublime.
Ya como colofón final me gustaría comentar, como ya lo hice en mi reseña de Historia de una escalera, este gran regalo de la tragedia que nos deja como espectadores: la esperanza. No se pude concebir un mundo sin que esto exista, y mucho menos toda la obra de Buero, que no es más que una vuelta de tuerca tras otra a la misma idea que iba rumiando el autor durante toda su vida en la posguerra. La esperanza es el motor clave de la tragedia, que muchas veces no aparece ni implícitamente en el texto, pero que es lo que debe quedar presente en el espectador. Y en esta ocasión al final de la obra se te escupe a la cara una dramática frase: «Otros lo harán». La claudicación del sueño, el fin de lo que pudo ser. Pero nosotros, como espectadores contemporáneos podemos mirar nuestro mundo, muy alejado del siglo XVIII, y decir con rotundez: «La utopía que soñaste, fue posible».
La historia sigue en movimiento, y no se pudo conseguir todo, pero incluso en las más altas desesperaciones y situaciones adversas, se pudo construir algo. Si queremos tomar las riendas de nuestro futuro, debemos plantar la semilla. Quizá no veamos nosotros lo que nos espera, quizá no consigamos conquistar todo que nos pertenece, pero dejaremos el camino para que las generaciones venideras tengan ese esperanzador futuro.