Me gusta más que Tala tal vez porque hay que afinar el oído hacia la acústica y resonancia de los versos de la Mistral, dichos desde la tierra hacia el cielo, en plena persistencia de encuentro, para enumerar los frutos terrenales, símbolos, evidencia inescrutable de nuestra indebida ausencia, de nuestra desfachatez y forma de vida, para que en ellos se anuncie una promesa de lenguaje, no en palabras, sino acaso en sonidos que significan, no en difusión múltiple sino en alternancia, para vivir y vivir, y cantar, y que la poesía sea nuestro pequeño balbuceo diminuto para hacerle frente, por un momento, al universo:
«Peto tal vez su follaje
ya va arropando mi sueño
y estoy, de muerta, cantando
debajo de él, sin saberlo».
20/21.-