Arlie Russell Hochschild, author of three New York Times Notable Books, has been one of the freshest and most popular voices in feminist sociology over the last decades. Her influential, unusually perceptive work has opened up new ways of seeing family life, love, gender, the workplace, market transactions―indeed, American life itself. This book gathers some of Hochschild's most important and most widely read articles in one place, includes new work, and brings several essays to American audiences for the first time. Each chapter reflects on the complex negotiations we make day to day to juggle the conflicting demands of love and work. Taken together, they are a compelling, often startling, look at how our everyday lives are shaped by modern capitalism.
These essays, rich with the details of everyday life, explore larger social issues by looking at a series of intimate moments in people's lives. Among them, "Love and Gold" investigates the globalization of love by focusing on care workers who leave their own children and elderly to care for children and the elderly in wealthy countries. In "The Commodity Frontier," Hochschild considers an Internet ad for a "beautiful, smart, hostess, good masseuse―$400/week," and explores our responses to personal services for hire. In "From the Frying Pan into the Fire" she asks if capitalism is a religion. In addition to these recent essays, several of Hochschild's important early essays, such as "Inside the Clockwork of Male Careers," have been revised and updated for this collection.
Arlie Russell Hochschild is the author of The Outsourced Self, The Time Bind, Global Woman, The Second Shift, and The Managed Heart. She is a professor of sociology at the University of California, Berkeley. Her articles have appeared in Harper's, Mother Jones, and Psychology Today, among others. She lives in San Francisco.
Tiene un muy buen análisis de la actualidad (dos miles), pero falta representación querer y parejas multiculturales Al ser un compendio de artículos pierdes un poco el hilo Siento q es un libro de verano de leer con la calma. A pesar de haberlo tendido q leer entero para la uni esta muy bien
Termino este libro con una sensación de clara frustración. No porque no tenga ideas valiosas sino por lo que elige mirar y, más importante aún, por lo que decide ignorar.
La autora parte de una premisa que me parece certera: existe un vacío en torno al cuidado en Estados Unidos. Las mujeres se incorporaron masivamente al trabajo asalariado, pero los hombres no asumieron las tareas domésticas en la misma proporción, el estado se retiró, las empresas exigen más horas, y el resultado es que el cuidado se ha vuelto un bien escaso que se compra y se vende. Hochschild analiza el cómo las emociones se mercantilizan, cómo las reglas del sentimiento operan como mecanismos de control social, y cómo la gratitud se convierte en un campo de batalla dentro del matrimonio. Estos análisis por si mismos son destacables dentro del libro.
El problema comienza cuando uno empieza a preguntarse: ¿de quién está hablando todo el tiempo? Porque la respuesta, salvo contadas excepciones, es "mujeres blancas de clase media y alta de Estados Unidos". El libro está obsesionado con los dilemas de estas mujeres: la ejecutiva que no sabe cómo hacer que su marido lave los platos, la académica que siente que no encaja en el departamento, la madre que contrata a una niñera filipina y se siente culpable pero no demasiado. Y cuando digo "obsesionado", lo digo en serio. Página tras página, capítulo tras capítulo, el foco sigue siendo el mismo.
Y aquí viene la excepción que confirma la regla: el capítulo 14, "Amor y oro", es brillante. Hochschild analiza cómo el norte global extrae no sólo recursos materiales sino que el amor y el cuidado del sur global, con madres filipinas que dejan a sus hijos para cuidar niños estadounidenses que les recuerdan lo que han perdido y dejando a sus propios hijos a cargo de mujeres más pobres en su país, creando una cadena de cuidados interminable. También debo destacar el capítulo sobre la India (capítulo 11, "El colonizador colonizado") puesto que es una de las pocas instancias en que la autora deja de mirarse el ombligo.
