Pocas obras hay en la literatura española contemporánea tan seductoras como Las confesiones de un pequeño filósofo. Con ella Azorín cierra la trilogía autobiográfica que inició con La voluntad, cuyo protagonista presenta el tema de la formación del intelectual y de su lucha contra el medio, así como el conflicto entre acción y contemplación. Nos hallamos ante una novela distinta, lo que hoy llamamos "novela lírica", en la que la atención se desplaza desde lo argumental anecdótico hacia los niveles interiores de la emoción.
Azorín (1874-1967), seudónimo del escritor, periodista y crítico español José Martínez Ruiz, fue una de las figuras más importantes de la generación del 98. En su narrativa se evidencia el influjo de la novela impresionista francesa, hecha de fragmentos de vida y sensaciones aisladas; Azorín acopla fondo y forma y escribe utilizando una técnica de pinceladas rápidas, frases breves con sintaxis sencilla y uso de gran variedad de adjetivos en los que busca la sonoridad.
Spanish poet and writer José Augusto Trinidad Martínez Ruíz wrote most of his literary works under the pseudonym Azorín.
The eldest of nine brothers, he studied law at the University of Valencia, then worked as a journalist in Madrid. He later emigrated to Paris.
He also wrote under the names Fray José (in "The Catholic Education of Petrer") and and Juan of Lily (in "The Defender of Yecla").
He was an anarchist in his youth, but grew more conservative as he aged and supported Franco when the General came to power in Spain (although the author remained in France).
Leer a Azorín es un sosiego. Una taza de té sentado en un sofá, tras una ventana, con el sol calentándote de forma natural, con árboles verdes tras las ventanas, silencio, solo el tímido ruido del aire, el canturrear de los pájaros, el olor a varilla de incienso, la luz pacífica de una vela y la tranquilidad que da la soledad.
Azorín es un baúl de palabras desconocidas y ricas. En algún momento experimenté que leer a Azorín era comer comida india: una eclosión de sabores en tu paladar. En este caso, una explosión de colores, sabores, olores, texturas, lugares, emociones… agolpadas en la psique.
En este libro, el alicantino con pasado yeclano hace una ronda por su infancia, por personas que ya tienen su casilla eterna en el campo santo, y por lugares que continúan allí, con otros personajes, mas con las mismas puertas y ladrillos. Pero no todas las puertas son iguales. Desde su poltrona madrileña, el alicantino era capaz de reconocer detalles del pasado, tal y como otros lo hemos hecho, viajando con él, a caballo entre tres siglos, experimentando las mismas sensaciones de pueblo y nostalgia, a sabiendas que no el pasado no es el futuro, ni el pueblo la mejor de las expresiones de vida, pero sí es la expresión en la que muchos nos hemos criado.
Me sorprende de Azorín ese poder de sus letras. Actúan de freno ante el alocado galopar de nuestras ansias, que quieren penetrar en la lectura, ansían un fin, un motivo, un premio, un final… Él nos frena y nos dice: “mira a tu alrededor. Observa esa mesa, lo que hay alrededor de esa puerta, el techo, el olor, los adornos…”.
La vida en los pueblos… Un “no tengo tiempo” o “llegas tarde” continuo, cuando precisamente eso es lo que ha de sobrar en los pueblos: el tiempo. De ahí su riqueza. Porque los pueblos, el mío y el tuyo, son manantiales de tiempo que, a menudo, desaprovechamos por no ser conscientes de lo que nos rodea.
Leer a Azorín es eso, paz y un cable al presente que nos rodea, a los sabores, los olores y las texturas...
Dice Federico Jiménez Losantos que para aprender a escribir, Azorín. Razón no le falta. Este libro es una auténtica gozada de leer. Un pepino de la literatura española.
Publicada en 1904, "Las confesiones de un pequeño filósofo" es una de las obras más reconocibles de José Martínez Ruiz, Azorín, miembro destacado de la Generación del 98, donde construye la identidad autobiográfica no solamente de una generación, sino de todo un país.
En breves fragmentos, Azorín vuelve a su infancia en el pueblo de Yecla y recuerda los elementos cotidianos con los que convivía: las rutinas en el colegio, la convivencia con los Padres escolapios que lo regían, sus aventuras con sus compañeros y el despertar de algunos sentimientos, como la poesía o la atracción hacia algunas muchachas.
Con un innegable tinte nostálgico, es un bonito libro en el que Azorín rinde homenaje a todo lo que cree que merece la pena preservar: la familia, la vida sencilla en los pueblos, el cuidado de los objetos, la mirada romántica hacia el mundo que nos rodea...
"Toda mi infancia, toda mi juventud, toda mi vida han surgido en un instante. Y he sentido -no sonriáis- esa sensación vaga, que a veces me obsesiona, del tiempo y de las cosas que pasan en una corriente vertiginosa y formidable".
Tenía unas expectativas altísimas pero, quitando algunas breves reflexiones que me han gustado y con las que he empatizado, me ha parecido bastante sin más. Ahora bien, la prosa de Azorín es buenísima, me encanta jjj
(4.5) Es un libro corto, compuesto de pequeñas estampas de la infancia de Azorín, lo que lo hace ameno y divertido, a la vez que nostálgico. No tiene reflexiones tan interesantes como La Voluntad, pero aun así me ha encantado.
me gustó mucho, sobre todo la recta final y la verdad que tiene capítulos memorables, en el inicio no me enganchaba tanto pero acabo por parecerme un muy buen libro
"Es tan delicado el recuerdo porque quien evoca está deliciosamente sumido en el pretérito, poseído por una melancólica impregnación de tristeza: la que produce el paso irreparable del tiempo." Te entiendo tanto Azorín....
