«Hablas de nuestra muerte
pero quieres hablar de ti».
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No recuerdo la primera vez que oí hablar de Luna Miguel o el qué decían de ella. Ah, sí, que era joven y, que a pesar de eso, era una voz de lo más interesante. Como si los jóvenes no tuviésemos razón o la sufiente importancia. Como si no viviésemos.
Este libro sería imposible de escribir si no estuviese viva (y no por lo obvio). Para morir lo único que hace falta es estar vivo, y Luna Miguel no para de hablarnos en este poemario de la muerte, pero también de la vida que se queda atrás.
Podemos ver cómo la autora nos hace partícipes del dolor ajeno y propio que se siente en el estómago (todo está ahí: los nervios, la esperanza, el asco). El dolor de la enfermedad de un ser querido y cómo sobrevivimos a él. Todo narrado sin anestesia, crudo pero sin crueldad, raso. Y, aún así, lo que más me gustaría destacar es el anexo. El anexo es el punto y final después del punto y final. Es una despedida a ese ser querido (en este caso, su madre), que bien podría ser nuestro ser querido. Es una despedida, pero también tranquilidad. "Ana, yo me quedo en buenas manos. Yo me quedo en buenas voces y con miles de gargantas".
🌿 Es un libro precioso y desgarrador, sí, pero algunos poemas no han terminado de cuajarme. Tal vez sea porque no los he entendido, porque no he hecho una segunda lectura, porque no había leído nunca nada de la autora o porque aún no he vivido la pérdida de ninguno de mis padres. Sea por lo que sea, aún así el libro merece total atención. Hay cosas que no necesitan anestesia.