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385 pages, Kindle Edition
First published January 1, 2015
En la escuela separaban a las niñas de los niños. En la calle jugábamos todos mezclados y allí, donde nos tenían encajonados en los pupitres y vigilados por los maestros y los ojos de Franco y José Antonio flanqueando un crucifijo, nos segregaban. Porque tenían que contarnos historias diferentes. A los chicos les hablaban de heroísmo, de hazañas guerreras, con frases altisonantes no exentas de cierta chulería. A nosotras, de sacrificios sumisos, de obediencia, de oraciones. Ellos también tenían oraciones, pero las nuestras eran oraciones subordinadas, nosotras éramos oraciones subordinadas. Ellos tuvieron más suerte porque en lo que les contaban había aventuras y acción. La única historia de acción que teníamos nosotras era la de Agustina de Aragón dando cañonazos a los invasores franceses, que, como además era barcelonesa, servía doblemente de modelo para defender la unidad de la patria frente al enemigo extranjero y de ejemplo de los pocos casos en los que las niñas debíamos mostrarnos valientes y arrojadas: cuando al llevarle la fiambrera a nuestro marido, lo descubriéramos en una situación de peligro.