Cabría pensar que para una autora cuyo estilo se asemeja al de una mariposa revoloteando entre cadáveres debería suponer un reto afrontar un ejercicio tan liviano como es esta recopilación de relatos titulado Mystic Topaz, pero no es así. No es la primera vez que Pedraza afronta con solvencia el relato breve, y de ello da fe su recopilatorio del 2000, Arcano XIII, aunque en este caso encontramos un hilo conductor o, más que eso, un contexto para la narración seriada. No es gratuito decir que nos encontramos ante un ejercicio de estilo, un experimento que nació en un contexto que poco tiene que ver con el formato que nos ofrece ahora la editorial Valdemar, y en el que Pilar Pedraza colaboró con la publicación digital El Butano Digital, cediendo breves relatos que se publicaban con periodicidad semanal, ahora recopilados en un tomo impreso. Esta circunstancia nos expone a un resultado que hace brillar alguna de las virtudes de la autora, al mismo tiempo que proyecta algunas sombras que nunca había visto aparecer en sus narraciones más elaboradas. Y esa es la gracia del asunto, supongo. Pedraza se abandona a la levedad de unos relatos de corte superficial, usando como narradora a una joven llamada Geles que trabaja en una tienda de productos esotéricos, bajo las órdenes de una particular patrona llamada Delirio, que regenta un verdadero gabinete de maravillas. Esos objetos, y las extrañas relaciones entre estas mujeres y sus clientes, dan lugar a treinta y seis narraciones breves en las que caben muchas de esas obsesiones de Pedraza que tanto nos gustan a quienes la seguimos con religiosidad: muertos vivientes, vivos fallecientes, fantasmas, vampiros y poseídos; objetos arcanos de lugares y tiempos remotos, piedras preciosas cargadas de energía, chamanes, tótems, ratas, poltergeists, insectos, venus, gitanos, erotismo y enfermedades. Mystic Topaz ofrece mucho a los que disfrutamos con los vericuetos bizarros del ocultismo y con el humor azabache de Pedraza, que en esta obra se desmelena más de lo habitual.
¿A qué se deben entonces esas tres estrellas en lugar de las cuatro o cinco que suelo otorgar a las obras de Pedraza? Debo admitir (y avisar) que he tenido que hacer un ejercicio de subjetividad para puntuar la obra, ya que la mayoría de elementos que me gustan de Pedraza están presentes, y en grandes dosis, en Mystic Topaz, pero también he encontrado a faltar ese desarrollo casi obsesivo que suele realizar la autora en sus grandes obras y que aquí se ve substituido por el placer de un juego más superficial, donde lo extraño se nos muestra desprovisto de gravedad. Si la obra se afronta y se acepta de ese modo, las tres estrellas podrían convertirse en las cuatro o cinco habituales. De hecho, hubo momentos en la narración, en los que me dieron ganas de aplaudir y me sentí de pleno en esa liturgia salvaje de Pedraza que tanto me engancha, aunque es justo decir que en otros me sobrevino cierta indiferencia. En cualquier caso, y a modo de apunte final, diré que el lenguaje de Pedraza sigue siendo igual de rico y estimulante en esta obra, aunque al principio no lo parezca. Mystic Topaz resulta un curioso paréntesis en la bibliografía de una autora inigualable.