Ya no sé qué fue cierto o qué mentira
algo pasó que lo olvidé
que veo al recuerdo y que lo siento
como a un resucitado entre los muertos
No sé por qué ya lo olvidé
no importa qué olvidé, solo lo olvido
siempre luché por recordar
¡pero hoy qué buen regalo es olvidar!
Gabo Ferro, Un eco, un gesto, una señal
El que tiene buena memoria no recuerda nada porque no olvida nada. Su memoria es uniforme, esclava de la rutina, función y condición a la vez de su hábito impecable, un instrumento de referencia en vez de un instrumento de descubrimiento. (...) En rigor, sólo podemos recordar lo que ha registrado nuestra extrema distracción, para ser guardado después en ese inaccesible calabozo al fondo de nuestro ser, cuya llave el hábito no posee y tampoco necesita, porque no contiene ninguno de los atroces y útiles accesorios de la guerra. Pero ahí, en ese “gouffre interdit à nos sondes”, está guardada nuestra esencia, el mejor de nuestros múltiples yo y sus concreciones, que los espíritus simplistas llaman el mundo; el mejor porque se ha acumulado furtiva, penosa y pacientemente bajo la nariz de nuestra vulgaridad (...) A la memoria que no es memoria, sino la aplicación de concordancias al Antiguo Testamento del individuo, [Proust] la llama “memoria voluntaria”. Se trata de la memoria uniforme de la inteligencia, y se puede contar con ella para reproducir a nuestra inspección agradecida esas impresiones del pasado que se formaron consciente e inteligentemente. No se interesa por ese elemento misterioso de la distracción que influye en nuestras experiencias más banales. Presenta el pasado en blanco y negro. Las imágenes que elige son tan arbitrarias como las que elige la imaginación, y no menos alejadas de la realidad. Proust ha comparado su proceder con el de hojear un álbum de fotografías. El material que entrega no contiene nada del pasado, sólo una lejana proyección, borrosa y uniforme, de nuestra ansiedad y oportunismo. Es decir, nada.
Samuel Beckett, Proust