Entre una abuela, una madre y la hija que narra, hay una hebra, desde la cual la hija indaga en sus recuerdos: la abuela recogiendo castañas, la madre y ella, plantando un sauce. En otros momentos, aparece un “él”: el profesor que lanza pistas sobre las premisas que guiaron la escritura del texto. Ante la pregunta ¿Qué es un poema? “él dibuja una línea que desborda el papel y va a dar a la mesa” o cuando “él explica que intenta retratar el mundo/ a través de la experiencia de un árbol”. Y son, justamente, un gomero, un sauce, un ciruelo, un hibiscus y una achira, las marcas de la casa de infancia que permanecen hasta el final. Excepto la achira que se muda al balcón de la nieta. La achira y el gomero (dos especies que sobrevivieron a mi negligente cuidado) se caracterizan por su resistencia a la muerte, no son frágiles. Tampoco estas mujeres. La abuela empieza a olvidar. La madre le enseña “a no perderse entre las cosas”. La hija pronto entiende, “recordar es necesario”. El otro “él” bajo el ciruelo besó a la hija y construyó un “nosotros” con ella, por un tiempo. Después hubo un “basta” y luego un “ya no más”. Hay un duelo por la muerte de la abuela y otro por la ausencia de ese “él”. La hija trata de entender el dolor de su madre y excava en su propio dolor, ese que provoca el que parte: “Se esfuerza en pensar qué significa la idea de irse/ sus pies imaginan los pasos de alguien partiendo/ sin deseo ni anticipación algo adentro cruje/ siente el peso/ la medida precisa del abandono”. La nostalgia y el desconsuelo, atraviesan la cuidadosa construcción del poema y enriquecen la experiencia del lector. La hija visita momentos abriendo puertas en distintas habitaciones de una casa. La belleza de esta estrategia es consistente con el espacio en que se da esta búsqueda: la casa de infancia, el hogar primero. La hija dice “escribo en el resguardo de un lugar que se disipa/ cuando la mano vuelve a su brazo/ y anuncia el término de una línea”, y yo entiendo, que su hogar es ahora la escritura. Por eso recordar y fijar, en palabras sobre el papel, para amoblar ese espacio de refugio. Igual como pobló de macetas el balcón para recrear el jardín.