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323 pages, Paperback
First published January 1, 2001
La complicidad del clero con ese terror militar y fascista fue. . . absoluta y no necesitó del anticlericalismo para manifestarse.
A la política de exterminio que los militares sublevados inauguraron aquel 18 de julio de 1936 se adhirieron con ardor guerrero sectores conservadores, terratenientes, burgueses, propietarios, «hombres de bien» y católicos piadosos, de misa diaria, que se distanciaron definitivamente de la defensa de su orden mediante la ley. La mayoría del clero, con los obispos a la cabeza, no sólo silenció esa ola de terror, sino que la aprobó e incluso colaboró «en cuerpo y alma» en la tareas de limpieza. Era la justicia de Dios, implacable y necesaria, que derramaba abundantemente la sangre de los «sin Dios» para lograr la supervivencia de la Iglesia, el mantenimiento del orden tradicional y la «unidad de la Patria».