¿Y si no estuviésemos hechos para ganar? ¿Y si el fracaso no fuera un accidente sino el lenguaje secreto con el que la vida nos habla cuando dejamos de fingir?
Saber perder no es un título: es una advertencia. Un susurro incómodo. Una bofetada en horario laboral. Y también una de esas lecciones que no se imparten sino que se aprenden a hostias, cuando ya es demasiado tarde.
Porque no, David Trueba no nos lleva de la mano. Aquí nadie enseña nada; más bien uno se tropieza, se cae y, con suerte, se arrastra con cierta dignidad. Cuatro personajes —una adolescente, un futbolista argentino, un padre derrotado y un abuelo en decadencia— orbitan en esta novela como planetas desequilibrados que apenas rozan la gravedad de sus propios deseos. No hay misterio en lo que ocurre, ni giros de guion para alimentar a las fieras. Lo que hay es vida, de esa que apesta a rutina, sexo raro, silencios incómodos y decisiones que uno toma sin saber que lo cambiarán todo. Y sí, un atropello, un prostíbulo, un piano, una muerte y más cosas que no voy a contarte porque el veneno está en los detalles.
Pero lo que más desarma es cómo nos lo cuenta. Trueba tiene una forma muy particular de narrar: desde fuera, como si todo lo mirara con la cámara fija de alguien que no quiere manipular ni las emociones ni el encuadre. No hay monólogo interior, no hay confesiones melodramáticas, no hay subrayado emocional. Es un escritor que escribe como quien rueda: con distancia y precisión, dejando que las acciones hablen. Y aunque algunos quizá lo echen de menos —ese hueco del corazón latiendo en la página—, lo cierto es que esa frialdad es parte del retrato. Los personajes no saben explicarse. No saben qué sienten. Están atrapados en su propia opacidad. Como casi todos nosotros, si somos sinceros.
Esa misma distancia, esa forma de mirar sin intervenir, es la que permite que la estructura coral funcione con tanta naturalidad. Pero no coral en el sentido pretencioso de “múltiples voces construyendo una sinfonía”. No. Aquí no hay sinfonía. Hay ruido. El ruido de una Sylvia de dieciséis años que madura a patadas, con una pierna rota y un romance prohibido. El de Ariel, joven futbolista convertido en mercancía, que descubre que el cuerpo se paga caro. Y el alma aún más. El de Lorenzo, padre medio ausente, medio vencido, intentando reconstruirse con mujeres rotas y con un secreto que lo ahoga. Y Leandro, abuelo que se agarra al sexo y a una prostituta como quien intenta abrazar lo que ya ha perdido. Todos tienen en común que no saben estar bien. Ni solos ni acompañados. Pero lo intentan. Y ese intento torpe y humano es lo que los hace inolvidables.
Y es precisamente en ese ruido donde aparece la pregunta que lo atraviesa todo. El título de la novela ya plantea una paradoja: ¿cómo se aprende a perder en un mundo obsesionado con el éxito? Aquí no hay moraleja, pero sí una tesis: perder forma parte de vivir, y la dignidad no está en evitar la derrota, sino en mirarla de frente sin fingir que no duele. No hay redención cristiana ni épica deportiva. Hay decisiones mal tomadas, hay traiciones pequeñas y grandes, hay silencios más crueles que cualquier insulto. Y hay ternura también, aunque esté enterrada bajo toneladas de miedo y orgullo.
Pero buena parte del mérito de la novela está en cómo Trueba reparte esas fracturas a través de distintas generaciones, sin cargar las tintas ni recurrir al cliché. Y ese es precisamente uno de los grandes aciertos de Saber perder: cómo contrapone edades y formas de vivir sin caer en tópicos. Leandro y su rencor silencioso evocan un eco amargo de esa España del talento desaprovechado, de los Salieris que mastican el fracaso en la sombra. Lorenzo encarna la mediocridad tranquila del hombre corriente, sin épica ni drama. Sylvia, con su franqueza limpia y dolorosamente lúcida, es probablemente el personaje más luminoso —pero sin inocencia estúpida ni romanticismo barato—. Y Ariel, bueno, Ariel es la herida abierta del sistema: el fútbol como fábrica de ídolos descartables, el mercado de carne adolescente disfrazado de promesa deportiva.
Y es que, más allá de lo íntimo, hay aquí una crítica feroz, aunque elegantemente soterrada, a todo eso que adoramos sin pensar: el éxito, el cuerpo joven, la familia nuclear, el amor como salvación. La novela no denuncia, no editorializa, pero basta leer entre líneas para ver las grietas: el clasismo, la xenofobia, el machismo, la crueldad cotidiana. Trueba hace lo que hacen los buenos escritores: no moraliza, pero te deja el estómago revuelto.
Quizá por eso Saber perder nos trae ecos de otras obras que también han sabido mirar la tristeza sin trucos ni disfraces. En algún punto, dialoga con La vida instrucciones de uso de Perec, pero sin el artificio lúdico. También recuerda, en sus personajes que parecen vivir sin saber por qué, a algunas novelas de Richard Yates o incluso a Annie Ernaux, si esta hubiera escrito desde la perspectiva de cuatro almas que no se atreven a mirarse en el espejo. Y aunque Trueba tenga el alma de cineasta, aquí demuestra que también es un gran novelista: su mirada no se limita a captar imágenes, sino que escarba en lo que no se dice, en lo que no se hace, en lo que se pierde sin aspavientos.
Porque hay páginas de esta novela que huelen a fracaso, pero no del literario, sino del humano. Del que no se puede evitar. Y esa honestidad es lo que la hace tan buena. No es una historia para sentirte mejor contigo mismo. Es una historia para reconocerte en lo peor. Para aceptar que a veces sobrevivir ya es un triunfo, aunque nadie te dé una copa por ello.
Y sí, a veces da rabia. Da rabia Leandro, con su patetismo bien vestido. Da rabia Lorenzo, incapaz de entender lo que tiene delante. Da rabia Ariel, tragado por el sistema. Pero también enternece Sylvia, con su valentía sin estridencias y su madurez a pesar de sus dieciséis años. Porque esa ternura discreta, que aparece cuando menos te lo esperas, es lo que salva esta novela del puro nihilismo. De esa visión sin salida que solo conduce al cinismo o a la indiferencia.
No es un libro que busque aplausos, ni emociones baratas. Es un libro que te acompaña como una resaca emocional de esas que no se curan con ibuprofeno. Que te obliga a repensar qué significa triunfar en un mundo donde incluso ganar puede ser una forma de derrota.
Porque… ¿Y si perder no fuera lo contrario de ganar, sino lo único que nos humaniza?
Quizá no haya respuesta, pero lo que está claro es que David Trueba ha escrito una novela que, sin necesidad de levantar la voz, se te queda dentro. Jodida, pero lúcida. Y te deja con el runrún, ese que no sabes explicar pero no te suelta. Como los recuerdos que no son tuyos, pero te duelen igual. Y eso, amigos, es literatura de la buena.