Esta vuelta a los clásicos ayuda, entre otras cosas, a asimilar todo lo que la novela española ha cambiado en un siglo. Pequeñas narraciones autobiográficas en las que el trasunto del autor nos narra su infancia y adolescencia, desde su hogar en Monóvar al internado de los Escolapios en Yecla. Están las descripciones de la tierra y de las cosas, llenas de un maravilloso vocabulario ya perdido (herrenes, azarbes, relejes…) y las de las gentes, más o menos irónicas, unas pocas recordadas con cariño (esos tíos y tías anclados en la apatía), otras (la mayor parte de los profesores) sin pizca de aprecio. Es admirable cómo a través de estos pequeños fragmentos, aparentemente descriptivos, Azorín nos presenta la realidad de una España triste, seca y controlada por las campanas de la iglesia.
En esta obra, Azorín —autor de la Generación del 98— recrea la infancia a través de recuerdos y pequeñas escenas cotidianas. En su prosa se percibe ese tono reflexivo y melancólico propio de la época, marcado por cierta desilusión y mirada crítica hacia la realidad. Algo muy característico del autor es su abundante adjetivación, que, a veces, puede resultar densa; sin embargo, en este libro la lectura es ligera y muy evocadora, perfecta para detenerse en los pequeños detalles de la vida.
Además, gran parte de la obra transcurre en Yecla, lugar donde el autor pasó parte de su infancia, aunque nació en Monóvar. Para quienes somos de Yecla, leer estas páginas tiene un encanto especial.
Pequena ode melancólica à infância que esconde atrás da sua aparente falta de malícia, uma crítica a certos elementos culturais, pedagógicos e religiosos das pequenas cidades, cujo povo não está isento da decadência que geralmente se associa exclusivamente às pessoas da cidade. Assim, o que o autor parece propor é uma vida longe das pessoas, sendo o campo o único local onde a criança pode habitar sem que consumam sua alma pura.
Me ha gustado. Se lee rápido, son capítulos cortos y las notas a pie de página facilitan la lectura. El autor recuerda su infancia con pasajes inocentes y tiernos. Esta lectura lleva una sonrisa incluida.
Evocando a la frase “recordar es volver a vivir”, el autor te lleva por los recuerdos de su infancia, haciéndote experimentar sus sentimientos de aquel momento en los que te encontrarás toques de melancolía, alegría, miedos, etc.
Hace un año que me lo leí y su calidad ortográfica, a la par que su variedad léxica, genera nostalgia de tiempos pasados para las personas que somos de esa zona desde donde se escribe y que hemos migrado. Realismo que no caduca.
El libro más bello que jamás he leído. Azorín siempre me deleita con su narrativa tan exquisita y me hace soñar con los lugares más queridos de España.
Pequeñas teselas biográficas que Azorín aprovecha para reflexionar: sobre la vejez, la infancia, el campo, etc. Muchas de ellas son una auténtica delicia, de una perspicacia que pocos tienen y han tenido. Algunos críticos han calificado la obra de novela lírica; pero no hay trama ni intriga, más allá de la que siempre encontramos detrás de cualquier vida.
Han pasado más de cuarenta años desde la primera vez que leí este breve texto de Azorín. Creo que lo leí en el colegio y, probablemente, como lectura escolar obligada o recomendada. No lo recordaba (o eso pensaba yo). Solo son unas pocas descripciones, recuerdos y reflexiones de la infancia del autor. Solo eso. Sin embargo, al releerlo, me ha sorprendido tener la sensación de que esas frases estaban guardadas por ahí en algún escondrijo de mi memoria y que, quizás sin ser yo consciente, me han influido más de lo que pensaba. Más que recordar el texto, recordaba las sensaciones que produjo en el adolescente que era yo entonces. Sé que la forma de escribir (y el vocabulario) de Azorín parece anticuada. En realidad habla de un mundo (de unos objetos) que ya casi no existen y por eso hemos olvidado las palabras que los nombran. También la prosa de Stefan Zweig parece un poco anticuada y no por eso deja de ser actual, quizás intemporal.
No, no me atrevo a recomendarlo, pero este librito en la edición de Espasa Calpe de hace medio siglo, con una portada un poco fea con un señor muy viejito y muy serio, en un ejemplar un poco estropeado con algunas páginas que amenazan con escaparse de la encuadernación, parece tener algún significado especial para mi que no logro descifrar.
Me agradó cómo el autor describe su vida cotidiana a través del libro. Este libro se me hizo como tipo diario, en el cual, Azorín cuenta su infancia y cómo va creciendo, sus sentimientos de acuerdo a lo que va viviendo, y también los sentimientos que surgen en él al regresar a Yecla, lugar donde pasó su infancia y juventud; me gustó mucho cómo expresa sus sentimientos, lo hace de una manera muy propia, pero también de una manera abierta, que te deja ver parte de él.
"Hay entre muchos recuerdos, en este sedimento que el tiempo ha ido depositando en el cerebro, visiones únicas, rápidas, inconexas, que constituyen un solo momento, pero que tenemos presentes con una vivacidad y una lucidez extraordinaria."