En el París de 1900, Théo Lemoine es un diletante y un hombre de mundo enfrentado a un caso que pondrá a prueba sus capacidades. Tendrá que descubrir la identidad del misterioso criminal que está tratando de robar unos documentos de origen egipcio relacionados con la consecución de un antiguo anhelo humano: la inmortalidad.
Recordaba con agrado la aventuras policiacas que escribió Rodolphe (e ilustró Ferrandez) sobre el Comisario Raffini, pero de eso hace casi 40 años y, leída esta descafeinada historia, bien parece que el guionista haya evolucionado poco o nada. Guion ramplón y lineal, con personajes que o bien se muestran sin carisma y sin que conozcamos su origen ni motivaciones, o bien aparecen de la nada y a ella vuelven. Una historia escrita sin ganas aderezada con cuatro referencias trilladísimas (¿En serio a estas alturas Crowley o Belphegor?) o sin sentido (¿a qué vienen poner homenajes a Hergé o Jacobs y mencionarlos expresamente en nota?). Para leer una buena historia ambientada en esa misma época y con mimbres similares me leo Adele Blanc-Sec de Tardi.
Y sí, las ilustraciones muy originales aunque la reproducción empasta los colores, pero las de los extras del final son infinitamente mejores que muchas de las del interior del álbum que parecen de relleno.
El arte una maravilla. Pero me ha parecido aburridete. Una vez pasada la primera impresión visual, la historia empieza bien pero fluye regular. Vamos que al menos a mí me importaba más bien poco el misterio y lo que les sucediera a los personajes. Al final casi lo que quería es llegar al final... Reguleras
Historia ambientada en el París de principios del siglo XX, en la que una investigación de unos amantes del arte se convierte en una historia de intriga llena de aparentes sucesos paranormales. Muy simple y casi naïf. Sin duda lo mejor son los dibujos, de una estética muy de la época retratada.