Lectura imprescindible para todo joven surrealista.
Lo conseguí en una librería del centro, de pisos y anaqueles de madera. Todo parecía estar en desorden y la gran cantidad de gente que había, al igual que los libros, se acomodaba como podía. Alguien se acercó y sirvió vino, nosotros felices, eran tiempos de recorrer buscando poesía y textos del surrealismo. Recorridas siempre, si se quiere, de cierto aire surrealista. Caminar cuadras enteras con los ojos cerrados, avanzando de la mano, y cosas así. La librería cerraba, se despedía del barrio con bebidas y liquidación del inventario. Siempre sentí que me quedó mucho por disfrutar en aquel espacio, lo recuerdo con añoranza. Unos meses después me mudé a una cuadra de distancia. El local se mantuvo vacío, siempre, salvo cuando yo invocaba esa tarde cada vez que pasaba por el frente.