La historia oscura de un presidente sumamente popular siendo desentramada por una "intrépida periodista" sería una novela de ficción con extraordinarias oportunidades para hacer alegoría a cuestiones reales y, por qué no, incluso material de primera para alguna serie de Netflix (de esas que al gigante del streaming le gustan, ficción MUY levemente "basada en hechos reales". No obstante, lo que aquí presenta Anabel Hernández, antaño una de las periodistas más reconocidas de este país (al menos en cuanto a reputación), es poco más que un chismógrafo de secundaria subido de tono. Los testimonios anónimos, la falta de pruebas, de fuentes, la manera en que ella misma se describe como la fuente y exalta su propia "ética" como una "prueba" de que su palabra es ley no pasaría, idealmente, una clase de ensayo de preparatoria, ya ni qué decir de una tesis profesional. Las fuentes secas de Av. Álvaro Obregón en la col. Roma tienen más "agua", para no hacer más largo el choro. Y, a diferencia de Xóchitl, quien admitió públicamente sólo haber leído el último capítulo, yo sí me avente el choro completo. Es lastimoso, es lastimero, y no pasa ni la prueba del bicarbonato de sodio; la del ácido, mejor ni hablamos. Eso sí, doña Anabel seguramente no tarda en aseverar que el fracaso del libro es "censura", que su falta de mella en los tiempos políticos que vivimos es "culpa del presidente" y no de la ausencia de pruebas duras, y que proceda a victimizarse como una prócer del periodismo de investigación bajo ataque de una "dictadura". Con el debido respeto a la Sra. Anabel Hernández: Los dimes y diretes, el teléfono descompuesto, y la Fuente de los Deseos (por más que lo desee, vaya) NO constituyen ni soportan una investigación. Lamentablemente, creo que en tiempos de Zedillo se escribieron libros sobre el Chupacabras con más veracidad.