“… solo hay que olvidar los prejuicios y conocer a las personas porque quien menos te lo esperas puede darte la felicidad.”
La chica de cuidad, de cabello oscuro, ojos expresivos y tez clara y el ganadero de cabello rubio y hermosos ojos azules, se han de encontrar en esta historia. Claudia tiene como prioridad su puesto de subdirectora en la sucursal de un Banco en la cuidad, mientras Arturo se encuentra en un pequeño pueblo fuera de la cuidad y tiene como prioridad salir de la crisis económica en la que se encuentra, para lograr mantener lo que le han dejado sus padres. Las circunstancias que se presentan en la vida de ambos forman un camino que termina uniéndolos, y es entonces cuando los opuestos colisionan.
Debo admitir que esta historia me ha encantado, principalmente los distintos escenarios que presenta, porque me hicieron viajar (mentalmente) más que nunca. Me encantaría visitar cada una de las ciudades y pueblos que mencionan, y presenciar los distintos festivales y festines. La manera en la que se presentan las situaciones entre los personajes está realmente apegada a la realidad, es fácil sentirse identificado o por lo menos pensar que es posible que todo lo que se está leyendo pueda suceder en la vida real, porque para nadie es un secreto que la sociedad está dividida por clases y que esto de cierta forma interfiere en las relaciones que establecemos, determina nuestros círculos sociales, nos clasifica, nos pone una etiqueta en la frente y nos vuelve indiscutiblemente egoístas con el prójimo, de cierta forma, porque ¿Dónde queda entonces la equidad, la justicia, la igualdad?. Fue realmente agradable ver como las barreras sociales caían ante el real vencedor, el Amor.
La historia de Claudia y Arturo, desde mi punto de vista es una historia genuina donde los personajes muestran sus heridas, su pasado, sus gustos, sus aficiones y deseos de manera que el relato siempre está sustentado y el amor crece a medida que pasan los días, eventualmente se presentan momentos difíciles que ponen a prueba lo que sienten. Deja varias moralejas, en cuanto a crearnos prejuicios para con otras personas antes de tiempo, te hace ver que quizás te hayan lastimado una vez pero eso no quiere decir que cada vez que abras tu corazón daño será lo único que recibirás, te enseña que dejar el orgullo a un lado siempre será lo más razonable, que las apariencias engañan, y que incluso puede que el peor vestido de tu cuadra resulte ser el mejor pianista del mundo o que la chica que siempre viste de negro y parece demasiado tímida sea un genio al tomar un pincel untado en pintura llamativa y pintar sobre el lienzo en blanco.
Podemos tener más en común de lo que pensamos, indiscutiblemente de la clase social en la que nos encontremos, nuestra alma gemela puede incluso tener un estatus totalmente diferente al nuestro y esto no tendría por qué ser impedimento. El único impedimento ante el amor es nuestro propio miedo al fracaso, al dolor, al salir heridos de nuevo, al no dar la talla, a pensar que nunca seremos suficiente, que nunca nos querrán por lo que de verdad somos, nosotros mismos creamos las peores barreras internas, mientras la sociedad crea las barreras clasistas, no debemos dejar que ninguna de estas barreras nos separe de lo que merecemos, de lo que queremos. No hay que dejar ir lo que se ama.