«La voz de Stella es fiel a sí misma. Subrayo esa palabra para agregar que la mayor parte de los poetas de mi generación entendíamos la poesía como canto, en primer lugar y solo en segundo como escritura. En el poema hablaba una primera persona que debía robarse con su voz todas las películas, empezando por la Biblia. El hablante más bien cantante, de los versos, debía ser "antipoeta y mago" —Huidobro, heroico y multitudinario. De Rokha, un mito. Neruda—. Stella Díaz Varín, no bien reconocida la necesidad de tener una voz propia y resonante y, en ella, "la razón de mi ser", intentó diferenciarla con una violencia específica e hizo de ella una leyenda turbulenta». —Enrique Lihn, enero de 1988.
"No. La poesía no es una ecuación biológica. La poesía, si tú la pudieras definir -porque es indefinible- es un arranque sentimental, es una memoria de otro arranque sentimental, nada más". De personalidad polémica y rupturista, integrante de la Generación Literaria de 1950, Stella Díaz Varín se perfiló como una voz singular y trascendente en la historia de la literatura chilena. Su poesía fue una expresión original, que plasmó su fuerte personalidad creativa y bohemia, con una perspectiva femenina.
Nació el 11 de agosto de 1926, en La Serena. El 1 de mayo de 1947 llegó a Santiago para estudiar medicina, con el firme propósito de especializarse en psiquiatría, carrera que no concluyó. En cambio se integró activamente a la Alianza de Intelectuales de Chile -dirigida por Pablo Neruda- y a los círculos culturales de la época, sobretodo a la mítica bohemia de El Bosco, donde cultivó amistad con destacados creadores nacionales como Alejandro Jodorowsky, Enrique Lihn, Ricardo Latcham, Mariano Latorre, Luis Oyarzún, Jorge Teillier, José Donoso, entre muchos otros. En ese período comenzó a colaborar en algunos diarios nacionales como El Siglo, Extra, La Opinión y La Hora; al mismo tiempo que participó en las diversas actividades generadas por la Sociedad de Escritores de Chile.
En 1949 publicó su primer libro, Razón de mi ser. Los poemas de este volumen reflejan la vitalidad y fuerza de la poetisa. A través de imágenes sugerentes y de un lenguaje subterráneo, temas como la muerte, la soledad y el reconocimiento a la condición femenina, evidencian en este poemario la relación inseparable entre la vida y la creación poética de la escritora.
Su producción literaria continuó con Sinfonía del hombre fósil (1953), Tiempo, medida imaginaria (1959) y Los dones previsibles (1986). Este último libro recibió el Premio Pedro de Oña en 1986, y su publicación incluyó un prólogo de Enrique Lihn, en el que señaló: "Esta imagen del poeta, la afición a la magia del lenguaje asociada a la realidad como acto verbal imperativo y otras características, delatan aquí -con la desvergüenza al uso de mi generación- cuentas pendientes con el romanticismo, el decadentismo y el simbolismo".
Aunque fue reconocida tardíamente por una pequeña parte de la crítica especializada, su poesía marcó nuevos rumbos en la creación poética nacional. Fue incluida en numerosas antologías, entre las que destacan Poesía Nueva de Chile (1953); La mujer en la poesía chilena (1963); y Atlas de la poesía chilena (1958).
Con una dilatada trayectoria en las letras nacionales, Stella Díaz Varín reivindicó el oficio de poeta desmitificándolo, denunciando las carencias de esta labor: "Yo creo que deberíamos preocuparnos un poco de que el poeta deje de ser una especie de ser mítico, alado y peregrino. El poeta es un ser humano con familia, con necesidades biológicas y necesidades de todo tipo, al que nadie le da boleto en este país (...) por lo menos me gustaría que el hombre creador tuviera una base y una mínima seguridad de vida para que pudiera seguir creando".
A pocos días de haberse hecho acreedora del Fondo del libro en su versión 2006, por el volumen "Stella extragaláctica", Stella Díaz, falleció. Sus funerales se realizaron el 15 de junio de 2006.
Al fin leo a esta señora. Me produjo una sensación muy teillieriana, de cuentitos cantados en rimas de métrica propia y reiteraciones melodiosas. Aquí no hay trenes ni mesas con vino; aquí hay amantes que se van, aves que cantan, peces entregados a la muerte. Ama a Neruda, le dedica unos poems. Me encantó eso de silencio estatuario, enhebrar la amargura, la voz secreta de los ojos, con un escarabajo por antorcha, escanciado en mi vaso. Agradecida de las palabras hondonada y redivivo. "Palomas" y "Dos de noviembre" fueron mis favoritos, porque tampoco quiero que mis muertos descansen en paz. Gracias a mí misma por comprar este poemario edición pirata por cinco lucas en la feria del libro de La Serena, donde tan amablemente fui invitada a presentar Quiltras.
Me costó mucho puntuar este libro. Como dice Enrique Lihn en su introducción, la voz de Stella Díaz Varín es super fiel a sí misma, es una fuerza imperativa que dice: las cosas parecen ser así. Este año empecé a leer poesía chilena, y este poemario es distinto a lo poquito que he leído, porque aquí no hay segundas lecturas, no hay divagaciones sobre el lenguaje y sus significaciones o salidas gráficas. Los Dones Previsibles son seguridades, son manifiestos, al parecer más cercanos a la vieja escuela. No esperaba que los poemas más largos fueran referencias explícitas a Neruda, tal vez ha llegado el momento de desbloquearlo.
Hace muchos años atrás, en TVN vi por casualidad un documental sobre la Colorina, gran poeta que había obtenido el respeto de los grandes poetas de su generación (Neruda, Lihn, Teillier, Rojas, etc). Aquel respeto se lo había ganado no solo por su obra poética, sino que por su personalidad y fuerza. Se comentaba como le había quitado un diente a Enrique Lafourcade de un puñetazo, o como llegaba a la casa de Neruda apiedrando sus ventanas. En el documental ella ya era una señora que vivía en un pequeño departamento, fumaba harto y tenía una profunda voz ronca. Moría durante la grabación. Su funeral era modesto. Pobreza y olvido, era lo que definía los últimos años de Stella Díaz Varín. Pero no, se sigue leyendo a la Colorina, no se le deja descansar en paz, tal como lo hubiese deseado ella:
"No quiero Que mis muertos descansen en paz Tienen la obligación De estar presentes Vivientes en cada flor que me robo A escondidas Al filo de la medianoche Cuando los vivos al borde del insomnio Juegan a los dados Y enhebran su amargura.
Los conmino a estar presentes En cada pensamiento que desvelo (...)"
Ella estaba parida tristemente sobre una ola, también recién parida. Y era su substancia, de amortiguado rostro redivivo, como la mano empuñada de rojo. y perennemente sola como el signo de su frente. Ella, y el viento azul, meciéndola como un padre, con algo de brutal y algo de amoroso. Ella tenia asida a su cintura la acordonada mano del amigo. Tanta enramada para tanta sangre. Ella estaba parada como un pequeño invierno sedentario y en los ojos le bailaba la muerte. Para existir después de tanta primavera, ella debió tener un silencio estatuario en su única arruga frontal.