Conocí la existencia de esta novela porque la encontré en la librería de mi pueblo cuando buscaba nuevas aventuras que devorar. El color de su llamativa portada me llamó la atención y me recordó un estilo más cercano a la novela histórica de las antiguas guerras del imperio románico que otra cosa. No soy tan amigo de la novela histórica, pero aun así me llamó la atención. Luego me fijé en quién era su autor e inmediatamente saqué la cartera. Siento cierta devoción por Víctor Conde desde hace años, y tras haber leído varias historias suyas, estaba preparado para una nueva aventura. No podía estar más equivocado.
Con La Orfíada bajo el brazo llegué a mi casa y, por ende, a internet. Busqué información de la novela, porque siempre gusto de informarme un poco de todo antes de meterme de lleno en ello. Encontré la cuenta de Facebook del autor y una publicación del mismo en el que informaba a los lectores de que esta novela había tardado en escribirla la friolera de diez años, y en ese momento declaraba que esa obra había dejado de ser suya para pertenecernos a nosotros, a los lectores. También había una última indicación que ofrecía un extenso apéndice con todo aquello que no cupo en el libro impreso. Con ayuda de éste, aseguro que La Orfíada gana mucho más de lo que se imaginan.
Reconozco que justo antes de empezar a leerla seguía con el prejuicio de que era una novela histórica. En esto no estaba tan equivocado, lo reconozco, aunque también puedo dar fe de que La Orfíada es mucho más que eso: es fantasía pura, de la más exquisita y depurada.
Una de las primeras impresiones que te llevas cuando te adentras en sus páginas es que la prosa no es ni de lejos a la que puedes estar acostumbrado, no si no sueles leer esos textos clásicos a los que indudablemente alude constantemente: es evidente la clara referencia que hay en La Orfíada a historias clásicas como la Ilíada o la Odisea de Homero.
Si no estás acostumbrado a leer algo endiabladamente elaborado en su prosa, complejo en sus formas y los propios tecnicismos que hacen que la obra funcione, como en su día hizo Umberto Eco con El Nombre de la Rosa, créeme cuando te digo que justo al lado de este tomo de más de 600 páginas vas a tener un diccionario.
Desde el primer momento queda patente el empeño que ha puesto Víctor Conde para narrar todo lo que hay que contar en la novela, y lo ha hecho con el cariño y el esfuerzo que solo florece tras años de trabajo. Así, La Orfíada es la obra paciente de un orfebre que no tiene miedo de tomarse su tiempo para que sea tal y como debe ser. El colombiano Nicolás Gómez Dávila dijo en su día que el escritor que no ha torturado sus frases tortura al lector, y cuando a esta novela se refiere, no me cabe duda de que Víctor Conde las hizo sangrar.
El autor se ha focalizado en hacer de su trabajo un homenaje a los textos clásicos, como ya comenté antes, y ha logrado así un cariz peculiar del todo inusual en el mundo editorial actual: ¿dónde se ha visto una novela de proporciones épicas ambientadas en un mundo fantástico que emule la sofisticada prosa de Homero fusionada con la versatilidad de la prosa contemporánea? No sé cuántos libros habrá, pero este es el mayor ejemplo reciente de ellos.
Quizá uno de los puntos más loables de la obra sea el llamado worldbuilding, la construcción del mundo en el que está ambientado.
La Orfíada tiene lugar en las tierras del Gran Reino, un fragmento de un mundo fantástico que pide a gritos una expansión de sí mismo, presumiblemente un spin-off, porque después de acabar francamente agotado de la lectura -no solo por lo esmerado de su prosa, sino porque la historia no deja indiferente a nadie-, necesité más. Apuesto a que cualquier lector que tenga entre sus manos un libro que le encante puede entender este sentimiento: el que no acabe, y que, al hacerlo, ofrezca más y más. Afortunadamente, ese spin-off por el que suplicaba es una realidad que llegará, con suerte, más pronto que tarde.
El Gran Reino recuerda a esos mundos fantásticos que están más próximos del mundo antiguo que de las maravillas de La Tierra Media, y aunque no posee razas genuinas sí que está bien surtida de sociedades, de gentes, de costumbres, de regiones con sus conflictos y sus propios problemas, de imperios encontrados, leyendas y canciones, y especialmente de relaciones en todo aquello que acabo de mencionar. Es este detalle el que da unidad a todo lo que conforma El Gran Reino, y es su mística en aquello que sobrepasa lo meramente mortal lo que aporta ese juguillo, esa esencia que fascina como poco es capaz de hacerlo.
Respecto a la historia, se desarrolla desde varias perspectivas a la vez, siendo las más importantes (aunque no las que más me encantaron) as historias de Hesión, un general del Gran Reino enfrentado con el sádico Yaroslav -también general del Gran Reino-, de noble porte y cimentado en el honor más puro. Por otra parte, la historia de Eithne, una joven con quien comparte el mayor de los amores por Hesión y que tiene una misión en su vida: renovar la alianza con los antiguos dioses y recuperar la magia del mundo. Todo ello mientras se desata una serie de intrigas palaciegas que hace danzar a todos los personajes, tanto secundarios como principales, al son de música de marionetista y al redoble de los tambores del Kan Magnus, el monstruoso rival del Gran Reino, ambos en guerra activa.
Quizá otro de los puntos más sobresalientes de la novela, aparte de la creación del vasto universo, sería el otro punto de vista, el del personaje más carismático de toda la novela: Autólico de Sandria.
Desde un principio, Conde apuesta por un juego metaliterario, en el que asegura que el libro que posee entre sus manos no es obra suya, sino una adaptación en prosa del mismísimo Autólico de Sandria, un hombre letrado del mundo en el que se ambienta La Orfíada. Si a eso le añadimos que su historia está contada “bajo su punto de vista” y que el mismo Autólico interviene brillantemente durante toda la novela, nos encontramos con uno de los detalles más destacables de la obra.
Una cosa que quizá me disgustó un poco de la historia es el final. No es que sea malo, sino que la historia, desde principio a fin, ha demostrado poseer una épica destacable, ha mantenido un nivel de hazañas exageradas pero bien medidas, y es su final tan realista, tan humano, el que me saca un poco de la ficción. Los personajes se vuelven, en las últimas páginas, más humanos de lo que me hubiera gustado, sin embargo, son exactamente lo que tienen que ser, independientemente de que a un servidor le fascine más o menos.
Otro punto quizá más reprochable, y regresando a lo que comentaba anteriormente de la prosa basada en las epopeyas de la antigua Grecia, es precisamente que hay partes que carecen (o mejor dicho, flaquean) de esa virtud: la narrativa se vuelve más calmada, el diccionario del que hacía mención ya no es tan necesario, y todo se vuelve más mundano. Y con ello, también el ritmo de la novela. No obstante, no decae en ningún momento hasta hacerte pensar en dejar de leerlo: la historia te atrapa de principio a fin, algo que en sí mismo es dificilísimo de lograr, y aunque la divinidad se codea con el mundo mortal, lo único de lo que te dan ganas -porque es a lo que invita- es de seguir leyendo, lenta, cómodamente, sentado en un sofá con una taza de café en la mano. Esas partes las dirige el sosiego, uno bien ejecutado, aunque, eso sí, algo excesivo.
En definitiva, La Orfíada es una historia antigua y a la vez moderna, contada de forma vetusta y actualizada, y aunque la amalgama en sí misma pueda hacer que te preguntes “¿es buena idea?” yo te puedo asegurar que sí. Y si tu idea es perderte en un nuevo como nunca has visto, este mundo, es tu mundo.