Estamos en 1972. Ciego, con un bastón y unos cuantos premios al hombro, en medio de trámites burocráticos para la jubilación como director de la Biblioteca Nacional, a punto de reunir sus Obras Completas en un solo volúmen, Borges ya sabe a esta altura quién es el Otro Borges. En el prólogo a este librito de poemas se lo nota cansado: “De un hombre que ha cumplido los setenta años que nos aconseja David poco podemos esperar”. En estos poemas Jorge Luis no se repite a sí mismo, solamente reproduce la imagen que creó de sí mismo, que los lectores crearon de él y que, finalmente, el sistema literario de legitimación -críticos, editores, medios de comunicación- terminaron por definir. Borges ya es, entonces, una literatura en sí misma, un determinado modo de producción literaria, una forma cerrada, que no tiene otra cosa para entregar más que el repertorio de sus viejos hits, como esas bandas de rocks que se separan y pasados los 20 o 30 años se vuelven a juntar. Espadas, poetas menores, antepasados, la ceguera y la vejez, el mar y los tigres, los espejos: las temáticas propiamente borgeanas encuentran en estos versos una nueva forma de nombrarse, una insistencia, como si sus obsesiones decidieran acompañarlo hasta las últimas consecuencias, hasta el último día de su vida. Más que de versos (cierta forma en que la palabra se dispone, el verbo que se elige) algunos de estos poemas parecen estar compuestos de sentencias: “sólo perduran en el tiempo las cosas / que no fueron del tiempo”; “mi destino es la lengua castellana”; “el hidalgo fue un sueño de Cervantes / y don Quijote un sueño del hidalgo”. Las búsquedas del sentido de estos mismos temas que en sus primeros libros de poesía tenían una potencia indócil, acá se convierten elementos solidificados y procesados.
Dos versos me deja la lectura de este libro para atesorar en la memoria. Se trata de la sexta parte de un brevísimo poema intitulado “Tankas”, que es un tipo de poesía tradicional japonesa que Borges adapta a la sintaxis española. En esos cinco versos se lamenta por no haber tenido el destino de sus antepasados, patriotas que lucharon en la batalla. Estos últimos dos versos, especialmente memorables, gritan a media voz: “ser en la vana noche / el que cuenta las sílabas”. No solo se baja el precio como poeta, sino que ni siquiera es capaz de conjugar el verbo en la primera persona del singular: ser el que cuenta las sílabas habla de un trabajo técnico que no deja de lado, igualmente, la pasión (“en la vana noche”). Este ejercicio dialéctico entre emoción y técnica, entre razón y pasión, entre el arrebato y la mesura, una “imaginación razonada”, como le llama él, atraviesa toda su obra.