Pero son eso: excepciones. El resto del libro, salvo momentos puntuales, se mueve en un universo donde la familia tradicional es el centro de todo y donde las mujeres que no encajan en ese molde apenas merecen una mención al pasar. Las familias monoparentales aparecen, sí, pero como un dato estadístico o un problema a resolver, no como una configuración familiar que merezca un análisis en serio. Familias homoparentales o cualquier otra forma de organización del cuidado que no sea la pareja heterosexual con hijos: brillan por su ausencia.
La crítica de Hochschild al modelo tradicional de cuidado es constante, pero nunca problematiza la familia tradicional como institución. Su discurso parece moverse en un marco donde la familia nuclear sigue siendo el horizonte deseable, solo que habría que hacerla más justa repartiendo las tareas. "Quizás los hombres deberían cuidar más a sus hijos" es, en esencia, la conclusión política del libro. Que es una posición tan tibia que cuesta creer que venga de alguien que busca analizar la mercantilización de la vida íntima.
El capítulo final es, paradójicamente, donde la autora se vuelve más personal y donde se notan con más claridad las tensiones de su propio análisis. Hochschild narra su experiencia como mujer académica en Berkeley en los años setenta: cómo la universidad está diseñada para hombres que tienen esposas de tiempo completo que sostienen su carrera, cómo las mujeres son vistas como rarezas o tótems feministas, cómo ella misma llevaba a su bebé a la oficina "como un experinento". Todo ese relato demuestra que la estructura de la carrera académica no fue pensada para las mujeres.
Sin embargo, el capítulo tiene dos problemas graves que arruinan, para mí en lo personal, todo el libro. El primero es que Hochschild parece no atreverse a nombrar la discriminación con todas sus letras cuando le toca a ella. Cuenta episodios claros de trato desigual; el profesor que la humilló por una pregunta, la sensación constante de no encajar, el ser tratada como un totem feminista al ser la única mujer en el departamento, pero luego los minimiza con frases como "no estoy segura de haber experimentado discriminación alguna vez". Es un gesto contradictorio que se repite a lo largo del capítulo: describe estructuras que expulsan a las mujeres, pero se distancia de la etiqueta de "discriminación" como si fuera algo vergonzoso. Da la impresión de que internalizó que el mismo hecho de nombrar estas situaciones como tal es "poco profesional".
El segundo problema es más llamativo aún. En un momento del relato, Hochschild menciona que cuando llevaba a su bebé a la oficina, "algunas feministas reaccionaban con antipatía" y ahí lo deja. No explica qué argumentos tenían esas feministas, si es que algo le dijeron, no intenta comprender por qué otras mujeres podrían haber visto su decisión como problemática, parece ser más una percepción de la autora que otra cosa. Una antipatía inventada. Es casi como que la autora quiere diferenciarse del "feminismo" que le parece incómodo o extremo. Una ironía en un libro que se centra en la explotación de las mujeres como figuras de cuidado.
La mercantilización de la vida íntima reúne ensayos escritos desde finales de los setenta hasta los 2000 y poquito, sobre temas que conciernen de forma muy directa al feminismo. Y ¿sabéis qué? Que ni siquiera los más antiguos han perdido demasiada vigencia. Vamos, que al margen de ciertos avances evidentes, las mujeres seguimos estando bien jodidas. Eso convierte este libro en una lectura algo amarga, sin dulzura que palie lo agrio como no sea el estilo de Arlie Russell, que está en las antípodas del tremendismo y que quizás precisamente por ello llega al meollo de ciertas cuestiones importantísimas sobre las que toda feminista ha de reflexionar: cómo el capitalismo ha aprovechado a su favor ciertas teorías de la igualdad, de qué modo lo social conforma nuestros sentimientos o las estrategias emocionales que tenemos que emplear las mujeres para vivir en un mundo donde los hombres han avanzado ideológicamente más en la teoría que en la práctica.
¡Vida de pareja! ¡Conciliación! ¡Tareas domésticas! ¡Autoengaño! ¡Y desde una perspectiva sociológica!
Impagable, además, el retrato final que hace la autora del ambiente académico ya no solo como socióloga, sino desde lo más personal.