Esta novela escrita por Colette, considerada la más autobiográfica de su carrera, es una especie de confesión íntima, dura y elegante, donde la protagonista femenina —Renée Neré— no solo narra su presente desencantado, sino que también se desviste emocionalmente ante el lector.
Renée tiene poco más de treinta años, es actriz de music-hall y sobrevive a su manera en una vida que no le ilusiona, pero a la que no se resigna del todo. Es una mujer sola, pero no frágil. Harta del fingimiento, de los aduladores, de las flores que no huelen a nada y de los hombres que se acercan buscando el eco de su cuerpo más que el de su alma.
Su desencanto es ácido, lúcido y profundamente actual, pese al contexto de la Belle Époque en el que se sitúa.
No hay capítulos, solo partes, como si Colette misma no quisiera imponerse una estructura rígida.
A través de esos fragmentos vamos descubriendo a una mujer que reflexiona sobre su pasado, sobre su doloroso matrimonio con un artista infiel, sobre la soledad y sobre el amor.
Maxime, su admirador más constante (al que llama "el Gran Tonto"), representa una especie de tentación tranquila, un espejismo de estabilidad emocional que Renée no sabe si quiere aceptar. Entre ellos se intercambian cartas durante una gira que la lleva lejos de París, y en esa distancia aflora el pensamiento más profundo de la narradora: la duda sobre lo que vale más, si el amor o la libertad.
Pero este libro no solo habla de relaciones o de decepción. Colette utiliza la voz de Renée para poner sobre la mesa temas como el encorsetamiento social de la época, la presión estética y sexual sobre las mujeres, la independencia económica y emocional, y el lugar de la mujer en el mundo del arte y del espectáculo. A través de personajes como Jardin —compañera de camerino que presume de sus conquistas como si fueran medallas—, vemos otros caminos posibles (o no) para una mujer que busca ser querida… sin ser destruida en el intento.
Colette escribe con una mezcla de melancolía, sensualidad y honestidad descarnada. No busca adornar, sino mostrar. Y aunque algunas referencias culturales puedan perderse si no se tiene contexto, las notas editoriales ayudan mucho a no desorientarse.
La vagabunda no es una lectura rápida ni complaciente. Pero si se le da el tiempo y el espacio adecuados, cala muy hondo. Es un espejo que incomoda, que devuelve una imagen poco idealizada de la mujer adulta, del amor romántico y del deseo de independencia.
No sé si todas las lectoras se encontrarán en Renée, pero muchas la entenderán.